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(Anti)crónica Primavera Sound 2018

posted by KeithModMoon 7 junio, 2018 1 Comment

Año tras año se repite la misma cantinela, especialmente cuando uno sobrepasa la treintena, ya no digo, si uno se acerca a la fatídica cuarentena: “No, te juro por mis muertos que este año es el último”. Apoyado en: “Este festival ya no es lo que era”, “¡¿cómo se les ocurre poner a Amaia?!”. “Además todo está a precio de oro”. “Sí, desde aquellas ediciones en el Poble Espanyol que vendieron la esencia a Warren Buffett”. Luego son los mismos que acuden el mismo miércoles al Parc del Fòrum removidos por ese cosquilleo incipiente en el abdomen y lapsos después, cuando se encuentran dejando ese recinto el siguiente el sábado, se agarran con fervor sobre cualquier cerveza de alcantarilla para no tener que enfrentarse a la promesa de no volver a pisar el Primavera Sound. Aún resulta que son los mismos que hoy se compran la primera tirada de abonos a precio reducido. Porque así es funciona el influjo inexorable de este festival; ha cambiado bastante en los últimos años, a peor, en líneas generales, pero siguen vendiendo una experiencia alrededor de la música difícilmente igualable (veremos cómo se comporta el Sónar este año). Y por tradiciones que no falten la adquirida por esta casa con todos los feligreses de la antigua comuna indie repasando los momentos más estelares e incomprensibles de la última edición del macro evento barcelonés.

 

La ciudad foodie

Ambiente foodie. Foto: Sergio Albert

El primavera Sound se ha convertido en una macro ciudad, con sus sistemas de transporte (bus lanzaderas, patinetes, bicis, y hasta algún tuk tuk a la salida ) sus infectas aguas residuales, sus castas, sus distintos reinos y zonas de goce y exclusión. De hecho, solo les queda construir un aeropuerto para equipararse con todas las de la ley con la ciudad de los Rajneesh levantada en Oregón. Con tal ambición no podía faltar una zona de aprovisionamiento calórico y empache a la altura de la cultura foodie barcelonesa. Una selecta congregación de puestos de comida, unido a la presencia de cocineros de renombre en las tierras inexploradas del Primavera Bits. Entre el surtido de opciones para bocados exquisitos: La porca, El Grasshopper, El filete ruso, Fish&Chips, A tu Bola, Be Japo  y hasta el puto Quimet de la boqueria. A ver si al final va a resultar que la única manera de degustar este templo culinario de Barcelona, siempre infestado de guiris, va a ser acudiendo a un Primavera infestado de guiris.

El puente sobre el río Besòs

Dentro de los siete reinos del Primavera Sound cuelga una imponente estructura metálica que separa la civilización de una tierra ignota de hedonistas vampirizados por la electrónica (y este año, de otros estilos). Al otro lado del puente una isla fantasía cada vez más inabarcable y concurrida, situada en la zona limítrofe de Barcelona con las tierras salvajes del Besòs. Sin embargo lo más  angustiante es cruzar ese imponente puente, cuya estrechez y limitaciones, y las perspectivas de una estampida inminente que proyecta en la mente del agorero, da pie a escenas de tensión propias de World War Z. Eso cuando no hay porteros eligiendo a los afortunados que lo podrán atravesar para gozar de ese concierto anhelado en tierras indómitas.

Balseros

Swiss Army Man

Aunque la única alternativa a esa imponente construcción metálica que conecta mundos alejados es por vía marítima – la otra opción es instalarse en el grotesco Café del Mar, pero eso no sé contempla nunca. Y ese es precisamente el camino que emprendieron dos temerarios aventureros con su balsa de 30€ del Decathlon. No fueron los primeros en tener esa idea, pero sí, probablemente, los últimos, viendo el resultado de la odisea. El documental de Carles Bosch sobre la gesta fracasada próximamente en TV3.

Stage Invasion

La stage invasion es un subgénero del concierto de festival con cada día más adeptos. Consiste en la subida colectiva, deliberada o no, consensuada o no con el artista, que da paso a escenas ridículas, grotescas, tensas, y provoca un estado, al que lo percibe en la lejanía, que va desde la envidia, la vergüenza ajena a la preocupación de que todo aquello termine como Kela Okereke y Johnny Rotten atrapados en un bar con Bobby Gillespie sirviendo las pintas. El Primavera tuvo su ración de la mano de Nick Cave,  quien dejo subir a fans de toda clase, edades y condición y que reaccionaron de todas las maneras imaginables e inimaginables (Selfies, lloros, histeria, pesados de manual) pero siempre domados por la fiera de una estrella del rock que no pierde el encanto incluso cuando se mete en esos berenjenales. El asunto pudo haberse desbordado y acabar mal, pero en este caso tuvo un final feliz para los asaltantes del escenario, para el resto, esos privilegiados nos interrumpieron la dinámica de un concierto que buscaba  la perfección antes de ese parón. Y no, en Barcelona no somos especiales, en el concierto que ofrecieron dos días después repitieron el numerito bochornoso.

Las nuevas celebrities

El Festival no esconde su apertura a estilos que lo acerquen a nuevas generaciones que les permita dar relevo a carrozas con familia y  a todo aquel con compromisos inexcusables que se han visto obligados a dejar de acudir. Y si algo lo peta estos días entre los jóvenes de nuestra geografía es el trap. Quizá así se explique que las reacciones de indiferencia cuando Charlotte Gainsbourg cruzaba andando el mentado puente se convirtieran en muestras de júbilo desbordante cuando alguno de los tres tenores del trap irrumpían entre la plebe. De hecho, el propio C. Tangana tuvo el decoro de alejarse de backstage y habitaciones con vistas privilegiadas para dejarse ver, de forma muy cariñosa, con Berta Vázquez, y cerca de ellos, Úrsula Corberó, en la sesión de Black Madonna. Las nuevas celebrities tienen el gesto de mezclarse con el pueblo llano, y las nuevas generaciones tiene la delicadeza de no darles la turra, al menos, mientras se dan un buen filetazo.

Marcas de encaje incómodo

El Primavera Sound también es una ciudad esponsorizada, un festival con más impactos publicitarios por metro cuadrado sería difícil encontrarlo, pero oye  cada uno plantea su plan de financiación como crea oportuno, lo que chirría más es encontrarse marcas que no pintan ni con pintura: los sofás idealistas  – encontrar uno libre era más difícil que encontrar un piso por menos de 1.000€ en Barcelona, certero mensaje el del portal inmobiliario – podrían ser necesarios para recomponerse de los dolores cervicales, pero la imagen de la marca es fea de cojones, así su presencia en el festival. Por no hablar de Mango, ¿Mango?, escenario Mango, ¿en serio?, por suerte ubicado en Mordor, con lo que nadie se dignó a pronunciar esta marca textil. ¿Qué será lo próximo Lidl?, ¿Bershka?, ¿SEAT?…oh wait…

Cerveja suena mejor

Ronaldo

Además de los ingleses, la tribu más dominante de la zona del Fòrum, hay otra comunidad que va en aumento en cada edición, de hecho, de forma inversamente proporcional a la local, esos famélicos barceloneses que ponen su sangre y sudor para pagar los desorbitados alquileres y que apenas les queda para darse una alegría. Aunque no sería este un punto para hablar de la gentrificación, sino para poner el foco en los portugueses, una comunidad que tiene la manía de concentrarse en las barras, en la parte interna de éstas, sirviendo a destajo cerveja para el público acomodado y exigente. Hay incluso (malas) lenguas que dice que esta tribu está confinada en campos de concentración del Maresme, desde donde son dirigidos cada jornada hacia las zonas de hábitat descritas, las de la marca holandesa. Esperemos que procreen pronto entre ellos, y la familia lusa crezca, para dar respuesta efectiva a las hordas de sedientos que se amontonan en sus barras.

Creepy Warehouse

Las colas permanentes y significativas a la entrada del The Warehouse (FKA Hidden Stage) despertaban la curiosidad de los transeúntes que vacilaban entre Pitchfork y Ray-Ban. Sin embargo, adentrarse en las profundidades de hormigón de este espacio durante el show de Evian Christ fue lo más cerca que ha estado un servidor de ser tragado (literalmente) por las grietas del infierno. Solo los que lo vivimos sabemos del calado de la experiencia. Tras andar con cauteloso paso por una densa humareda que impedía la visión más allá de un palmo, uno llegaba a lo que parecía una sala con cuerpos absortos moviendo sus esqueletos al son de una música de origen no identificado (muchos aún nos preguntamos dónde carajos estaba la cabina del Dj). Una cueva de hormigón que remitía a los clubs más oscuros y canallas de Chicago y Berlín y que ofreció un tropel  de imágenes dantescas y espeluznantes para llevarse a la tumba. Un pasaje del terror con un techno visceral y diabólico. Un “Picnic at The Warehouse” poblado por seres diabólicos y siniestros que podría haber conducido fácilmente al peor viaje de ácido de la historia si alguien cometió la imprudencia de adentrarse a sus profundidades empapado de alguna droga alucinógena. Un espacio lúgubre que convirtió las caretas de Puigdemont en la visión más aterradora del 2018 (por delante del nombramiento de Màxim Huerta como ministro de cultura). Como la película de Peter Weir, hay gente atrapada en sus entrañas, esperemos que para el año que viene, hayan podido encontrar el camino de salida al exterior.

 

Puigdemont nunca estuvo allí

Vídeo cedido por Laia Zanon

Si algo contribuyó con firmeza para hacer the Warehouse el Krueger Hotel más siniestro de los festivales fue la presencia de tres bonitas jóvenes con máscaras del ex-presidente en la nuca. Una escalofriante visión que se reprodujo luego, con mayor claridad y comprensión visual, en otros escenarios del Parc del Fòrum. Luego supimos que había sido una acción de guerrilla reivindicativa por parte del personal (el personal luso, Sr. Llarena, por supuesto).

El técnico troll

Tuve la sensación de que hubo un técnico de sonido que se dedicó a trollear en buena parte de los conciertos. Si no cómo se explica que en un Festival de la envergadura del Primavera Sound deje sin voz a Yung Beef cuando sube a cantar “Islamabad” con Los Planetas – pero se lo oye cuando emite abruptos y monosílabos, curioso – caiga la electricidad en Vince Staples para cabreo mayúsculo de este, a los Arctic Monkeys se los oiga menos que un concierto de Max Richter de su disco Sleep, y que  Dj Coco invite a una freidora a su habitual pasarela de invitados. No cabe duda de que alguien pagó su odio hacia la organización saboteando el sonido. Se rumorea que ese mismo técnico fue el que hackeó la app y empezó a sembrar el caos de idas y venidas con Los Planetas y Skepta el día que Migos decidió no viajar a Barcelona. De hecho, apuntan a que fue éste mismo quien no cesó de suministrar botellas de Moêt Chandon y sirope de codeína para que los de Atlanta terminaran perdiendo el vuelo ahí dónde estuvieran.

Palmeros, una especie en extinción

Foto: Palmeros, una especie en extinción. Foto: Eric Pamies

Otra estampa clásica de la cita catalana; la presencia de raveros puestos hasta las trancas levantado con ahínco las palmas arrancadas de la dimensión desconocida, con la intención de rendir pleitesía y despedirse de tres días de desenfreno en el show de Dj Coco (este año, con un zumbido incorporado a su sesión bastante molesto). Sin embargo los estragos del cambio climático también han llegado a esta zona de Barcelona, desnutriendo a los más eufóricos de este icónico ítem como se aprecia en la foto de arriba.

La dimensión desconocida

El parroquiano asiduo conoce a la perfección esta zona desconocida que se abre entre los matorrales y donde los inconscientes penetran sin conocer su destino. Esas mismas áreas donde Mulder y Scully se pondrían las botas investigando las fenomenos extraños que se suceden. Este año, un servidor, más cauto de lo normal, no se ha adentrado demasiado, pero en una de sus incursiones, empujado por las reclamas de la vejiga, encontré a un tipo (escocés o irlandés, inglés como mínimo) durmiendo la mona en la colina de las hamburguesas y los meados. Una imagen desgarradora de un pobre inválido con el hígado perforado dejado a la suerte de la naturaleza y de silvestres meadores miccionando un terreno cada vez más resbaladizo e impracticable. Una imagen doliente de la que solo pude recomponerme pidiendo otra cerveza a los amigos de Portugal con la intención de volver a los pocos minutos y comprobar la suerte de este ser salvaje y abominable capaz de yacer en tan nefastas condiciones. Ahí seguía, rodeado de penes meando en los bordes de su lecho. DEP.

Hasta la Torre del oro y el más allá

Torre del Oro circa 2016, la Barcelona que resiste a la gentrificación

Otra de las estampas clásicas que nos acompañan en estos días de jolgorio hay que encontrarla en el territorio prohibido de la La mina, ya pasada la larga y extenuante bajada del Parc del Fòrum hacia la zona habitada. Ahí, en territorio comanche, en el último reducto donde la gentrificación no se atreve a pisar,  los despojos humanos del festival ofrecen otra imagen dantesca al incauto o poco conocedor del terreno. Centenares, casi miles de riders del PS amontonados en una plaza rodeada de projects con nada que envidiar a los que usan para trapichear Skepta en Londres y A$AP Rocky en NYC. Enfermos de la noche incapaces de arrimar velas, que se sujetan a los efectos de cualquier sustancia ingerida o a las latas más insalubres de la ciudad mientras los vendedores de cerveza se relamen de gusto y algunos magrebíes de mano larga hacen el agosto ante el atontamiento y despiste de cuerpo y mente de los presentes. Imágenes lynchianas, con un punto muy José Antonio de la Loma – aún no entiendo cómo no se han oído disparos ningún año- que este año, en la última jornada fueron borradas por la aparición de una patrulla de la urbana, de buen humor, todo sea dicho, pasando el coche escoba por esa plaza de lujuria y perdición. Ni con esas arruinaron la gran fiesta del Primavera. El año que viene, el último…us ho juro.

 

Y los conciertos, que también los hubo,  pues este sería su ranking.

 

1-Nick Cave & The Bad Seeds

2-Jane Birkin

3- The Blaze

4- Grizzly Bear

5- Björk

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1 Comment

Peter 19 junio, 2018 at 16:39

Qué poca gracia, oye. Por cierto, Oscar Broc reclama sus derechos de autor

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