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Crónica Vida 18

posted by KeithModMoon 3 julio, 2018 0 comments
Franz Ferdinand VIDA 18

Foto: Mika Kirsi

La primera incursión de esta destilería por los dominios del Vida Festival en tierras de Vilanova i la Geltrú tuvo un saldo positivo pese a la fragilidad del cartel de este año. Emplazado en el idílico paraje de la Masia de Can Cabanyes y su contorno natural – el único inconveniente fue la cantidad de arenilla levantada en los paseos entre escenarios -, el festival del Gàrraf llegó a su quinta edición reuniendo un total de 33.500 asistentes, cifras ligeramente superiores a la edición del 2017 (32.000).

Sin embargo, y a diferencia del año anterior, el cartel quedó algo desnutrido de esos cabezas de cartel con suficiente gancho como para obligar al público a comprar una entrada – la excepción la marcó la jornada del viernes. La sensación es que el festival se ha afianzado con un público fiel que mezcla el perfil familiar con los festivaleros cansados de los atascos y las incomodidades propias de las dos grandes citas musicales de Barcelona. Les funciona la fidelidad y el boca oreja como festival esmerado, reconfortante (tanto por localización como por comodidades y servicios) y su decidida apuesta por un formato reducido,  asequible y sin solapes. Aunque ello pueda tener también sus inconvenientes como ocurrió con la insípida jornada del sábado.

Pero primero retrocedamos a la del viernes, la más masiva de las tres gracias al poder de convocatoria de los shows (casi) consecutivos de Franz Ferdinand y St. Vincent. Aunque la actividad musical empezó mucho antes: a las 7 de la tarde la cantautora Miren Iza, al frente de Tulsa, demostró a los presentes en la Cova Movistar – escenario de visibilidad muy limitada pero con su encanto innegable – porqué es una de las voces más valiosas de la biosfera sonora española. Un recital que fue apropiándose de la atención de los presentes – pese a la mala ubicación horaria – mediante una de las líricas más inspiradas y profundas del pop español y la cálida voz de su principal artífice, apoyada en los efectivos estribillos lanzados por el resto de músicos.

En las antípodas de ese intimismo de corazones tullidos y desgastados, Nick Mulvey optó por una concierto formulaico, muy parejo a lo que hubiera ofrecido Jack Johnson en el mismo escenario. O sea un show “Mediterráneamente” para corazones fáciles de seducir.

Más capacidades y contundencia demostró Annie Clark al frente de St. Vincent. Acompañada de órgano, bajo y batería – los miembros masculinos escondidos bajo una máscara…¿fue una pulla feminista ? -, la de Tulsa (la población) se descolgó con una actitud de roquera consolidada. Actitud,  sonido pulcro, y una presencia imperante fueron suficientes para convencer con su propuesta sin tampoco deslumbrar.

La velada fuerte de la noche la protagonizaron unos escoceses que para algunos se han quedado anclados en su período de esplendor que intentan revivir con la energía desgastada de la cuarentena. No es esta precisamente la opinión de un servidor, quien sigue viendo en Franz Ferdinand una de las pocas bandas surgidas al remolino de los Strokes que luchan por permanecer en la corriente con pequeñas adaptaciones a los nuevos tiempos. Aunque en su show prefirieron tirar por la retahíla de clásicos, poco riesgo, pero suma efectividad a la hora de calentar esa euforia inexorable de sus primeros pasos musicales. La respuesta fue un marasmo de agitación y saltos entre la audiencia al ritmo que Alex Kapranos y compañía encadenaban sus éxitos con soltura y eficiencia. Especialmente con una intensa y eléctrica traca final.

Quien sí decepcionó fue Joe Crepúsculo. Se esperaba su habitual verbena veraniega multi genérica pero quedó truncada por deficiencias en el sonido, y quizá, por la amplitud de un escenario en el que le costó conectar con un público expectante, ansioso por sacar a bailar las endorfinas. Y el de Sant Joan Despí lo logró a medias, o al menos, no agitó los esqueletos con la misma intensidad que suele desplegar en sus directos por mucho que tirara de sus hits imbatibles.

La intensa jornada concluyó con la sesión previsible de Guille Milkyway que combinó algunos hits de su proyecto La casa azul con temas bailables infalibles  e incrustados en el subconsciente colectivo. Un Dj set diseñado para animar las horas más hedonistas pero escasamente imaginativo y poco arriesgado con respecto a la selección musical.

VIDA 2018 Albert Plà

Foto: Nerea Coll

La jornada del sábado arrancó con la incorrección insobornable de Albert Plà. El catalán puso a prueba la ley mordaza con sus descacharrantes y afiladas letras sobre la corona, los presos políticos o sobre cualquier aspecto cotidiano escatológico, que es, al fin y al cabo, lo que ha ondeado en las letras de su larga trayectoria. Aunque el cantautor freak catalán quedó esta vez impulsado con la presencia de Diego Cortés, un excelente guitarrista flamenco que deleitó a todos con su arte en la guitarra y el cante, tanto durante la ausencia de Pla, como en compañía de este, formando un inesperado, pero bien conjuntado dúo.

En el escenario principal les relevó el folk duermevela de Iron & Wine. Su dilatado directo fue un acto de resistencia de los párpados de los que arrastrábamos el cansancio del día anterior. La dinámica monotonal de los norteamericanos tampoco favoreció al esfuerzo.

Los que sorprendieron positivamente fueron los holandeses Jungle By Night. Provistos de dosis sobrantes de motivación – algo empalagosa e irritante en su traslado al público por vía de los parlamentos de su líder- y talento en sus respectivos instrumentos, la banda desplegó un compenetrado compuesto de afrobeat, world music, folklore, funk y rock. Un vibrante y enérgico despliegue que recargó las pilas tras el somnoliento paso de Iron & Wine.

El garage-pop imbuido por  la movida y la new wave agitó los ánimos de los agrupados en las inmediaciones de La cabana, otro escenario de visibilidad reducida pero idílico encuadre. El frenético y acelerado tempo de La Plata se reivindicó como uno de los highlights de la jornada.

Otros que decepcionaron fue el pop electrónico y el math-rock de Hookworms. A la formación le faltó pegada y sintonía para lo que se les exigía en horario prime-time y en escenario tan señalado (La Masia).

Un signo descendiente que culminó con la actuación de Of Montreal. A pesar de la extravagancia orgullosa de Kevin Barnes, visibles con los distintos vestuarios que se fue calzando, la formación salió al escenario desganada, sumida en un trance anémico que puso en fuera de juego todo el componente estrafalario y rítmico del pop psicodélico de sus discos. Se palpó esa desmotivación (o cansancio) en la actitud de los músicos sobre el escenario, pero aún más evidente fue la falta de impacto de su propuesta en un público aburrido y abatido, parte de este incluso saliéndose del área del concierto. Una bajona que fue significativa en una jornada sin alternativas a unos cabezas de cartel de poco valor escénico, o como mínimo, y por alguna razón, desmotivados o con escasez de energía tras la inercia ganadora de la primera jornada.


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