Rock

El largo adiós: Little Richard (1932-2020)

posted by Àlex Guimerà 9 mayo, 2020 0 comments
Adiós al rock’n’roll

Ha sido quien fuera guitarrista de su banda, Kelvin Holly, el que nos daba la triste noticia del fallecimiento de Richard Wayne Penniman a los 87 años de edad en Los Angeles. Poco después, la revista Rolling Stone lo confirmaba publicando un extenso articulo en el que no quedaban despejadas las causas de su traspaso. Al parecer habría padecido un infarto que resultó letal en su delicado estado de salud.

Sea por el motivo que sea, nos deja uno de los grandes estandartes del rock’ n roll, un genio escénico y un pilar fundamental del rock. Junto a Elvis Presley, Chuck Berry, Fats Domino y Ray Charles definió un sonido al que luego se añadieron otros muchos como Gene Vincent, Eddie Cochran, Buddy Holly, Carl Perkins, Bo Diddley o el único superviviente de todos ellos a día de hoy, Jerry Lee Lewis.

Todo arrancó a finales del bendito año 1954. Ese año, un joven de Tupelo (Mississipi) grababa “That’ s Allright Mama” con el que fusionaba los sonidos del country con los de la música de las iglesias negras. Paralelamente, otro muchacho, ciego y afroamericano, profanaba los sonidos religiosos Góspel con “I’ve Got A Woman” y alcanzaba las ondas de las radios de todos los Estados Unidos. Como él, y muchos otros músicos negros que triunfarían los años siguientes, un joven Little Richard, oriundo de Georgia, y que se había criado en el sí de una familia religiosa formando parte de los coros de sus iglesias.

Nacido en Macon (igual que Otis Redding) en una familia humilde de 12 hijos y adventista, Richard en seguida se introdujo a la música y a la práctica del piano. Aunque no lo tuvo fácil con una infancia que quedó marcada por la rigidez de su padre y por la expulsión de casa con apenas 13 años debido a sus devaneos homosexuales. Afortunadamente, un matrimonio blanco que regentaba un local musical de variedades le sacó del vagabundeo, lo que le permitió mejorar la técnica al piano y descubrir nuevos sonidos que le acabarían influenciado en el futuro como el vodevil y el rythm n blues. Inmerso en la música no tardaría en formar bandas y en salir a actuar por todo el Estado de Georgia, grabando algunos temas sin éxito hasta que en 1955 decidió mandar una maqueta a la discográfica californiana de Rhythm n Blues Records con el que acabaría publicando su disco de debut, el icónico “Here’ s Little Richard” (1957).

El resto es historia, como cuando conoció al compositor y músico de su nuevo sello Robert Blackwell, a quien en un descanso de las sesiones de grabación le convenció de ir a comer a un local de drag queens, donde animado por unos clientes del local, improvisó al piano una oda al sexo gay recitando un texto que acabaría siendo inmortal: “A Wop Bop-a-Loo-Mop Alop-Bam-Boom”. Era “Tutti Frutti” (significaba gay en argot del lugar) y fue estandarte junto a “Long Tall Sally”, “Ready Teddy” o “Rit It Up” de unos de los álbum de debut artísticos más espectaculares de la historia de la música popular. Luego le seguiría “Little Richard Second Album” (1958) con otros fogonazos rockanroll como “Keep A Knockin”, “Good Golly Miss Molly” o “Lucille”.

Su energía alocada y el compás desenfrenado a las teclas del piano conectaban con el frenesí de las iglesias sureñas que había frecuentado desde pequeño para sentar las bases de un sonido novedoso que se basaba en lo visceral. Su virtuosismo vocal, su estética afeminada, ampulosa y poco “ortodoxa” para los años 50 junto con sus directos incendiarios captaron la atención no solo de los jóvenes negros si no también de los blancos que vieron en él una salida desacomplejada a la rigidez imperante.

La cosa se detuvo cuando a finales de década, y tras sobrevivir a una avería del avión en el que viajaba, decidió abandonar su carrera artística para estudiar teología y hacerse pastor de la Iglesia Pentecostal. Luego llegarían los discos gospel y su regreso a Inglaterra acompañando de gira a los Beatles o cuando tuvo de guitarrista en su banda a un jovencísimo y desconocido Jimi Hendrix de 22 años. Su momento ya había pasado.

Con episodios oscuros en los que los excesos con las drogas, los escándalos sexuales y la expulsión de su iglesia, transcurrieron unas décadas posteriores en las que también tuvo apariciones en películas, giras intermitentes y mucha extravagancia con la que tan cómodo se sentía y gracias a la cual se acabó ganando las simpatías mayoritarias de un público que siempre le ha reconocido con total justicia como uno de los pioneros y, como él se autoproclamó, como “el arquitecto del rock”.

Descanse en paz.


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