Rock

Fat White Family – Apolo (Barcelona, 8 de febrero de 2020)

posted by KeithModMoon 10 febrero, 2020 0 comments

Foto: Indi van Vega / @indivanvega

El trío local Diamante Negro amenizó la espera hasta el plato principal con ese rock de guitarras afiladas y letras de ironía puntiaguda. Con apenas un Ep a la chepa, Mercurio retrógado, presentaron tablas para justificar las comparaciones que los emparentan con otros combos de guitarras guerrilleras afincadas en Barcelona, tales como Medalla o Alavedra.

Por su parte, el septeto londinense entró en escena con veinte minutos de retraso (su parsimonia rockstar más el tiempo que necesitaron para pulir deficiencias técnicas de primera hora), bajo ese ralentí de sus tiempos más toxicómanos cuando compartían una casa okupa en Londres. Su carismático líder, Lias Saoudi, acompañado por dos guitarras, bajo, teclados, dos baterías (una eléctrica) y saxo, pronto dejó claro por que le precede esa aura de malditismo. Cada vez más suelto y más desinhibido, verlo moverse por el escenario era como contemplar a un Bobby Gillespie sin moratones.

Con un acusado recargo instrumental, desplegado mediante los instrumentos mencionados arriba, el grupo londinense buscó con ímpetu el caos, la distorsión y cierta guía melódica en medio del fragor batallero. Mediante ese panel estilístico que picoteaba desde el pop oscurecido de los Smiths, al post-rock de The Fall, los atuendos psicodélicos de The Horrors, la carnaza garage-psych de Toy, a la oscuridad más propia de Joy Division, resultó difícil escapar del magnetismo propulsado por su amplio amalgama sonoro y por el liderazgo de su frontman.

Tras ralentizar el ritmo con residuos de psicodelia narcotizante, volvieron a despertar la furia guitarrera e instrumental en un último tramo atravesado por los gritos desgarrados de su cantante, los riffs afilados de sus dos escuderos y el frenesí sónico dispensado por el resto de músicos. Un músculo sonoro con el que alteraron la escalera Kelvin en una sala de media entrada, especialmente entre unas primeras filas engrescadas en pogos liberadores. Ese aumento de cilindrada contagiosa quedó aturada con un cierre brusco, sin atisbo de vis.

Los de Londres se fueron con la frialdad con la que llegaron, pero, entre medio, justificaron esas apostillas que los tachan de banda de rock artie londinense de actitud no fraudulenta,. Al final, no resultaron tan temerarios ni canallas – solo su líder fintó con ello cuando volcó cerveza sobre los afinados en las primeras filas -, ni demasiado generosos – pese a desplegar los temas más reproducidos de su tercer LP-  en el cierre de su gira peninsular, pero en sus momentos de mayor excitación, solidificaron el aprecio que generan en las corrientes más vanguardistas.


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