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Los mejores discos de la década de los 2010’s

posted by KeithModMoon 5 marzo, 2020 0 comments

A punto de concluir nuestro extenso repaso por las señales creativas más imperecederas de la pasada década, las mismas que servirán de baliza para el itinerario que se empezó a escribir el 1 de enero de 2020. Hoy toca detenerse en el cargamento discográfico. El mismo que bajo signos de crisis irremediable, de atomización de dividendos, ha sabido corregir su presbicia y acoplarse a los lomos de los nuevos tiempos y de los nuevos modelos de negocio. Un cambio de paradigma que apenas ha tenido incidencia en la calidad depositada sobre las planchas de acetato.

El certificado sobre esos caldos sonoros planchados es precisamente lo que se intenta dirimir en la lista que sigue, incapaz de contenerse en las 10 referencias y altamente sudada a la hora de poner orden. Menos dudas ha planteado la superioridad de la música negra en la pasada década. El hip hop, cruzado con sus afluentes genéricos, ha vuelto a dominar el tablero mundial de la música. Y en este no han tenido rival las estrellas de la industria norteamericana. Drake, Kanye West y Kendrick Lamar han reinado en la parcela rapera. Una música negra que también se ha infiltrado en radios, charts, revitas y parabienes globales gracias a la camada de artistas que desde el pop y el R&B ha definido la música del último periodo.

Por su parte, el rock, el pop de guitarras y el indie-rock han ido en retirada a medida que avanzaba la década en detrimento del avance de la música urbana. Sin embargo, sus embajadores más genuinos, los que arrastran una estela de leyenda, han persistido en su genialidad y permanecen en dominantes posiciones en la lista que sigue.

Viendo los siguientes discos salta pronto a la vista  la pérdida de relevancia de las islas británicas en el circuito musical global a favor de los artistas afincados en América. Aunque sorprende (y congratula), la inclusión de artistas locales que han traspasado fronteras, la globalización sonora por fin se implantó en nuestro feudo, mediante la trascendencia internacional de una embajadora sin rival, pero también se halla reconocimiento en los subterfugios postapocalípticos de La Garriga.

25. Michael Kiwanuka – Love & Hate

Michael Kiwanuka Love&Hate

Con unas referencias que señalan al soul clásico de Otis Redding o Marvin Gaye, el folk-soul jazzy de Terry Callier, bandas sonoras blaxploitation y alguna pequeña filtración pinkfloydiana, y pegadas a una capa instrumental de quilates dispensada por el impecable Danger Mouse.  Kiwanuka solo necesitaba abrir en canal sus emociones, y exponerlas con su prodigiosa voz, para completar un disco soul atemporal. Un trabajo de julio de 2016 pero que podría haber sido encontrado en un baúl de joyas perdidas de los 70. La mejor tradición del soul resplandece de la mano del joven londinense, y los melómanos se frotan las orejas ante una de las cimas emocionales de su género de los últimos tiempos.

 

24. Balago – Darder

Balago Darder

Siguen siendo uno de los secretos mejor guardados de nuestra geografía, y puede que así debería seguir siendo para que su cautivadora música permanezca a buen recaudo. Una anomalía  que con toda justicia se cuela en los puestos más altos de lo mejor de la década, solo detrás de nombres que definen el signo de la música contemporánea. Un mérito que le llegó al trío de la Garriga gracia al mayúsculo Darder, una joya de música ambient, electrónica atmosférica y abrasiva tan bien enraizada con las sensaciones y sentimientos del oscuro signo político y social que afrontamos durante buena parte del período que aquí acota. Un disco que actúa como centrifugador del desencanto, la desolación y el pesimismo, a través de capas densas, nubes eléctricas y loops hipnóticos que te sacuden por dentro con extrema virulencia. La angustia y el malestar se apoderan del cuerpo de oyente durante minutos, pero en lugar de llevarse una experiencia pesadillesca de todo el recorrido, el melómano más militante y experimentado, sabrá llenarse los pulmones con el fascinante aire apocalíptico y cargado que facturan los gerundenses. Una experiencia que te deja boquiabierto por la profundidad y el detalle con la que ha sido moldeada,  y que no tiene nada que envidiar a las propuestas de Boards of Canada, Leyland Kirby, Dead Can Dance o grupos colindantes, que son más populares y son más venerados que los catalanes.

 

23. Caribou – Our Love

Caribou our love

Dan Snaith facturó una de las perlas más bailadas, escuchadas y resistentes de la parcela electrónica circa 2010-2019. Bien podría haber entrado en esta lista su también supremo Odessa,  aunque lo hace con este Our Love que se despliega mucho más allá que un compendio de hits para disparar las endorfinas en cualquier fiesta veraniega. La carta de amor del canadiense conjuga como pocas veces su pulsión digital, cargada de texturas, loops infinitos, y detalles preciosistas y perfeccionistas, con un acompañamiento orgánico al que dio vida el propio canadiense desdoblándose poseído por su espíritu polímata. El resultado es el caramelo más engrescado y revitalizante del año 2014, un disco al que apegarse y no separase porque a cada cambio de aguja depara una inconmensurable alegría para los pies, pero también para la mente más atenta al detallado y fascinante universo sonoro que contiene.

 

22. The National – High Violet

Los neoyorquinos quisieron reivindicar con High Violets su papel preponderante en el indie norteamericano, y ya de paso, en la escena internacional. Porque High Violet supusieron más que 11 temas de pop rock tallados a la perfección. Son muestras de la capacidad del grupo para encarrilar majestuosas canciones en terrenos que tanto transitan por parajes luminosos como por tristes y embriagadores. Uno de los mejores trabajos de su carrera.

 

21. John Maus – We Must Become The Pitiless Censors of Ourselves

John Maus se postuló como el apóstol de los tiempos agoreros, una especie de mensajero oscuro de la desazón de nuestros días. Al menos eso es lo que transpiraba We Must Become The Pitiless Censors of Ourselves, su mejor obra hasta la fecha. Apostada en terreno de pop hipnagógico y el lo-fi, removida de raíz por impulsos sintéticos, este LP es un viaje tortuoso, desalmado y oscuro a una tierra despojada. El profesor de filosofía chiflado consiguió aislar la belleza de la naturaleza muerta. Mediante el uso de melodías de óptimo perfil, volcadas en los omnipresentes sintetizadores, y el uso forzado de una voz que en ocasiones mimetiza con la de Scott Walker, construye paisajes oníricos de pelaje rugoso y matiz alicaído. De ese espíritu desolado tan propio de formaciones de los 80′s como Joy Division, Suicide o Dead Can Dance, Maus logra sacar bellos parajes sonoros de recuerdo persistente.

 

20. Jamie XX – In Colour

Jamie XX In Colour

Jamie Smith se licenció con honores fuera de la disciplina The XX con este segundo trabajo discográfico, el primero con temas 100% originales. El productor londinense demostró en In Colour la mano de santo que tiene a la hora de juntar melodías adherentes e inspiradoras con atmósferas marcadas por formas elegantes, sensuales y sofisticadas. Acercarse a este disco era hacerlo a los estados eufóricos y extáticos de la pista de baile sin tener que pasar por la barra de los beats de garrafón, ni sudar la gota gorda con ritmos rompesuelas. Lo suyo se entronca en un discurso atmosférico que recrea estos estados ensoñadores y reconfortantes de la juerga trasnochada,  los que siguen al cierre de club, cuando el aceleraron anímico te impide irte a la cama pese a la fatiga física. Este solicitado alquimista de la música de baile planchaba uno de los discos más estimulante en materia electrónica de la década cerrada.

 

19. Run the Jewels  – Run the Jewels 2

Run The Jewels 2

En su sophomore álbum, la dupla fromada por El-P y Killer Mike llevó su boom rap a un nuevo estadio de contundencia sonora y lírica. El-P sirviendo unos beats pesados, que se arrastran, y de vez en cuando golpean. Unas bases que asimilan corrientes jazzísticas, techno robusto de los 90’s, grime y electro, y que hilan con perfecta encaje con las rimas abrasivas y arrolladoras expulsadas por los dos raperos. La compenetración total se solidifica en temas arrolladores y mastodónticos, los que pueblan un recorrido de explosiones controladas que termina con el oyente igual de excitado que magullado. Sin duda la referencia de rap más incendiaria de 2014.

 

18. Arcade Fire – Reflektor

Arcade Fire Reflektor

Los canadienses se mantuvieron a lo largo de la década imbatibles en el trono del indie-pop. Cuando todo parecía presagiar que sucumbirían sin concesiones al stadium rock, ellos no dieron el brazo a torcer, y se desmarcarían hacía nuevas coordenadas estilísticas, nuevos estímulos, nuevas sonoridades que al principio desconciertan pero que terminarían engullidas por las capas más profundas de la epidermis. Es el caso también de Reflektor, donde la zarpa de James Murphy en la producción permitió que en el sonido de la banda de The Suburbs penetren pulsiones de baile con el distintivo DFA. Un fluido natural, elegante, sofisticado, a veces tangible, otras veces imperceptible, pero que marca un nuevo signo en una banda que parece aterrarle la idea de repetirse. Aquí volvieron a superarse con una obra mayúscula, ambiciosa, extensa (doble CD), donde reducen la euforia de sus primeros discos, para abrazar una madurez impecable, a veces amarga, a veces optimista, que puede que no cale de inmediato, pero que, con cada escucha, va seduciendo y atrapando a nuevos adeptos gracias a la perfección de continente y contenido. Lo volvieron a hacer, un disco glorioso, y desde lo más alto, sin renunciar a su identidad.

 

17. Balam Acab – Wander/Wonder

Alec Koone es el nombre real de un niño prodigio que con 20 añitos se cascó el debut más glorioso de su año. Bajo el alias de Balam Acab lanzó Wander/Wonder, un LP que ha permanecido intocable en los rincones más profundos del hipotálamo de quien escribe estas líneas. Las sensaciones que provoca Koone con este trabajo guarda similitudes físicas (retuerce el estomago y dilata el corazón) con las que Burial golpeaba en sus dos primeros trabajos, o con la cascada de emociones que te invadía con la primera y segunda escucha del Merriweather Post Pavilion de Animal Collective. Sin embargo, la propuesta de Balam Acab se desentiende del dubstep o del psych-folk para establecerse en el pop acuático, sin embargo, el tratamiento de las texturas y el uso de las voces resulta tan arrebatador como en los ejemplos citados. Adentrarse en este disco es como un buceo en apnea por un entramado marino que presenta bellos parajes repletos de corales, cuevas y corrientes submarinas asombrosas. Un símil que no resulta gratuito si se atienden los diferentes efectos de sonido marinos utilizados a lo largo de la grabación (los chapoteos de “Await” siendo claros) Si nos obligaran a aportar mayores referencias sobre el género por el que se pasea Balam Acab diríamos que transita entre el ambient, el pop etéreo, el R&B y ciertas chispas de chill out (quizás la única friega no necesaria en todo el disco). Sus herramientas son los sintetizadores, las voces fantasiosas, y una sensibilidad sobrenatural para aunar todo esto. Bendita anomalía que sigue transportando al oyente a parajes de una belleza insondable.

 

16. Ariel Pink – Pom Pom

Al alcance de pocos está dar cabida a un cúmulo de referencias tan dispar y darle salida de una manera tan modélica y sorprendente. Una mente singular, disparatada, como la de Ariel Pink, es la responsable de este maravilloso artefacto plagado de aristas abiertas que absorben sonidos de distintas épocas, estilos y confluencias para darle una salida compacta, imaginativa, a ratos asombrosa, y a ratos contagiosa. Por la batidora del norteamericano pasan desde el sonido new wave de Depeche Mode, el punk-wave de John Maus y sus sintetizadores bañados en oro, Black Sabbath, Frank Zappa, The Stooges  o los Who de Sell Out. Pink se erige en este trabajo en un Ray Davies esquizoide, que mama tanto de los 60’s como del pop sintético y oscuro de los 80’s, desbordante de creatividad, y genialidad, sin perder su atino por las melodías adhesivas, y las letras inspiradas. El resultado es un tiovivo mágico, incontrolable e imprevisible, en el que a cada vuelta el músico estadounidense te pega una nueva sacudida emocional inesperada, como si con sus movimientos buscara lanzar al oyente por un carrusel de sueños compuesto por fragmentos dorados de la música rock de los últimos 50 años. Un genio al control de una obra mayúscula, desplegada desde unos postulados de absoluta libertad creativa, un paso por delante, y desmarcado, de toda la corriente neo-psicodélica de mediados de la pasada década.

 

15. LCD Soundsystem – This Is Happening

La ola del dance-punk, antes de perder su vigor, golpeó con bravura el rompeolas que separó una década de la otra. James Murphy y los suyos cerraron el sumario de la década anterior con este falso álbum de retirada (volvieron con el formidable American Dream ). Un tratado de dance, post-punk y rock neoyorquino volcado en una batidora que exudaba endorfinas y feromonas a partes iguales. Una invitación irresistible al golpeo rítmico en la pista de baile, pero también a la sinapsis desde un asiento cómodo. Esos complejos desarrollos que se meaban en la estructura de la canción pop y que pedían algo de paciencia para luego estallar en mil pedacitos de éxtasis era una de las marcas de este glorioso pedazo de historia de la música reciente, con los resquicios más electrificantes de la primera década del siglo pero recogidos ya en los albores de la década que se abría. Trallazos y ecos de Bowie, Talking Heads, Daft Punk, Can y Gang of Four comulgaban en armonía para la gloria del oyente. Una escucha inmaculada que sigue levantando los ánimos e incurriendo en la nostalgia de esos tiempos añorados.

 

14. Beach House – Teen Dream

Teen Dreams supone la piedra angular del dream pop a través de diez píldoras de remanso cálido con los que soñar despierto. Un pop acariciante y suave que abduce con su halo de hipnotismo y de calma apaciguadora. Alex Scally y Victoria  Legrand crearon unas composiciones que se elevan de terrenos oscuros, que se adentran en atmósferas soñolientas y que desprenden un extraño vínculo magnético a su paso. Todo con la mínima expresión instrumental. Como ya se dejaba intuir en la introducción, un disco apegado a la sin razón, al puro sentimiento, muy difícil de desquitarse, incluso, diez años después de su concepción.

 

13. Patrick Watson – Adventures in Your Own Backyard

En su quinto álbum, Patrick Watson regaló un folk amamantado con arreglos preciosistas, que no duda en transmutar en otras formas, a cuál más embellecida: desde las atmósferas misteriosas de James Newton Howard (“The Things You Do”), hasta abrazar la tradición más campestre y bucólica de unos Fleet Foxes o The Band, pasando por las armonías vocales paradisíacas de Brian Wilson o Van Dyke Parks, y sin olvidar la voz introspectiva y profunda de un Robert Wyatt (“The Things We Do”) o su preferencial mimetismo por Jeff Buckley. Un sobrenatural paladar musical que combina a la perfección con la sabiduría y el talento innato del afincado en Montreal. Escuchar Adventures In Your Own Backyard implica trasladarse de inmediato a un paisaje de calma eterna, guarnecido por los cálidos, delicados y bellos suspiros musicales que infringe Watson. Como si de un brujo se tratara consigue desplegar todo ese disperso y cambiante amalgama emocional y sonoro mediante un compacto y mágico equilibro entre las formas minimalistas y barrocas. Como evoca la portada del disco, con esa imagen de paz reconfortante a contraluz, la música de Watson formula una utopía sonora en la que se consigue transportar al oyente hacia estadios de deleite eterno. Temas como el monumental “Quiet Crowd”, “Lighthouse”, “Into Giants” o “The Things We Do” prevalecerán grabadas a fuego en el córtex cerebral, pero en su conjunto, Adventures In Your Own Backyard fue el placer musical más hermoso y arrebatador degustado en todo  2012.

 

12. Kendrick Lamar – Damn.

Kendrick Lamar DAMN

La autoridad con la que Kendrick Lamar surca los hilos musicales de nuestros tiempos volvió a quedar grabada en material condenado al desgaste en los años venideros. Desde la desenvoltura de quien se sabe especial, señalado para convertirse en el cronista más privilegiado de nuestra era, el de Compton ha seguido explorando las contradicciones de la sociedad norteamericana y haciendo su peculiar crónica social y filosófica, llevando su orgullosa negritud a ámbitos y espacios inconcebibles. Su inmaculado storytelling lo erige como el cronista más capacitado de nuestro presente, pero su desarrollo en la parcela musical no admite tampoco discusión. Descartando sus aproximaciones al free jazz y el funk de su anterior To Pimp up a Butterfly, Lamar primó edificar puentes hacia el soul clásico, cruzado con sonidos urbanos y señas más contemporáneas en una carcasa de hormigón que coge desprevenido al oyente a cada salto de tema, a la vez, que lo mantiene pegado y absorto ante el sofisticado entramado musical dispuesto. En definitiva, otro álbum adelantado a su tiempo que distingue a su artífice como el más fiable ocupante actual del trono del rap, y por ende, de la música popular.

 

11. Vampire Weekend – Modern Vampires in the City

Vampire weekend Modern Vampires

A muchos nos pilló por sorpresa el cambio de rumbo sonoro dado por los neoyorquinos Vampire Weekend. En su tercera referencia decidieron alejarse de su pop con trazas de world music, tan inmediato y adictivo, tan marcadamente jovial y despreocupado, para abrazar una madurez inusitada, que descubría una nueva cara de los de Ezra Koenig y compañía. Con un sonido depurado, de poso más amargo, tremendamente melancólico, tan preservado en las letras como en los arreglos instrumentales. Un LP que es capaz de encajar  hits inmediatos como “Diane young” como baladas reposadas y algo tristonas como la excelente “Step” o la hermosa “Hudson”. Un paso adelante que sirvió para ganar algunas reconciliaciones con los críticos con su sonido primerizo. Los del Upper East Side se tomaron muy en serio lo del renovarse o morir y dieron un gran salto con un trabajo que mantenía, en incandescentes destellos, las pulsiones contagiosas, eufóricas que caracterizaban el sonido de la banda, pero que ganaba muchas yardas en cuanto a profundidad lírica y trasunto reflexivo y nostálgico.

 

10. Rosalía – El mal querer

Rosalia - El mal querer

Rosalía sobrepasó, en un tiempo récord, los pronósticos más optimistas para quedar fijada en las altas esferas del pop internacional. Un despegue fulgurante, y sin precedentes patrios, que la ha convertido en el primer fenómeno pop exportable de nuestras fronteras. Pero evadiéndonos del fenómeno, y de los vicios asociados a este, la de Sant Esteve de Sesrovires ha besado la cúpula gracias a los sobrados méritos contenido en esta piedra rosetta de la música urbana abierta a injerencias lejanas y, a priori, incompatibles. Su estudiada fusión entre pop urbano y esas sonoridades flamencas que habían echado raíces en su también prominente álbum debut, ha producido un compuesto (intervenido por la astuta y atinada visión de El guincho en la producción) irrebatible. Un portentoso trabajo que se desmarca de las convenciones y los cánones para crear, desde el mestizaje, algo genuino y atrevido. Una singular rima entre lo íntimo y lo barroco, entre lo mundano y lo barriobajero, lo sacro y lo espiritual, entre los aires flamencos y la modernidad más rabiosa. En definitiva, un álbum conceptual, levantado mediante un equilibrio pasmoso entre sus pulsos contrapuestos, que marcaría un antes y después en la historia popular española, y fijaría una marca sin precedentes (de muy difícil alcance) en el pop español con vocación internacional.

 

9. Kendrick Lamar – Good Kid, m.A.A.d. City

Antes de convertirse en uno de los músicos más influyentes de su tiempo y en espada a batir en el rap contemporáneo, Kendrick Lamar aterrizó en la liga de los grandes con este mayúsculo trabajo que recorría sus pasajes vitales de una adolescencia enfangada en los barrios conflictivos de Compton. Una crónica alrededor de la rueda de violencia y pobreza que aniquila la esperanza en circunscripciones enteras alrededor de las grandes urbes del país del dolar, especialmente en la que predomina la gente de raza negra, con la que dejó de manifiesto una escritura superlativa a la altura de los grandes letristas y poetas que lo han precedido en la historia de la música . Y lo ejecutaba además acrecentado por una marca sonora igual de avispada, certera y excitante que su dotado don como narrador. Bajo las enseñanzas de Dr. Dre y el hip-hop de su costa, más los necesarios aditivos proprocionados por remolinos cercanos, Lamar destacaba como el mejor cronista de su generación, un ilustrado narrador salido del ghetto y, encima, , con un tacto especial para la música tal y como señalan joyas como “Swimming Pools (Drank)”, “m.A.A.D city” o “Bicth Don’t Kill My Vibe”. Un álbum que pondría sobre aviso irrefutable el advenimiento de un nuevo apóstol de la música negra, como certificaría con los dos trabajos que siguieron.

 

8. Arca – Arca

Arca Arca

Alejandro Ghersi llevaba unos años dinamitando los esquemas previsibles del pop mediante un discurso rompedor encarado hacia el futuro a base de beats marcianos, texturas líquidas y de plasma, coros de origen desconocido y todo un arsenal de sonidos de difícil catalogación. Tras dejar su impronta como productor para los artistas más avanzados de nuestro tiempo (Björk, Kanye West, Frank Ocean, FKA Twigs), el venezolano se emancipó como un ente de una singularidad propia, y exquisita, mediante este tercer trabajo que aniquila los moldes y preceptos más anquilosados del pop en su comunión con la electrónica. Un tratado de sonoridades de origen indeterminado que se incrustan en un tejido pétreo, y en el que la emoción brota con crudeza, angustia y visceralidad, sin máscaras ni corsés. Un extático balance entre el pop vanguardista, la emocionalidad del cante y la tonada, y la electrónica más rupturista. Un equilibrio de fuerzas lumínicas y  tenebrosas, tan embriagador como desconcertante y retorcido. Arca se propuso escribir los compases del futuro, allanar las vías sonideras de nuevos terrenos sin conquistar, sin ni siquiera descifrar, y muchos menos categorizar.

 

7. Leonard Cohen – You Want It Darker

Su voz cavernosa de efecto balsámico siguió siendo un mástil de un navío de material noble, antiguo pero sin una sola grieta, al que agarrarse…hasta su desaparición en la línea del horizonte, incluso más allá. Monocorde, Cohen palpita elegancia, sobriedad, superioridad y una emoción imposible de tasar, a la que da salida con ese uso expresivo de la voz: la entonación, su grave tono, los silencios…Una voz que se eleva para transmitir la sabiduría del anciano que ha sacado el máximo partido de una vida milagrosa y envidiable, como si un rabino en su punto culmen del saber dejara ir salmos sanadores y transformadores. De hecho, el tenue acompañamiento de tímidas guitarras, pianos de iglesia y coros angelicales que caracterizan el álbum pueden remitir a ese espacio sagrado desde el que Cohen convence y se despide de sus acólitos. Aunque también encuentra espacio su versión más terrenal, la pícara, la del eterno seductor, como es “Traveling Light”, con violines, mandolinas, coros femeninos y un suave brisa griega de su etapa en Hidra que se filtra por esas capas.  Si su voz no ha perdido ni ápice de su transformador calado- si bien es verdad que no la modula más allá de los graves – sorprende la puntería con la que obtiene melodías que se encuentran en lo mejor de su carrera reciente. Es el caso del excelente single “You Want it Darker”, o la no menos excepcional “Leaving the table”. Mientras que en el apartado lírico sí que se aprecia un Cohen abatido, renegado a un papel de vestigio de una época irrepetible, que lo empuja a ese fuera de juego – o del tablero como señala en algunos temas -. El de Montreal se rinde a su papel inevitable, ante la evidencia de estar dando sus últimos coletazos artísticos, y aún más duro, su últimos inhalaciones. Pocas semanas después del lanzamiento de este Lp, con su dolorosa marcha, certificó el aire fúnebre de un testamento soñado para un artista inigualable.

 

6. PJ Harvey – Let England Shake

Polly Jean Harvey trascendió modas, corrientes y afiliaciones a géneros planchando un disco político, melancólico, mágico y estremecedor. La cantautora tejió una bella postal de su tierra donde sobresalía su distinguible voz (en ocasiones con el contrapunto magistral de una presencia masculina), los arreglos finos, limpios y proporcionados en su justa medida. Un empaque distinguido e inteligente que convertía las melodías de las canciones en suaves y reconfortantes estímulos. Hay cierta luz en sus composiciones, pero en general imperaba un ambiente melancólico, gris y brumoso  Let England Shake es la última demostración del talento innato, que se saca aquí un pulcro e inspirado trabajo, con atríbutos para convertirse en atemporal.

 

5. Arcade Fire – The Suburbs

Las escuchas de este doble álbum (y tercer largo de los canadienses) mantienen a día de hoy ese calado vigoroso de quien se apoderó del espacio dominante de la arena indie-rock. Su narrativa retrofuturista en un presente descompuesto desarticulaba su, hasta la fecha, habitual castillo de épica contagiosa. Aquí sin embargo, optaron por un hilo conceptual y unos paisajes instrumentales más apegados a la construcción de la atmósfera incidental No parecía el pretexto más idóneo para vender discos al gran público, pero ellos, volvieron a hacer trizas prejuicios y preconceptos mercadotécnicos, convirtiéndose en la banda que, saliendo de la periferia, alcanzó el aplauso global. The Suburbs fue quizá el último gran disco de la oleada indie de la primera década del siglo. El gran disco americano de Win Butler y los suyos recogidos en un álbum de reminiscencias biográficas para los hermanos Butler.

 

 

4. Nick Cave & The Bad Seeds – Skeleton Tree

Nick Cave Skeleton Tree

Skeleton Tree se construye como un lamento impulsado por una lírica excepcional. El Cave literato saca su pluma de las grandes ocasiones para abrirse paso entre el dolor, el desasosiego, la quiebra de espíritu y todo lo no ajeno a un corazón en estado crítico. Lo hace con un tratamiento sublime, sacando punta a las metáforas más dolientes y profundas, y liberándolas con su voz cavernosa, su tono afligido e introspectivo. Como no podía entenderse de otra forma le corresponde una gabardina de ausencia total de colores; cuerdas asfixiantes, suaves repique de las escobillas, reducidas teclas de un piano fúnebre, atmósferas densas y turbias, todo un entramado sonoro oscuro y acongojante acorde con un estado anímico premonitorio a la tragedia más devastadora de su existencia. Aunque lo más asombroso, es cómo, pese a todo, esa comunión de un dolor muy presente, real, ahogado a través de la expresión artística, produce emoción a raudales, pero también belleza. Belleza que por instantes es nítida, limpia, y casi siempre, hiriente y aplastante, como en la excepcional “Distant Sky” . Porque si uno escucha el álbum entre líneas, y en pleno apagón lumínico en el salón de su casa, uno encuentra a un Cave adentrándose en territorio de un ardor irrespirable, confrontando demonios (presentes y futuros) a cara de perro, pero manteniéndose a flote mediante el poder curativo de su propia música. Y ese efecto, ese íntimo encaje, ese balance de fuerzas opuestas, resulta sublime.

 

3. Kanye West – Yeezus

Kanye West Yeezus

En 2013 Kanye West certificó que no había artista vivo tan influyente, efervescente y talentoso como él. Quizá por eso solo él pudo marcarse la egocentricidad de titular “Yeezus” su trabajo de ese curso. El de Chicago volvió a incendiar su propio podio dinamitando los moldes consabidos, y las convenciones de la industria, tanto las del pop rap como del hip-hop, igeniando una bomba atronadora a la que no le intimidaba absorber las últimas modalidades de la pista de baile más frenéticas y salvajes, o el avispero de sonidos más diverso y agreste (bass, el garage, el dub, el dancehall, el ragga e incluso la EDM) para terminar transmutando en un discurso más propio de Kayne Yeezus: samplers soulful para mojar el dedo, rítmica sincopada, melodías pegadizas, bombos atronadores que dejan las paredes agrietadas. Pese a ello, Yeezus quedará como su obra más seca, más agria, oscura, apocalíptica, distante y anticomercial del artista. Un trabajo construido a partir de los mínimos elementos, alejado deliberadamente de las producciones recargadas y los arreglos barrocos que caracterizan su trayectoria, para lanzarse al sonido callejeros, tonalidades del hedonismo underground, extractos incluso sucios y cortantes, de una contundencia ensordecedora, y hacerlo con la misma conjunción y perfección a la que nos mal acostumbró en esa época. Una sonora explosión de experimentación desmedida (su propia peineta a la industria con el packaging elegido) con la que se reafirmó en el trono.

 

2. Sufjan Stevens – Carrie & Lowell

Sufjan Stevens Carrie Lowell

Una vez más el dolor más profundo, reservado e íntimo es el motor que alimenta uno de los trabajos más desoladores, y a la vez, hermosos que se haya gestado en la pasada década. La muerte de la madre de Sufjan Stevens precipita un disco de confesiones íntimas a la vera de una cama con las sábanas revueltas bajo la forma de una figura ausente. De lágrimas volcadas sobre un álbum familiar. De reproches habitando en el porche de una casa familiar inanimada. De lamentos que se pierden en la oscuridad de un salón inerte. El músico norteamericano aborda un trabajo que hiere, la música que emana de éste hiela la sangre, y desequilibra la circulación de sangre por el corazón. Temas como “Should Have Know Better”, y especialmente, “All of me wants all of you” y “Fourth of July”, transportan una tristeza entre sus surcos que desencajan el estado de ánimo más animado. Si no fuera por el barniz preciosista, de arreglos mínimos,  aspiraciones folkie, por el que deja aparcada su vena más ampulosa – la barroca y electrónica -, la escucha del disco sería un trance demasiado amargo como para poder digerirlo. Carrie & Lowell es un trabajo forjado desde la sensibilidad devastada, desde un vacío que carcome el interior de su artífice y que necesita del formato canción para extraer esa mancha cancerígena de su interior. Un dolor compartido por el oyente en uno de los actos musicales más bellos, dolorosos, tristes, emotivos y memorables que recogieron los últimos diez años.

 

1. Kanye West – My Beautiful Dark Twisted Fantasy

La leyenda de Kanye West encontró su acomodo en la historia gracias a este trabajo que trascendió el hip-hop para convertirse en un tótem de la música popular. Es imposible encontrar un disco de mayor influencia durante estos últimos diez años como el que catapultó al rapero de Chicago a la misma altura  que su megalomanía. Su rap mainstream adquirió tintes de tragedia barroca en esta mastodóntica pieza donde Yeezus (antes de Yeezus) sacó el talonario pero también una sinceridad desarmante, contradictoria, y extremadamente dolida. Lo expone elocuentemente desde su mero título; las aflicciones y tormentos de West quedan expuestos a bocajarro entre la neblina de drogas, sexo y champagne de las que alardea como le corresponde a su figura pública. Lo apoya sobre una capa sónica levantada con galones de exuberancia y exhibicionismo deleitoso. Un tsunami de efervescencia, inspiración punta que anega el interior de los pabellones auditivos en su paso arrollador, para, acto seguido, contagiar y alterar el curso de la música popular. Con una producción exquisita, donde vuelve a poner en valor su envidiable paladar con los samplers (desde King Crimson a Black Sabbath, pasando por Gil Scott-Heron o Smokey Robinson), rodeado por un elenco All Star de colaboradores, y dotado con un sexto sentido para dictaminar la melodía inmortal, poco importa su limitada habilidad como rapero y cantante, el disco encuentra su itinerario inmaculado hacia la perfección. Su batidora de estilos pone a hervir el boomp rap,  el gospel, el soul, el ragga, el funk, el Drum and Bass, la balada, el horrocore, y el compuesto que da como resultado tiene la dureza del hormigón, la viscosidad del blandiblu y el radio de contagio del Covid-19. Una arma de destrucción masiva para todo tipo de públicos pese a la osadía recogida en su paleta sónica. No hay nada que asustara a un West que internamente parecía vulnerable, pero que, con la maestría con la que sella el trabajo, certifica una superioridad, que, por aquel entonces, parecía irrebatible e incombustible. Un disco por encima de modas, corrientes y de su tiempo. La obra cumbre de la década pasada fue tan alargada y profunda como el ego que contenía su ideólogo, el mismo músico que ocupó el trono de la música negra y popular durante la primera parte de la década, cuando nadie podía toserle en genialidad.

 

Menciones especiales 

Bobby Womack – The Bravest Man in The Universe
LCD Soundsystem – American dream
The War on Drugs – A Deeper Understanding
Kendrick Lamar – To Pimp a Butterfly

 

 

 

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