CrónicaRock

Roger Waters – The Wall (O2 Londres, 18 mayo del 2011)

posted by KeithModMoon 23 mayo, 2011 3 Comments

 

Hay unos pocos conciertos que se ganan la etiqueta de “míticos” incluso antes de ser presenciados. Un mérito que se ha ganado la gira mundial de The Wall con la que Roger Waters está levantando mantas de ovaciones allí donde ancla. Y precisamente bajo estos pensamientos y con la incógnita de qué me depararía la especial cita, este servidor encaminaba el 18 de mayo su paso hacía el O2 de Londres dispuesto a presenciar el que sería el último concierto de los seis que Waters celebró en la capital británica.

Sentado en la lejanía de una localidad de tercera grada discurría en pensamientos sobre mis anteriores experiencias con la música de Pink Floyd y los shows de Roger Waters, a cual más mágico, mientras mi cabeza abría resquicios de esperanza para que David Gilmour y Nick Mason irrumpieran en escena en algún momento de la noche, tal y como habían hecho por sorpresa en el mismo escenario 3 días antes, sin embargo la razón volvía a imponerse a la fantasía. Embutido en esos pensamientos las luces se apagaron y empezó el espectáculo, un espectáculo que con “In the flesh” se tornó esencialmente en un alarde pirotécnico cuya respuesta inmediata fue un escalofrío recorriendo de arriba abajo mi cuerpo. Un escalofrío que no sería el único de la noche.

De entrada, la primera impresión que me abordó, fue presenciar el envidiable estado de forma de Roger Waters, no sólo a nivel físico, como un veterano, que junto a Richard Gere (cierto parecido hay entre ambos, ya que estamos en la semana de los dobles), podría levantar admiración entre jovenzuelas, sino el cómo a sus 68 años de edad se mueve incansable por el escenario y mantiene su voz en perfectas condiciones. Y créanme que esto último resulta muy complicado cuando vas a concierto por día (y sino que se lo pregunten a un disciplinado Jagger que canceló parte de la última gira por sus problemas con la garganta). Tal es mi pasmo ante el estado de su voz, que hubo momentos, sobre todo cuando el espectacular muro que se iba levantando encima del escenario ladrillo a ladrillo no permitía ver a los músicos, que me llegara a cuestionar si realmente era él quién cantaba o nos habían puesto una grabación.

Pero volvamos a lo que fue el show en sí mismo. Waters ha concebido esta gira como un espectáculo total en el que música, performance, teatro, marionetas, arte, vídeo, luces, fuegos se funden en un todo para entregar una experiencia única al asistente. Si Pink Floyd siempre ha mantenido una especial atención por mezclar lo visual con lo sonoro, aquí se alcanzan proporciones épicas. Con una puesta en escena inspirada por la corta gira que Pink Floyd hizo del disco en 1980 y 81 que casi los lleva a la quiebra, y por ese histórico concierto que Waters celebró en Berlín, justo un año después de la caída del muro, con invitados como Van Morrison, Sinead O’Connor, Cindy Lauper, el bajista de Pink Floyd retorna esta clásica obra conceptual y la despliega en escena con todos los medios imaginables.  El resultado es una explosión de sensaciones y sentimientos que te dejan petrificado en el asiento y ensimismado con todo lo que acontece alrededor.

Sin embargo, si hace 30 años, a Waters le surgió la idea de The Wall fantaseando con la idea de construir un muro de separación entre la banda y su público (se ve que tras un concierto en Canadà al que escupió a un enloquecido de las primeras filas), e inspirando el carácter central de la obra (el anti-héroe Pink) en la figura de Syd Barret, ahora parece que su relación con la audiencia ha cambiado tajantemente. Él se convierte en el centro por el que gira todo el concierto, se erige en un Mesías rockero, que interpreta varios papeles en la función. Y eso se nota encima del escenario, Waters se muestra muy a gusto inmerso en la pomposidad de su obra, y viendo como el público se entrega a la majestuosidad de su discurso. Sin duda, muchas cosas han cambiado a lo largo de estos treinta años.

Pero lo que resulta innegable es que estamos ante un genio de la música, artífice de algunos de los discos más esenciales de la reciente historia del rock. Y además de ser un hombre de negocios, un showman, y un ególatra, el de Surrey es una persona muy inteligente. Si The Wall habla sobre los traumas que van marcando la vida de esa estrella de rock ficticia que es Pink: la muerte del padre en la guerra, la sobreprotección de la madre, la opresión de la educación británica…. ahora Waters reconstruye el discurso de la obra original y lo adapta a los tiempos en que vivimos: cargados de injusticia, crisis salvajes, pobreza, y estos últimos días, indignación. De esta forma buena parte de las canciones de The Wall son adornadas a nivel escénico por reclamas en contra de las multinacionales (Shell, McDonalds y Mercedes son las más malparadas), la guerra (estremecedor resulta “Bring the boys back home” con las fotos de soldados caídos en batalla) y otras injusticias sociales, políticas y económicas que siguen lapidando el mundo en que vivimos y que quedan recogidas en forma de mensajes en el nuevo muro de Roger. Reconvirtiendo así todo el peso conceptual de la magnífica obra en un discurso plenamente vigente.

Retornando al aspecto musical del asunto, apena un poco ver como el show, el espectáculo, se come un poco el elemento sonoro. Un aspecto, que por otra parte, resulta brillante tanto por la aportación de Waters como por la del gran guitarrista que cumple las funciones del añorado David Gilmour. Ya peca algo más, el otro cantante que acompaña al protagonista de la gira, y un coro que no está a la altura de los que han acompañado las andanzas en directo de la banda y del bajista. Fue quizás por esa representación tan teatral, operística, y perfeccionista, tan calculada e inamovible (parece todo prediseñado al milímetro, sin espacio para la improvisación), que este servidor se inclinara más a favor por los temas intimistas del disco, cuya plasmación encima del escenario solo incumbia la voz de Waters, su guitarra acústica, y un público en absoluto silencio. En ese contexto ráfagas de escalofríos recorrieron de nuevo mi esqueleto con las interpretaciones de “Vera”, “Is there anybody out there” y “Mother”.

El tramo final de la obra, al igual que con el disco, es una sucesión imparable de truenos operísticos, que en ocasiones, hasta se aparentan con Queen, pero que resultan pasmosos de presenciar en directo.

Tras los agradecimientos, las últimas ovaciones, y la dilatación de renunciar al bis, el cuerpo se destensó, el cerebro empezó a ordenar en orden de preferencia (para intentar retenerlos a lo largo de la vida) las sensaciones vívidas y los sentimientos expuestos sobre ellos, servidor se preguntó de inmediato si esta había sido su última experiencia en directo con la mejor banda de rock de la historia, si el tercer encuentro con el bajista de esa banda sería ya la última, o si el futuro aún les depararía otro encuentro. Sea como sea, satisfecho de haber pagado por esa cita el precio más alto por el que nunca he pagado una entrada, pero también debo añadir, que pese a que el marco era perfecto, mi cerebro va a retener más instantes de este show en Barcelona, y por supuesto, de mi primera y única experiencia con los Pink Floyd, y sin Waters.

Consideraciones rencuentro Waters y Gilmour

En el concierto del 18 de mayo el protagonista de esta crónica destacó el momento histórico vivido en el mismo escenario tres noches antes, cuando se reunió de nuevo con David Gilmour y Nick Mason. Sin duda un instante que debió enloquecer a todos los afortunados en el O2. Sin embargo de esta reunión yo extraigo una lectura muy gráfica de la relación que mantienen los dos polos opuestos que cogieron las riendas del grupo tras la pérdida (mental) de Syd Barret.

En la interpretación de “Comfortably Numb”, tal y como se aprecia en la foto de arriba, el muro separa a ambos egos. Una metáfora acojonante de la distancia insalvable que separa a un Gilmour más tímido e introspectivo de un Waters expresivo y egocéntrico. No obstante ambos quieren protagonismo, adjudicarse la gloria de haber parido parte de la música más influyente y estimulante del siglo XX. Pero ese muro que los separa, lleno de rencor, disputas, enfrentamiento de egos, medallas a atribuirse, parece irrompible ahora mismo, y representa dos actitudes sobre el legado de su obra enfrentadas. No sé si volveré a ver a Roger Waters o a Pink Floyd, pero a ambos juntos, creo que es sólo cuestión de temas benéficos, por que lo del otro día fue un bonito espejismo (muy bonito, como reluce la guitarra de Gilmour) en el que subyace la relación de estos dos grandes maestros y que ha marcado la que considero la mejor banda de rock de la historia.


3 Comments

Van 8 junio, 2011 at 21:52

Un espectáculo magnífico sin duda, y con un mensaje completamente a la orden del día, muy valiente la crítica a las multinacionales. Yo fui a Madrid a verlo y lamento decirte que como sospechas, Waters canta, pero encima de una grabación de su voz, no se si del disco o de los conciertos del 80-81-, pero por ejemplo en canciones como The Trial se nota bastante, en otras como Mother no es tan seguro.

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KeithModMoon 9 junio, 2011 at 18:05

Me lo figuraba. Es evidente (y casi diría obligado) en los fragmentos con ecos vocales. Sea lo que sea no quita ningún mérito al imborrable espectáculo audiovisual que vivimos

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ale 14 marzo, 2012 at 17:38

eso ya no importaaa.
Es el arte desplegado que explota los sentidos y te lleva a volar en sus particulas a la experiencia en ese mundo que es THE WALL.
Agradesco a Dios el haber formado parte del viaje a THE WALL.
Pasenla a pleno hasta el infinito y mas allaaa…

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