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Domingo de serie: Breaking Bad (Temporada 4)

posted by Omar Little 23 octubre, 2011 0 comments
El hombre orquestra

Érase una vez un corriente padre de familia, profesor de química en la universidad, al que un día cualquiera se le diagnostica un cáncer terminal. Ante la proximidad de la muerte, y con tal de dejar una holgada herencia a sus seres queridos, se aventura a emprender un laboratorio de metanfetamina. Ante los riesgos y peligros que conlleva adentrarse en un mundo como éste, este mismo hombre decide crearse un personaje mediante el cual ser tomado en serio, incluso, ser temido.

Debido a muchas circunstancias y factores, esta persona tiene que ensuciarse las manos mucho más de lo que hubiera imaginado cuando se adentró en tal hostil terreno, hasta el punto de que nos hace dudar de si quien actúa es él o bien el propio personaje que lo ha engullido. Tras finalizar su última temporada con este gran capítulo, son menos las dudas con respecto la figura de Walter White.

Breaking Bad cerró su cuarta temporada apenas hace dos semanas, y ya nos parece una eternidad. La serie de Vince Gilligan ha ido creciendo y creciendo hasta consolidarse como el diamante más bestial de la televisión, con el permiso de Mad Men. Tras una tercera temporada excepcional, era difícil mantener el nivel, pero en la cuarta lo han intentado.

Una temporada que la podríamos dividir claramente en dos bloques bien diferenciados por su nivel, pero con un conflicto que ha definido la estructura narrativa de cada capítulo. Por una parte la primera tanda, del 1 al 8, ha sido algo descafeinada para lo que nos tiene mal acostumbrados los guionistas de esta serie. Algunos detalles, algún giro inesperado, muchos matices para profundizar en la mente y la personalidad de los personajes pero poco de lo que conocemos como “chica”.

El punto de inflexión lo sitúo en el magistral 4×8 “Hermanos”, donde por fin, mediante flashbacks, conocemos un poco mejor la historia del Sr. Pollo (aKa Gus Fring). A partir de aquí la clásica batería frenética en la que los giros, los problemas, las preocupaciones, los alivios y los marrones en los que parece no haber vuelta atrás se van sucediendo sin freno.

El conflicto que tortura a Walt, que surgió ya en la tercera temporada, y aquí ha sido la piedra angular de su esqueleto narrativo, es la presencia amenazante de Gus Fring y el miedo que ha instalado en sus reductos más preciados. Walt pone muchas veces sobre la mesa, que tanto él y Jess están en peligro mientras Frings esté con vida. Así que su objetivo durante toda la season ha sido eliminar al boss, al villano de estas dos últimas temporadas.

Como Breaking Bad no es precisamente una serie simple, lineal o esquemática, los guionistas han rellenado las tramas con jugosas subtramas que confluían de un modo u otro con el enfrentamiento inevitable de Walt y Gus. Como por ejemplo, la relación de Jess y Walt, que parece instalada en un tiovivo constante, que durante muchos intervalos ha supuesto un serio contratiempo para los planes de Walt, y que tras el diabólico giro final, parece encaminada sin remedio hacía el desastre. Por otro lado, en esta temporada han querido incidir mucho en una baza que de tanto en tanto sacan a relucir y que aquí ya explotan con infinita gracia, y perfecto equilibrio entre la tensión, el miedo y el humor. Y que no es más que la base de tener un cuñado (ahora mismo inválido) que trabaja en la DEA, con mucho tiempo libre y una obsesión entre ceja y ceja. Hank ha dado más de un susto de muerte a Walt con los avances en el caso Heisenberg.

Finalmente la progresión dramática y frenética a la que nos lleva esta serie en su Season finale ha tenido en “Face Off” (y por primera vez) un final conclusivo, no el más brillante, pero si uno de sugerente, y sobre todo, incómodo para las propias impresiones del espectador. Con ese final de la planta los guionistas han llenado de mala leche, y hasta rencor, la imagen y la comprensión que sentíamos sobre las actitudes del protagonista de esta historia. El arco evolutivo de Walt está siendo muy consecuente con los actos que lleva a cabo, cada vez existen, tanto por él mismo, como en su entorno familiar, como por parte del espectador, más dudas sobre sus acciones desde un punto de vista moral (potenciadas durante esta misma temporada con retazos de humanidad que iba dejando ir de vez en cuando). Una moral aniquilada por completo con este brillante giro final del plano de Lily of the Valley. Walter ha dejado de ser el profesor de química, el padre de familia modélico para convertirse en el amoral y repudiable Heisenberg.

También esta temporada nos ha servido para entender que esta serie no sólo depende del magistral trabajo de Bryan Cranston y Aaron Paul. Si la tercera temporada dilucido las posibles dudas sobre Paul, esta ha repercutido muy positivamente en el protagonismo ofrecido a otros dos personajes. El imprevisible Hank, y el frío, calculador e imbatible Gus (desde ya uno de los mejores villanos vistos nunca en TV). Su ración de merito a los actores que han animado a estos dos tremendos: Dean Norris y Giancarlo Esposito.

Pese a todas las virtudes, los momentos que hemos pasado, y las emociones que nos han despertado, la cuarta temporada ha estado algo alejada de ser perfecta. Dejando aparte la cuestión de ritmo e interés en su primera mitad, esta temporada ha incurrido en demasía con el relleno, imperfecciones en su guión y alguna situación representada con algo de desacierto.

Entre los detalles inverosímiles en el guión encajarían los desmanes de Skyler en su nuevo rol de semichunga, simplemente no me la creía. Además el “caso Beneke” lo he visto como una parche de relleno para que Skyler pudiera pasearse un poco dentro de plano y para cuadrar algunos aspectos de guión (y eso sí, de paso dejar el terreno alisado para finales monumentales).

También son discutibles ciertos planes maquiavélicos que se desarrollan al milímetro por los dos hombres orquestras de esta temporada. Entendemos que Gustav Fring es una especie de semi Dios (al fin y al cabo compite con la cadena KFC), y que sus planes, por muy enrevesados y retorcidos que sea, salen a la perfección. Se entiende que Walter se tenga que poner a su nivel, pero más difícil de creer es que todo salga como ellos han pensado. Eso se palpa en esa acalorada discusión entre Jess y Walt, con el cruce de acusaciones entrados con calzador. Una secuencia que con el giro final cobra otro sentido, pero a la vez, releyéndola tras el giro final, parece representarse de una manera demasiada forzada, algo increíble. Hablando en plata, hay algunos momentos en que tuve la sensación de estar tragándome ciertos aspectos que chirrían para que el efecto final, con su pertinente giro, fuera más espectacular.

Pocos detalles para una serie sobrante de ellos, empapelada por matices inteligentes, por piezas que parecen ser decorativas, pero que con un click, o un giro, encajan a la perfección con todo lo visto anteriormente. Breaking Bad es lo más grande de la ficción actual porque está atiborrada de ingenio narrativo, contundencia visual y consistencia actoral. Y aunque su última temporada no esté a la altura de la tercera sigue siendo otro viaje por altos vuelos del que resulta imposible bajarse a tiempo. Como su protagonista, caeremos en el agujero hasta el fondo.

 

 

Esta temporada ya puede atribuirse el mérito de haber dejado para mi posteridad una serie de instantes.

 

  • La cena de familia con Marie y Hank, que tras unas copas de vino de más, Walter deja ver su lado más perverso, su lado Frings, para con un solo comentario enredar a Hank sobre el caso del cristal azul.
  • La brutal discusión entre Skyler y Walt, en la que éste último suelta un “I’m the danger” que deja acojonada a su propia esposa y nos revela a todos que Heisenberg está apropiándose definitivamente del profesor de química con buenas intenciones
  • Pelos como escarpias el final de “Crawl Space”, con la risa diabólica de Walter cuando se da cuenta de la única salida que le queda
  • Por supuesto ese plano final de la planta del jardín de los White que dota de sentido a todo el capítulo, y no sólo eso, sino a buena parte de la temporada.

 


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