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Domingo de serie: Mad Men (temporada 4)

posted by Omar Little 8 noviembre, 2010 0 comments
Viaje de caída y ascenso

Han sido numerosas las ocasiones en que la ficción nos ha planteado una trama de ascenso y caída dónde el protagonista cae en un profundo hoyo después de haber mojado los labios con la miel. De hecho, algo así presenciamos en la tercera temporada de Mad Men con ese declive de Don Draper, el nuevo icono norteamericano. Su cuarta temporada empezó con un  Draper ya metido en el barrizal, divorciado, alejado de la familia, viviendo solo en un piso del Village, y refugiándose aun más en la botella para olvidar quién es, o quién fue (uno de los temas puntales que van volviendo una y otra vez, y cuya verdadera naturaleza dista años de encontrarse en la primera capa con la que se topa el espectador).

Sin embargo, y gracias a la habilidad de sus impagables guionistas, la temporada cobra un giro sorprendente, espectacular con la catarsis que supone el genial  “The Suitcase”, cuyo rebufo coge impulso en sus dos últimos capítulos, donde conocemos un Draper algo desconocido hasta la fecha.  Curioso que cuando Draper empieza a sentirse cómodo de quien es, en su mejor campo, ahí donde se desenvuelve sin parangón ni rival, empieza a tambalearse. En esta cuarta temporada presenciamos cómo Roger, Sterling, Draper & Pryce se va construyendo de la nada y cómo a la vez  debe afrontar la infortuna e inoportuna marcha de su principal cliente, Lucky Strike, con las consecuencias económicas que conllevará.

Nada ha cambiado, y mucho ha cambiado. Todo sigue estando en su perfecto sitio. El discurrir lento, los guiones rebosados de inteligencia y subtexto, la realización enmarcable, las actuaciones de oro de sus actores, y por otro lado, sus personajes no dejan de evolucionar, de perder o ganar capas como una cebolla que nos agrieta los ojos, de sumar detalles que hacen aumentar y celebrar su arco evolutivo, un jugoso florecer dramático que tiene a Draper y Peggy Olson como sus principales valedores en esta cuarta temporada.

A diferencia de otras temporadas, en ésta no hay un final que ponga el broche de oro a una temporada espectacular, más bien ese broche de oro se ha ido masticando desde el capítulo Buñuelesco de “The Suitcase”, y ha tenido su momento glorioso con otra brillante idea (¿cuántas agencias se habrán planteado fichar a los guionistas de la serie como copys?) sacada de la manga por el genial Draper en su penúltimo capítulo. Cuyas consecuencias coletean en ese último capítulo relleno de sorpresas y ritmo,  que nos dejan con fotogramas con olor perdurable, pictórico, clásico y a lágrimas dulces.

Para más señas me refiero a ese momento, cuando Draper permanece en la habitación del hotel de California cabizbajo y pensativo, mientras que sus hijos están en la piscina del hotel con la secretaria de Don disfrutando de los lujos de las instalaciones. O, aún mejor, cuando Draper y Betty se encuentran en su antiguo hogar, y después de una breve conversación, en el que observamos las verdaderas sentimientos de Betty, cada uno coge el camino por su lado después de despedirse, dejando la cocina, antaño llena de vida, con esa luz tenue y con la única presencia de una botella en el medio de esa desolación hopperiana. Como digo planos que deberían enmarcarse y colgar en cualquier museo de arte moderno.  

Ya lo hemos dicho en distintas ocasiones, y sino lo hemos hecho lo decimos ahora, Mad Men no tiene comparación posible en la ficción audiovisual. La riqueza de su texto es tan sólo comparable a autores de esa época que indagaron en el retrato de una sociedad en cambio: John Cleever, Richard Yates. A la serie de Matthew Weiner no hay quien le tosa, su nivel de complejidad es altísima (aquí ayuda la duración que puede tener una serie de 13 capítulos de 45 minutos en lugar de una película de 120 min), y parece que se reta a sí misma a mejorar año a año. Creerme que os dijo que Mad Men no faltará, o no debería, faltar en ninguna biblioteca pública. Es un producto cristalizado ya en su emisión como clásico y perdurable. Un tipo de televisión sólo comparable a ciertos autores capitales del cine clásico de Hollywood.      

 


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