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Domingo de serie: Mr. Robot (temporada 1)

posted by Omar Little 13 diciembre, 2015 0 comments
Fight Club S.XXI

Mr Robot

El runruneo suele llevar consigo verdades. Desde hace tres meses desfilaban tuits por mi timeline alertando de la calidad del producto que hoy pasamos por el destilador. Pero ninguno suficientemente apremiante, o digamos brillante, como para aparcar mis otros deberes conyugales con televisor y plataformas VoD. Sin embargo le sobraron unos pocos fotogramas del primer capítulo para hackear mi mente hasta el punto de perder de vista el mundo exterior. Mr. Robot es un virus que se infecta en la azotea y que no te deja libre hasta los títulos de crédito finales, qué digo, incluso hasta después de estos. Efectivamente el runruneo escondía una verdad incuestionable.

Si aún no has sido infectado por Elliot y Mr. Robot formatea tu disco y empieza a descargarte en éste una de las joyas de la temporada.

Mr. Robot presenta suficiente atributos como para cortocircuitear los vasos sanguíneos en el córtex cerebral, lanzar un ataque de endorfinas masivo, y aún quedarle juerga para pellizcar la espina dorsal e incluso las partes bajas que llevan un tiempo de huelga indefinida. No hace falta avanzar demasiado en sus diez capítulos para sentir los primeros pinchazos. De hecho, arranca con un piloto que ya deja patente el calibre de este juguete catódico del que USA Network (un canal de los más sosainas de la televisión norteamericana) se enorgullece, y más desde que pillara, gracias a este, tres nominaciones a los globos de oro.

De entrada te atrapa con un personaje que apunta al panteón de Omar. Elliot es un antisocial, brillante y nihilista hacker que trabaja en una empresa de seguridad de datos, Allsafe. Mediante una ejemplar voz en off (nada fácil usar ese recurso, tan loable es lo que hace Rami Malek con la voz como con el rostro) vamos descubriendo la complejidad de un carácter sufridor, autista, angustioso, que inhala la realidad de su entorno (la micro y la macro) para exhalar bilis revolucionaria; un antisistema con una doble vida, la que intenta llevar con una aparentemente normalidad – la realidad alienada que le carcome-, y la de hacker con intenciones revolucionarias donde expone sus pensamientos sin corsés ni máscaras. Una doble receta vital que le perjudica en una personalidad esquizoide, que expresa con los diálogos que mantiene con esa voz en off, y que van en aumento cuando la serie se acelera sin remedio en una ráfaga de giros que conmocionan sus tres capítulos finales.  

Solo con ese protagonista Mr. Robot, la serie, se gana cien enfoques retinales por segundo, pero la cosa no hará más que crecer cuando entre en contacto con una misteriosa sociedad de hackers antisistema – llamados Fsociety para no pagar derechos de autor a Anonymous-, cuyo principal objetivo es tumbar E Corp ( AKA EvilCorp…no se andan con sutilezas para los nombres), una mega corporación mundial con tentáculos por todas partes y que saca tajada con cada transacción monetaria que ocurre en el planeta. Un conglomerado que se mea en la cara de Zuckerberg, Larry Page, Jeff Bezos and company.

Solo leyendo este último párrafo, con algunas de las claves sobre el argumento y su personaje central, el lector que en los noventa fuera un cinéfilo y lector aguerrido, habrá detectado la sombra acusada de El club de la lucha. Y así es, Mr. Robot le debe varios órgano vitales a Chuck Palahniuk, y también a su receptor cinematográfico David Fincher. Pero hay una gran diferencia entre la copia y el homenaje. Aquí estamos sustancialmente en el homenaje no camuflado y plenamente consciente. No hay que ser muy avispado para darse cuenta de ello. De hecho un apunte musical ya destapa de forma irrefutable que Sam Esmail, creador del artefacto (tardaba en salir su nombre), es deudor de El club de la lucha y totalmente respetuoso con esta sinergia unidireccional: es al final del capítulo nueve cuando Elliot enseña al yuppie destronado la base de Fsociety, ese arcade abandonado de Coney Island, mientras de fondo se escucha una versión de organillo del “Where’s my mind?” de los Pixies.

Un tema que irrumpe justo después de ese momento en que la serie lanza un ataque masivo coordinado para hacerse con el control del CPU de los telespectadores, redoblando los giros inesperados, potenciando la trama principal y las subtramas con golpes sonados -con el inmenso mérito de no descoserse a nivel narrativo-. Es cuando se descubre ese interrogante que angustia tanto a Elliot, y con él, un espectador que se pregunta constantemente el origen de las interferencias, dudas y angustias, el momento en que la serie no esconde su deuda con la obra capital de Palahniuk. Pero no solo absorbe de esta. Hay ecos de Bret Easton Ellis en la descripción de las esferas económicas que controlan nuestros pasos sobre la tierra. Especialmente hay mucho de Patrick Bateman en el dibujo de Tyrell Wellick, ese yuppie cegado por la avaricia, el dinero a granel y el ascenso exprés, cuya ambición, e historia, ajustada por los deseos de esa arpía vestida de pibón de ensueño, marcan una subtrama empapada de interés, casi siempre, alejada del foco central con Elliot -al menos hasta bien llegado el tramo final -, y que además se queda sin resolución – seguramente aplazada hasta la segunda temporada. Un secundario dibujado con un trazo perfecto, con el que se explota toda la podredumbre moral y ética contra la que luchan Elliot y los suyos, pero que también sirve para subrayar las propias víctimas de ese enturbado y despiadado universo neocon que podría parecer propio de una distopia pero que en realidad es un fiel reflejo de nuestro mundo actual. Un antagonista, que a la espera de conocer exactamente lo ocurrido en su idilio en el arcade, se desenvuelve como un inesperado aliado por una herida mutua.

También hay algo de Aronofsky, tanto de Requiem por un sueño como Pi, obviamente en el uso de la morfina, que Elliot utiliza para sobrellevar la existencia en una sociedad secuestrada por ese capitalismo inmoral que le repugna, y que deriva además en otra interesantísima subtrama con su novia dealer del piso de abajo, y el traficante que la controla y la hace pedazos (otro de los momentos álgidos de este producto), pero también por la mella que hace en su psique tanto las drogas, como la paranoia y la esquizofrenia en aumento. Incluso situar la acción en Coney Island podría entenderse como un pequeño guiño al director yanqui.

Confluencias que desembocan en la mente de Esmail para que ingenie el malware más malicioso y dañino  del año. Con él suelta un virus que se expande de forma descontrolada entre los espectadores arrastrándolos hacia un torbellino de emociones y reflexiones sobre nuestra sociedad. Y aunque el contorno, un canal de televisión norteamericano, invite a pensar en lo contrario, hay conexiones perniciosas, malrolleras y antisistema en el artefacto, más de las que se puedan haber visto en cualquier producción televisivo reciente. Ya de por sí supone un sonoro ataque desde el interior del sistema, en ese sentido las analogías entre Esmail y Elliot son trazables. Lo que se le escapa a este servidor fue los métodos utilizados para persuadir a los directivos para dar el sí. Sea como sea, el resultado ha estado un éxito, tal y como señala su incursión en listas de lo mejor del año, globos de oro (un recuperado Christian Slater y Rami Malek han pillado) y la confirmación para una segunda tanda de diez capítulos. Segunda temporada a la que no habrá que temer, ya que pese haber redondeado la primera con una conclusión cerrada, han quedado suficiente flecos sueltos (más con el cliffhanger a modo de epilogo) como para aportar nuevas dosis entusiastas de ciberterrorismo catódico. La generación de los wikileaks, Snowden, anonymous tiene su propio Club de la lucha, y encima con el aspecto de un cyberthriller  trepidante y modélico.

8,5


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