Domingo de serie

Domingo de serie: After Life

posted by Omar Little 17 marzo, 2019 0 comments
Un humor enternecido

After Life

Tras el fiasco de Special Correspondents (película que no he visto, pero me fío de las notas de FilmAffinity), Ricky Gervais regresa, con el respaldo de la escudería Netflix, para entregar una nueva miniserie que lleva acumulando cuantiosos parabienes desde su estreno el pasado 8 de marzo, demasiados para lo que finalmente es. After Life se plantea como el trayecto amargado y aquejado de un periodista de un periodicucho local que tras quedar viudo, y posponer el suicidio para alimentar a su perra (o eso es lo que cuenta), decide afrontar el día a día bajo mínimos vitales, sin pelos en la lengua ni concesiones sociales, mal quien le pese.

Aunque en realidad, lo que esconde esta miniserie de seis capítulos es un tributo velado a la vida, detrás de la amargura que arrastra este personaje tan propicio para el estilo de Ricky Gervais, aflora una celebración a la vida. Un obra de redención y autodescubrimiento que parte del duelo, pero que en realidad, se dirige, en su desarrollo, al polo opuesto del abanico emocional. Con su nueva serie, Gervais se viste de Frank Capra en esta ficción que se modula entre la comedia y el drama, lo tierno y lo amargo, el escozor de las verdades incómodas, siempre compensadas con el brillo que emana de los detalles insignificantes (o no) de la existencia. A través de los pasos de este malhumorado, entristecido, deslenguado, verborreico, ilustrado apocalíptico y afilado cabronazo, la serie pretende erguirse como una oda vital, cayendo, por eso, más de lo deseado, en lo almibarado.

Lo nuevo del temido y afilado Gervais se sitúa en un punto intermedio entre dos de sus series más encumbradas: The Office y Derek. De la primera adquiere los moldes de sitcom, especialmente cuando describe el día a día de esa oficina llena de perdedores (de hecho repite ciertos roles y perfiles en los personajes que la habitan), mientras que la segunda adquiere esa mezcla entre incorrección salvaje y ternura, extrayendo la risas de las situaciones más jodidas o, al menos, de aquellas, a priori, más desaconsejables para el humor. Sin embargo, en el precedente lo llevaba a cabo con un personaje mucho más humano, y en una modalidad humorística mucho más sutil. El principal escollo de la nueva criatura es que Gervais tira de lo más obvio, de arquetipos que rozan lo ridículo (el yonqui, la prostituta, el sobrino que sufre bullying, venga…¿qué más?…. ¿la viuda que habla con su esposo fallecido delante de su tumba?, oh wait….), En definitiva utiliza la galería de personajes secundarios como recursos narrativos para ensalzar la humanidad de su personaje (con varios elementos autobiográficos en su dibujo, también el narcisismo, sí) y su cruzada contra los “assholes” de este mundo. El problema es ese, el tapete es muy marcado y muy intencionado, los brotes de comicidad le siguen funcionando, pero el feeling good lo inserta con escuadra y cartabón, casi lanzando una moralina por capítulo (se escapa de esto con alguna decisión tremenda que toma el protagonista, pero poco más), y recalcando su presencia con esas líneas de piano alérgicas, y esos vídeos póstumos sonsacados del peor filme de Coixet con el que ilustra la relación de amor con su fallecida esposa (sin pizca de romanticismo por cierto, o un romanticismo torpe basado en la broma brava que se escapa bastante del entendimiento que uno tenía del concepto) y a la vez, utilizándolos como contrapunto triste en el arranque de cada capítulo.

Estamos así ante un producto excesivamente previsible y meloso, con la moralina y el bienintencionismo casi como unidad narrativa. Esto lo sirve Hollywood y a Netflix le llegan denuncias por nuevos casos de diabetes (especialmente tras el capítulo final de explosión capriana). Lo corrige porque es Ricky Gervais, a quien le sobran reservas de mala leche humorística, incorrección y sarcasmo. De hecho, la serie gana puntos cuando reflexiona sobre la bilis reinante en las redes sociales, el humor atenuado de hoy en día, la idiotez universal en la que el prota ve una repisa a la que agarrarse como excusa para seguir adquiriendo O2. Pero lapida estas reflexiones incisivas con un guion vulgar, un carrusel de personajes funcional (sin que por ello, dé con personajes carismáticos y divertidos), utilizados, básicamente, para el refuerzo del sujeto central. Cuando Gervais se pone serio, maltrecha el producto, aunque cuando se pone cómico es difícil que le tosan.

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