Domingo de serie

Domingo de serie: Atlanta (Temporada 1)

posted by Omar Little 13 noviembre, 2016 0 comments
Adoquines poco transitados

 

Atlanta poster

Dejemos de dar la tabarra con la producción nórdica y la inglesa. Qué sí, que en general es bastante digna, pero Estados Unidos sigue controlando el comercio cultural global, por bien o mal que nos parezca, y los desembarcos más celebrados se siguen produciendo a través de sus puertos televisivos. Su hegemonía mundial nos permite disfrutar de debut tan esplendorosos, brillantes, arriesgados y genuinos como el de hoy. Donald Glover amplia su faceta renacentistas (ya se había hecho un nombre como rapero como Childish Gambino y como actor) poniéndose enfrente de una de las mejores llegadas cómicas de la temporada catódica.

Si aún no te has sumergido por el imprevisible tour no turístico por Atlanta se te acumulan deberes.

¿Y cuál es el mejor recipiente para un producto tan libre y desprovisto de molde?

El canal FX se ha venido consolidando como una factoría de los talentos más creativos y rompedores de la ficción televisiva de un tiempo hasta ahora. La marcada huella de la genial Louie en su parrilla ha sido ampliada por otros actores en otras franjas.

Y no es que Atlanta sea tan descolocante, anárquica, de giros tan bruscos de empezar en un punto y termina a 76.000 millas submarinas del punto inicial, pero tomar el producto de Louis C.K. ayuda a fijar sus coordenadas. La serie sigue los pasos de Earn, un joven negro de la ciudad de Atlanta que tras interrumpir sus prometedores estudios en Princeton vuelve a su ciudad natal prácticamente como un homeless, durmiendo como un gusano en casa de su ex y su hija, y con un modo de vida inviable con cerrar una cita en Tinder. Sin embargo, su primo Paper Boi, un rapero de malas pulgas, empieza a ganarse un hueco en la escena underground con una mixtape, y Earn ve ahí una oportunidad para hacerle de manager y sacar algo de tajada.

A partir de este punto, la perspicaz mirada de Glover como showrunner y hombre orquesta (protagonista, productor, guionista, realizador en algún capítulo, ejecutivo y alama mater) permite que esta comedia se inmiscuía en los terrenos más inhóspitos con una elegancia, ingenio y sutileza impropias para un debutante. Siempre como una mirada fina y precisa sobre las capas sociales de la ciudad de Georgia que Glover comprende a la perfección, su criatura oscila entre la mirada realista sobre el latir social de la población afroamericana, pasando por la romcom y el drama personal a través de la relación de Earn intentando recuperar a su amada y a su hija, hasta una comedia de negros fumados cuando se junta con su primo y el amigo colgado de éste , o una sátira afilada, pero sin acentos, sobre el troleo en las redes sociales, la televisión o el mundo de la industria musical, o aquello que se cruce en la chispeante e inesperada mente de su creador y guionista. Todo basculando entre el realismo de David Simon, el surrealismo de John from Cincinnati, la ironía finísima de 30 Rock o el imprevisible esquema del propio Louie.

Una batidora en la que cabe de todo, en la que cada capítulo es una sorpresa que no atiende ni guarda relación con el anterior, el siguiente, o los dos minutos que seguirán. Y esa es precisamente una de las grandezas de estas dosis de comedia libre, dejarse sorprender por un talento con un gusto, un tino y una creatividad descontroladamente controlada, y de amplio poder estimulante.

Entre las notas más altas, el capítulo que gira alrededor de un insoportable Justin Bieber (negro), el humor Peter Sellers que brota en el capítulo de El club, toda el capitulo articulado como una parodia de la televisión norteamericana, la genial cita de Earn y Vanesa en un restaurante con un Earn sufriendo la gota gorda para pagar la cuenta, la aparición lynchiana de un extraño tipo que ofrece bocadillos de nutella en el autobús y que más tarde descubriremos en uno de los anuncios del capítulo de la televisión, etc.. Siempre con esa fina línea en la que los retazos realistas colisionan con brotes surrealistas de lo más inesperado, y que tiene su culmen en una escena representativa de ese valor genuino que nutre la serie de Glover: cuando en la salida del club donde los tres amigos han pasado la noche se oyen unos disparos y seguidamente aparece un coche invisible atropellando personas. No hay ninguna explicación racional a lo que acaba de suceder pero eso no impide que seguidamente los tres amigos comenten lo ocurrido como si nada en un diálogo tarantiniano en un sitio de fast food.

Porque ahí radica la brillante extrañeza de esta serie. El propósito de Glover con Atlanta es construir un retrato de la población negra en los Estados Unidos – las únicas apariciones de blancos son para puntualizar un comentario sarcástico o irónico- pero no como lo haría Simon en la genial The Wire, sino de una forma desacomplejada, libre, disparatada e imaginativa, con tal de hacer sentir al espectador las sensaciones cotidianas de la comunidad negra más desfavorecida. Jugada maestra de un bienvenido a quien hay que recibir con honores y darle el crédito que pida.

marco 75


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