Domingo de serie

Domingo de serie: Chernobyl

posted by Omar Little 28 julio, 2019 0 comments
Desastre a la URSS

Chernobyl

Lo he dicho en varias ocasiones y vuelvo a reflotar el tema para hablar de una de las miniseries del curso. No hay nada más desestabilizador para valorar una serie que consumirla en pleno pico de hype. Esa ha sido la constante que me ha mantenido alejado de la serie en boca de todos hasta los últimos siete días, en los que mi resistencia se ha desplomado. Pero igual de importante es mantenerse blindando a la nube de hype, como no quedar tocado por esta tras su paso. Aquí lo idóneo hubiera sido abordar su visionado  pasado un tiempo prudente del maremoto mediático, pero al fin y al cabo este es un site que valora la actualidad, y la espera no se ha podido alargar más. Soltada esta perogrullada introductoria, vayamos al grano:  Chernobyl dista varios Gray de ser la mejor serie de la historia, por mucho que sus plataformas de emisión se ocupen de amplificar esa idea con sus campañas agarradas a esa siempre discutible mira de la medición de calidad que es IMDB. Pero el asunto no es aquí dirimir si se merece ese trono privilegiado en la historia (la respuesta es un No rotundo, tampoco habría mucho que discutir) sino el de escrudiñar las virtudes y defectos del sleeper seriéfilo de 2019.

Chernobyl se presenta como una pormenorizada recreación de la catástrofe nuclear más devastadora de los últimos 30 años de historia. Un asalto al reactor, al fatídico accidente y al calamitoso aftermath desde el punto de vista de los héroes anónimos en la primera línea de fuego, así como los despreocupados afectados a millas de la explosión del núcleo y los diferentes estamentos de poder que influyeron en todos los pasos de la tragedia. Tras ese planteamiento argumental pronto se desenmascara una exposición de las deficiencias soviéticas no solo para impedir el desastre, sino para contenerlo. A excepción del experto en física nuclear (que interpreta el siempre admirable Jared Harris) o el político de régimen que va moldeando su terquedad y antipatía a medida que ve de primera mano las dimensiones trágicas de lo ocurrido (el también pletórico Stellan Skarsgard), la serie no escatima oportunidades para abordar el sinverguenzimo del régimen, sus indiscutibles estructuras de poder  (y lo insensato de estas), y sus intentos por esconder las faltas durante todo el embrollo.

En ese sentido, la miniserie ingeniada entre Sky Television y HBO Europe, los atributos de Craig Mazin como showrunner, y con la intervención clave de Johan Renck en la dirección, no deja de proponer una mirada teledirigida a cuestionar los métodos del régimen comunista. Y esa decisión de no utilizar actores rusos, o de no utilizar el ruso como idioma interlocutorio entre los personajes que intervienen, no solo es una falla de rigurosidad fácilmente corregible, y no es meramente esa tara distinguible para desprestigiar el producto que los amantes del “pero” anhelan, sino que pone de manifiesto lo comentado más arriba, la revisión “occidental” de esos hechos tan terribles que, en cierto modo, afecta a la veracidad del conjunto. Pero a la vez, y en su defensa, en esa cierta anti-propaganda comunista también se filtran vientos contrarios, valores dejados en buen lugar, como es el sacrificio colectivo en pos de la humanidad o la entereza de hombres con valores en situaciones trágicas y extremas.

Aunque no radica ahí la única tara asignable, hay también cierto desajuste de interés entre los episodios. De elevado ritmo en su arranque, a tramos de avance circular o rozando incluso el aburrimiento. En ese sentido, un servidor, y contagiado por el efecto “cabrón” de los signos de admiración y las voces de entusiasmo, he echado en falta mayor cotas de tensión a lo largo de la ficción. Salgo de Pripyat con esa sensación de un escenario predilecto para el drama y el thriller o, incluso, el terror (algo que se tantea con acierto desde el score Hildur Guðnadóttir y en ciertas decisiones de realización) algo desaprovechado en pautas de guion y edición. La misma estructuración a la que no se puede recriminar deficiencias cuando decide destinar folios para apuntar, con cierta luz, los mecanismos internos de ese Estado controlando a funcionarios que a su vez preservan un relato colectivo para los individuos, los principales afectados por desconocimiento y ausencia de información veraz.

Chernobyl levanta suficientes apuntes interesantes como para afiliarse. Ya los simples hechos retratados y la trascendencia de estos como trauma colectivo y temor recurrente entre sociedades provistas por la energía nuclear no debería generar zonas de dudas sobre proceder a su visionado. Ahora bien, los niveles de radioactividad distan bastante de los que la mayoría señala con efusividad.

7


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