Domingo de serie

Domingo de serie: Coincoin y los extrahumanos

posted by Omar Little 10 noviembre, 2019 0 comments
Milagros del espacio exterior francés

El francés Bruno Dumont instauró en el canal ARTE una anomalía cuyas resonancias solo podía ser transcritas como un “Twin Peaks franchute”. Una categorización algo vaga e imprecisa para describir El pequeño Quinquin, así como injusta para las partes mentadas, ya que ninguna de ellas merecía ver volatizada su rompedor soporte estético y de contenido, su rabiosa e incomparable originalidad, por la idoneidad de hallar atajos mentales. Cuatro años después de ese agujero cósmico en la televisión gala, Dumont se saca de la chistera una segunda temporada en el mismo escenario y con los mismos personajes edificando su aura icónica.

Esta segunda entrega, desacoplada de cualquier rutina televisiva contemporánea, dispone su trayecto narrativo en la región de Boulounnais para volver a erigirse como un retrato delirante de la Francia profunda (donde creció el propio Dumont). El relato de esta segunda temporada, inscrito de nuevo en el formato miniserie (4 capítulos), se centra en la extraña invasión de unos “extrahumanos” que utilizan los cuerpos de los humanos para cagar clones e iniciar así una invasión por la zona. Ante esa tesitura (la cual sus protagonistas no entenderán hasta los minutos finales), la buddy cop más hilarante y estrafalaria de la televisión europea se ocupa de investigar la susodicha invasión rodeados por un muestrario de personajes dementes, catetos que inducen a la risa lagrimal y toda esa galería memorable que ya hacia acto de presencia en la primera temporada; con gran protagonismo de un Quinquin en la edad del pavo, medio ajeno a toda la locura invasora, mientras da rienda suelta a su desfase hormonal con una nueva novia.

Volvemos así entonces ante una narratividad sujeta a lo absurdo como canal abierto para un humor descacharrante. Otra vez más, la investigación, esas pinceladas de thriller rural y, en esta segunda temporada, los toques de ciencia-ficción y terror, son la excusa idónea para un viaje inesperado e incomparable. Lo maravilloso aquí no es conocer el informe final, ni tan siquiera la resolución o los porqués (el porqué no tiene sentido en la ruralidad borderline), sino acompañar a esta galería de seres estrafalarios por un surreal viaje en círculo, de avance entorpecido por la propia masa gris de personajes que bordean la discapacidad psíquica. Nadie mejor para representar ese vacío neuronal  que el comandante Van Dey Weyden (interpretado por el superlativo Bernard Pruvost) que parece reencarnar a un inspector Closeau poseído por Jacques Tati. Le sigue muy de cerca en genialidad su impagable compañero, el teniente Carpentier (Philipe Jore). De hecho, el humor marciano que irradia toda la criatura de Dumont recuerda, especialmente en esta segunda, al trazo surrealista de Tati y a otros estandartes de lo absurdo como motor de ignición para la risa que hace estragos en la caja torácica. Pero a diferencia de su compatriota y contemporáneo Quentin Dupieux, quien se recrea en el bucle absurdo como unidad narrativa (de forma cansina), Dumont despega en direcciones mucho más amplias y estimulantes, logrando incluso imbricar en su discurso cómico afilados dardos al racismo lacerante de esas zonas francesas (los refugiados de Calais son otro de los personajes de la serie, siendo confundidos por alienígenas), y a su vez, dejar testimonio evidente de la imbecilidad endémica que parece reinar en esos parajes rurales de la Francia más inhóspita. Un humor que también da acogida al slapstick chaplinesco sin despegarse de ese correctivo de bilis hilarante, donde lo impensable, lo inverosímil, lo más rocambolesco posee a sus personajes y fluye en perfecta armonía con la carcajada del espectador, en la mejor tradición de los Monty Python en su seminal Monty Python Flying Circus.

Estamos así ante un rara avis demencial y delirante. Una marcianada procedente de un espacio amorfo y extraño donde los límites del humor se moldean desde espacios lejanos y singulares de la línea temporal, pero impulsados por una mirada contemporánea que refuerza el discurso cómico. Una comicidad arrolladora que eleva este producto entre lo mejor de la sección cómica de la década presente.

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