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Domingo de serie: Conversaciones con asesinos: Las cintas de Ted Bundy

posted by Omar Little 3 febrero, 2019 0 comments
Hipnosis criminal

Las cintas de Ted Bundy

La fiebre por el True Crime no cesa, ni es su intención hacerlo en las próximas páginas del calendario. Aunque si hay algo de cotización más elevada y estable en el universo audiovisual, esa es la fascinación por los serial killers. Ambas corrientes convergen en la primera pegada audiovisual del curso, Conversaciones con asesinos: las cintas de Ted Bundy.

Un True Crime de cuatro capítulos que da el pistoletazo de salida a una cadena de material que recuperan la temible figura de este asesino en serie treinta años después de ser freído en un penitenciario de Florida. A las cuatro dosis que conforman el producto de Netflix, se sumará pronto una película de ficción (dirigida por el mismo artífice que la apuestas de Netflix) y un documental.

Aunque ha sido la producción de Netflix la primera en adelantarse al fenómeno Ted Bundy, seguramente como el mejor teaser/reclamo/calentamiento para la segunda temporada de Mindhunter. El producto diseñado por Joe Berlinger se articula como un retrato de Theodore Bundy, uno de los más célebres e infames asesinos en series de la historia de los Estados Unidos. En su sangriento currículum cuelgan los fiambres de más de 30 mujeres jóvenes asesinadas en seis estados durante el período de 1974-78. Además de ser uno de los criminales más mortíferos de la historia reciente, su caso adquirió dimensión mediática por el atípico perfil que reunía. Nacido en una familia de clase media, y aplicado estudiante de derecho, con una inteligencia superior a la media, Bundy acumulaba cualidades, tanto físicas (era atractivo) como intelectuales, como para haber desarrollado una exitosa carrera en la abogacía o en la política (participó en la campaña de Nixon) sin embargo paso a la posteridad como uno de los monstruos más repugnantes y sanguinarios de la historia reciente.

En base a esa personalidad manipuladora, escalofriante, pero inteligente, carismática, divertida y en definitiva, fascinante, se pliega el trabajo de un Joe Berlinger, quien en su circundar por los hechos cronológicos de las andanzas criminales, intenta descubrir el porqué de esas señales demoníacas y las causas que le impulsaron a manifestarlas. Tarea ardua para alguien que negó haber cometido  30 asesinatos hasta los dos días previos a su paso por la silla eléctrica. Sin embargo, sacando al polvo a esas confesiones en tercera persona que lograron extraerle, ya en el corredor de la muerte, dos periodistas (Stephen Michaud y Hugh Aynesworth), y a través del riguroso y amplio trabajo de documentación y testimonios que repliegan Berlinger y su equipo, sí que sirve para tener una visualización más exacta de la persona que había detrás de ese asesinos abominable. Su narcisismo enfermizo, su soberbia, su actitud maquiavélica, pero también apreciamos una personalidad despreocupada, desconectada de la realidad, fue esa creencia de ser intocable la que sin duda le costó, antes que tarde, la libertad. También sirve para entender una metodología criminal no demasiado meticulosa ni estudiada o precavida, asesinaba más por impulso, aunque al otro lado (tal y como subrayan ciertos protagonistas involucrados en la investigación) los medios eran precarios y el flujo de información entre estados y cuerpos era prácticamente inexistente. Pero el caso de Bundy fue trascendental por otros menesteres que recoge la docuficción. Supuso el primer juicio de asesinato convertido en espectáculo de masas (aterrador por su audiencia, como aterrador por el narcisismo creciente de Bundy en ese circo mediático), también protagonizó, de forma indirecta, uno de los primeros linchamientos (como se aprecia en las también espeluznantes imágenes de gente reunida en las inmediaciones de la prisión aguardando con alcohol la celebración de su ejecución), fue un caso de tremendo impacto social y cultural (la mancha de sangre afectó a muchos estamentos de la cultura popular), y como apunta una de sus abogadas, él ya estaba condenado antes ni siquiera que se abriera el juicio debido a la presión que ejerció la prensa (uhm, me resulta familiar). Ted Bundy fue el primer serial killer mediático, al acumular muchas particularidades beneficiosas para las audiencias…. y para las groupies, incluso terminó casándose con una de estas.

Esa fascinación, aún existente (como se aprecia en las redes sociales) es el hilo que lleva a Berlinger a la concreción de este trabajo. Uno que se beneficia del tremendo y aterrador magnetismo (esa cara sonriente escuece  días después la retina del espectador) del objeto de estudio, así como de un relato al que no hace falta añadir ni un gramo de dramatismo, ni ningún giro; Berlinger hace constantes saltos en el tiempo, entre la narración del propio implicado, y los noticieros o material recuperado de la época de los crímenes, pero se guarda los plot twist para los momentos clave de la estructura serial. Su mecanismo formal no deja de ser bastante convencional, se aparta quizá de este, y de forma muy acertada, cuando intenta expresar con imágenes la locura que debía arremeter la mente de Bundy, son esos intervalos visuales de montaje picado e imágenes variopintas con su punto alucinado. Por lo demás, su exposición resulta bastante convencional, pero nada de lo que rodeó a su figura y estela lo fue, así que todas las papeletas para salir reluciendo, como así es con esta docuficción hipnótica (el gran archivo de imágenes a disposición ayuda), de consumo acelerado, especialmente para aquellos a quienes  las mentes perturbadas, dañadas y demoníacas nos inspiran una curiosidad prácticamente enfermiza, aunque menos dañina que la de esos sujetos.

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