Domingo de serie

Domingo de serie: Daredevil (Netflix)

posted by Omar Little 23 agosto, 2015 0 comments
Humanizando al héroe y al villano

Daredevil

Concluyo tarde, muy tarde, una de las llegadas sonadas de Netflix de la temporada 2015. Recelo inicial alimentado por un precedente catastrófico – una de las heces más desagradables de Hollywood echada sobre una pantalla, que en un mundo más justo, le hubieran costado la carrera a su actor y a su director, bueno al director parece que le hizo mella. A ese punto clave hay que añadir toda esa saturación cansina por parte de la industria de adaptar todos los personajes habidos y por haber  de los universos Marvel y DC, ya sea mezclados, agitados o con reboots y todo lo que se tercie. Pese a mis reticencias iniciales le dediqué un tiempo inicial, alentado también por el hype, que fue correspondido con una pereza creciente, especialmente al no compartir esa serie de la que todo el mundo hablaba maravillas. Tras dejarla en un tercer episodio, y tomarme un buen hiato con demás merca, la reemprendí finalmente hace unas semanas para darme cuenta de que andaba desacertado, o que por los menos, la ficción empezaba titubeante, para escalar hasta convertirse en una de las sorpresas de la temporada.

Manta de spoilers al caer.

Curiosamente ese tercer capítulo creo que es el punto de inflexión de la serie de Netflix. A partir de ahí se produce un cambio de dinámica, una reorientación de los personajes, una molécula regenadora invade el paladar, o lo qué cojones sea, pero la serie crece a partir de ahí hasta coronar la cumbre en un final bastante redondo.

Anunciada como una versión cruda, oscura e hiperrealista, sin concesiones a la censura o a la moral proteccionista del MPAA y/o similares, el producto en sí no hace bandera de esa violencia y tono dark, sino que los integra como un elemento más, en su búsqueda de una naturalidad y un realismo que sirva para acercar al espectador a los personajes.

Porque si la serie finalmente termina enganchando y pidiendo prórroga, penaltis y más, es principalmente por el retrato de sus dos protagonistas, dos polos opuestos en este Hell’s Kitchen convirtiéndose poco a poco en la Gotham más chunga.  Y ahí radica el principal valor de la ficción de Netflix, cuidar a los personajes, dotarlos de una dimensión humana, y hacer que sus conflictos guíen el avance de los episodios, por encima de la mera acción, que la hay, y de gustosa.

Por un lado está Matt Murdock, y todo el conflicto que lo aflige, esa línea roja que tiene miedo de cruzar porque de hacerlo terminaría convirtiéndose en uno de los villanos que repudia. Un conflicto que marca las relaciones con los demás, especialmente entre sus candidatas buenorras a quien debe despachar por seguridad – a ver si tener que pasar de Rosario Dawson no es un conflicto para toda una temporada-, y de una forma más abierta y subrayada con los diálogos que mantiene con el sacerdote. No es fácil encontrar preocupaciones y debilidades tan humanas en superhéroes, pero eso es una de las características que ya procede del cómic: Daredevil no tiene ningún poder especial, es un abogado ciego que ha recibido un entrenamiento de la polla – como se aprecia en el capítulo que interviene Scott Glenn, quien le inculca, a su pesar, la idea de esconder los sentimientos y ser más frío que el hijo de perra de Clint Eastwood. Al principio reconozco que Charlie Cox me parecía demasiado blando para el papel, pero tras completar el final, esa característica dota a todo el relato de mayor sentido.

Con su archivillano, ese Wilson Fisk (AKA Kingpin), las piezas encajan desde el primer instante. No solo porque un irreconocible Vincent D’Onofrio, embutido  hasta decir basta, está que se sale. Sino porque también le dan su espacio para que presente sus motivaciones y conflictos. En el caso de éste, hay todo un episodio – uno de los mejores de la temporada por cierto – destinado a explicar los motivos que lo han convertido en el monstruo que es en el presente. Un episodio que nos lleva a su pasado como niño, mediante un flashback moldeado a través de una pintura en la galería de su novia, cuando era víctima de un padre maltratador hasta que decide poner remedio de forma sanguinaria. Pasando por  la relación con su novia, la que aporta también humanismo al personaje, situándolo en un campo de comprensión más cercano para el espectador.

El resto de personajes secundarios se articulan para dar profundidad a los dos caracteres contrapuestos, creando una galería que va de más a menos creíble, de más arquetípicos a menos, de más bien construido por sus respectivos actores a menos, pero que ofrece mucho color a la serie. Especialmente el periodista, los diferentes líderes de las mafia aliadas, y hasta incluso el compañero de Matt termina por ser aceptado, pese a desplegarse como el bufón innecesario de la función.

Y es con un glorioso final, repleto de ritmo, tensión e inyecciones épicas in extremis, que todo el recorrido cobra más sentido, que uno entiende los titubeos iniciales, propios de un personaje central que arranca, que busca forjar su camino, establecer una identidad, y que cuando la encuentra – apuntillado con un inmenso upgrade de traje – la serie sube enteros, presagiando grandes alegrías para el futuro más inmediato. Por el camino además dosis sobradas de acción controlada, ritmo creciente,  conflictos e historias más cercanas a Nueva York (varias referencias y guiños a la ciudad de los rascacielos del presente) que a ninguna ciudad de viñeta.

marco 75


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