Domingo de serie

Domingo de serie: El caso Alcàsser

posted by Omar Little 16 junio, 2019 0 comments
El gran carnaval

Alcàsser (Valencia), 13 de noviembre de 1992. Tres niñas de esas localidad desaparecen en su camino hacia una popular discoteca de la zona. 75 días después de una amplia búsqueda sus cuerpos son hallados sin vida en una fosa del barranco de la Romana.  Se confirmaba así un triple crimen que sacudió a la sociedad española de la época, uno de los episodios más oscuros de la historia criminal española reciente que abriría la caja de truenos de una lacra instaurada desde entonces: el surgimiento de una televisión basura que entendió el dolor y el morbo como un trampolín hacia audiencias históricas.

El crimen de Alcàsser se convirtió rápidamente en un episodio histórico de la crónica negra española. Bautizó la carroña mediática dedicada a explotar casos de esta índole. Precipitó un hervidero de teorías fantasiosas confrontando  la versión oficial. Y en definitiva su incidencia en muchos estamentos y hasta en hábitos (el autoestop se volvió en una práctica de extremo riesgo) fueron notables. El material resultaba altamente atractivo como para que Netflix se lanzara a producir una docu serie sobre los hechos que conmocionaron a un país y se perpetuaron en su memoria colectiva. Y a su vez, podría haber resultado inflamable, o caer en el amarillismo especialmente crudo de ese período, pero, sin embargo, han tenido el acierto de asignar la responsabilidad a Elías León Siminiani, quien ya había enseñado galones en El caso Asunta, ayudado ahora por Ramon Campos, productor y guionista (junto a Siminiani).

La aproximación de ambos se traduce en un riguroso y exhaustivo marcaje de todos los recovecos del espeluznante crimen, pero también de su alocado alcance mediático y del estallido social periférico en la época. El planteamiento de los dos artífices parte, por un lado, de recorrer (literalmente) las claves de esas fatídica noche y las jornadas posteriores, lo que entraría en la pura crónica criminal. Y, por otro lado, y dando gran importancia, y especial metraje, a la desgarradora repercusión mediática del caso y la carnaza que se lanzó en platos de programas dirigidos por Nieves Herrero y Paco Lobatón, y más tarde, ya durante el juicio, en los “Esta noche cruzamos el Mississippi”, de Pepe Navarro.

También resulta muy clara y acorde con la envergadura del caso  su estructuración en capítulos. Si el obligado primer capítulo se centra en la reconstrucción de los terribles hechos, el segundo vuelca la atención en los culpables e incriminados, los aterradores miembros de la familia Anglés como la respuesta ibérica de Ed Gein o, en clave de ficción, de la familia de La matanza de Texas. Luego dedican prácticamente un capítulo entero a las teorías paralelas como extensión de esa ola mediática que rodeó siempre el caso. El cuarto capítulo se centra en el juicio, con abundante material inédito de las grabaciones que se produjeron en esas crispadas y atendidas sesiones. Mientras que el capítulo final sirve para cerrar el caso, desbaratar las alucinadas teorías (el capítulo arranca con una finta de giro inesperado) y repasar los último episodios de la desgracia tras la sentencia a Ricart – incluye un epílogo sobre la violencia de género algo desconectado con el resto de la obra.

El trabajo de Siminaini y Campos busca siempre el equilibrio entre el abundante material de archivo de un caso sobreseguido, el testimonio con los implicados directos (familiares, testigos, investigadores, guardias civiles, familia Anglés, fiscales, abogados) más que con las voces autorizadas, y por último esa impronta de documental auto consciente y subjetivo (tanto Siminiani como Campos entran en plano) con el que el primero suele barnizar sus trabajos de no ficción. Un empaque cinematográfico que se aprecia en la puesta en escena de las entrevistas, en los recorridos que reproducen, en la construcción de los espacios y de ciertos personajes.

De estos destaca realmente la silueta de Fernando García, el “padre coraje” que asumió el papel de líder mediático hasta prácticamente quedar superado por el delirio. Es estremecedor ver a este padre superado y abrumado, que encuentra su cura de salvación del terrible mazazo personal en la adicción a las teles y los platos (una especie de Sarah Goldfarb), una suerte de tratamiento postraumático donde la exposición pública sirve como anestesia.  Y aunque a veces se acerca a un personaje perdiendo la chabeta, reconfrota verlo más cabal y sereno en la actualidad. En ese perfil de los testimonios en clave casi narrativa, también merece una mención Juan Ignacio Blanco, el criminalista que ayudó a Fernando García a dar cuerpo a las teorías conspirativas en las que se involucraba a las altas esferas de Valencia. Presentando a ese sujeto como un personaje turbio y oscuro, algo que deja en evidencia con la tétrica puesta en escena que utiliza para sus entrevistas en tiempo presente. Quizá resultando demasiado subjetivo en el dibujo de los dos sujetos.

Aunque el documental va incluso más allá, abriendo algunas hendiduras para poner sobre la mesa la fragilidad memorística como incapacidad para hacer una crónica exacta de lo sucedido, o de la huella del tiempo en las geografías y las gentes de esa zona marcada por la tragedia. Así pues, El caso Alcàsser no solo se emancipa de la mera crónica criminal esquivando la morbosidad más siniestra, sino que plantea vigentes y acertadas reflexiones sobre los efectos colaterales de ese crimen horrendo, y lo hace bajo una forma sugerente y digna que activa el consumo desmesurado, como le ocurrió a este servidor, no muy habituado al binge-watching. Un trabajo respetuoso, riguroso y profundo. Un documental que se sitúa entre la producción más loable del True Crime español.

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