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Domingo de serie

Domingo de serie: El ministerio del tiempo (temporada 4)

posted by Paloma Méndez Pérez 28 junio, 2020 0 comments
La puta mariposa

Nos deja El ministerio del tiempo con muchas incógnitas, mucho que elucubrar sobre sus personajes y sus destinos. Nos confirma, sin embargo, una esperanza que quizá en estos momentos andaba algo perdida o, al menos, no en su mejor forma. El convencimiento de que el pasado fue tan perfecto como pudo ser (y no me refiero al sentido gramatical de la expresión) y el futuro será sin duda mejor. También de que la lucha está aquí y ahora en el presente.

La temporada que llevábamos esperando 2 años y medio y que se anunció siempre como la despedida de esta creación, que ha llevado a otro nivel a la (ciencia) ficción española, ha contado como es habitual con una trama muy consistente; elaborada a través de los 8 capítulos con los que cuenta y que esconde y revela lo justo para no resultar demasiado fácil, pero permitir que los seguidores no necesiten un mapa para comprender los devaneos del pasado.

Bastante complejo es ya de por sí comprender el propio impacto de un cambio en el pasado, como para además añadir tramas de temporadas anteriores. Sin embargo, la temporada 4 de El ministerio del tiempo, lo hace de manera extraordinaria, destacando en su parte humana, más que el giro histórico. Poca vuelta más se podía dar sin repetirse. No por falta de historia a la que meterle mano, si no por evitar repetir plan en unas misiones en las que además se venía demostrando que la vuelta a los clásicos era más agradecida que el descubrimiento de nuevos personajes y líneas.

Esta temporada de hecho nos devuelve a Lorca en la figura de Ángel Ruiz, o a Zenet como Picasso, en una manera de que la historia intervenga sobre el propio ministerio. Nos demuestra, además, que es un acierto añadir otro drama a la existencia egocéntrica de Velázquez (Julián Villagrán) y mandarle de nuevo a tratarse con Picasso, más que introducir algún otro pintor en la terna. Un exceso de drama queen, en la pintura española además de excelsos artistas.

Por lo demás, una trama al servicio de la despedida. Primero entrando en una cuestión histórica que hasta ahora se habían saltado, la dictadura y la figura de Franco. Había entrado como colateral en la historia sobre los nazis en la primera temporada, pero nunca como figura principal. Una cuestión que centra gran parte de la creación cinematográfica de este país y que no deja de estar en cuestión, no podía evitarse en una serie que ha cuestionado cuanta figura relevante ha dado la historia española. Era necesario que tuviera un capítulo propio, aunque en esta misma plataforma contásemos que no nos gustó el trato de dictador tontico y que hubiésemos preferido menos chascarrillo, para hacer chistes ya pudimos seguir la exhumación de sus restos en Twitter.

Otra muestra del cierre que se nos avecina es el protagonismo de los personajes secundarios. En una serie en la que los agentes principales se habían multiplicado a medida que las temporadas avanzaban, era necesario un reconocimiento a los personajes secundarios, que en este caso sí han sido un continuo en la historia. No solo en su labor como funcionarios del Ministerio, también como trabajadores de la interpretación, maestros de la actuación que son un seguro de éxito. Mientras que en otras temporadas se dedicaba solamente un capítulo a alguno de ellos, en este caso al capítulo en el que Salvador Martí (Jaime Blanch) toma el protagonismo, se añade el cierre de la temporada en el que los auténticos jefes son Salvador y Ernesto Jiménez (Juan Gea).

No ha sido todo continuidad y confirmar las teorías que veníamos manteniendo desde los primeros episodios. Ha sido muy importante que la serie dentro de la ficción conservara un corpus normativo claro de lo que se puede hacer viajando en el tiempo y lo que no. En eso esta temporada presenta una diferencia con las pasadas. Si durante las anteriores tres nos habían convencido de que lo más importante era la preservación del pasado, que cualquier alteración podría provocar los mayores males en el presente o en el futuro y que el mantra era proteger la conservación por encima de todo; llegamos después de 42 episodios y en el último Lola Mendieta, la Helena de La Ilíada española, nos dice que estábamos entendiéndolo mal. Insiste en que igual aquello que dábamos por cerrado por el destino, es una alteración y que no deberíamos conformarnos. Va y nos cuenta que existe el pluscuamperfecto y que duro a por él. Parece haber razones por las que arriesgar el continuo espacio-tiempo y el amor es sin duda una de las más nobles dentro de ellas.

Cierra la serie entonces, con un orden impecable. Deja a los agentes y funcionarios en una situación inmejorable, para ellos, sus vidas y sus amores. Por otra parte, el pasado, el presente y lo demás, parecen que no ser tan cruciales, al final de todo.

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