Domingo de serie

Domingo de serie: Fuga en Dannemora

posted by Omar Little 6 enero, 2019 0 comments
Fuga de Trash-America

Fuga en Dannemora poster

En uno de los mejores episodios de esta miniserie tardía (esa fecha de estreno a mediados de noviembre que la ha apartado de la listas de lo mejor del año salidas desde la urgencia. No fue nuestro caso) de Showtime, en concreto, en el 6 (qué gran numero ha resultado en el grueso de la producción seriéfila de 2018), asistimos a un volantazo respecto a la estructura aplicada con anterioridad; cuando se nos sitúa en la protohistoria de estos tres personajes principales que acabaron protagonizando la sonada fuga que da nombre a la ficción. Es un capítulo que se desmarca de la línea temporal principal, de su estructura narrativa e incluso se aleja del escenario base (la prisión de Clinton, en Upstate New York), para convertir la garganta del espectador en nuez moscada a través de uno de los fogonazos noir de la temporada. Un contundente trayecto exprés por las estampas criminales corta encías y magulla corazones que han resultado un gran surtidor de historias en mayúsculas desde hace ya un tiempo. Desde el A sangre fría de Truman Capote hasta los hermanos Coen, pasando por la literatura criminal de los desheredaros del sistema (white trash en toda su esencia), que recorren las intensas, oscuras y dramáticas escenas de este episodio ejemplar, tanto en forma como fondo. El mismo que recrea las andanzas criminales de unos, y extra matrimoniales y fogosas de otra, que llevaron a ese trío a cruzar caminos en una de las prisiones de máxima seguridad de Nueva York.

Y quizá lo más deslumbrante de esta cápsula de cine negro escuece corneas es su capacidad para desmontar el andamiaje empático hacia esos tres pobres bastardos que la serie había resuelto hasta entonces de forma inesperada. Fuga en Dannemora, entre muchas virtudes, se emancipa del simple desglose de los sucesos que llevaron a la mediática fuga de esa prisión estatal en el año 2015 con un aporte empático insospechado para una serie que instala su cámara en el cogote de dos presidiarios de alta seguridad. Y justo cuando se depositan ciertas esperanzas para que ese par de almas golpeadas por la vida acorten su larga estancia entre rejas, aparece esa señal pretérita empapada de temor, terror y reservas sobre la compasión que, hasta entonces, la serie facilitaba para ese par de asesinos. Es en ese punto cuando la desconexión y la distancia moral entre Richard Matt y David Sweat (los dos reclusos que se dieron a la fuga) es más evidente, algo que se recrudece fuera de la prisión, con las actitudes antepuestas entre ambos y los evidentes rifirrafes.

Y ahí entra otra gran baza, la incuestionable y soberbia actuación de Benicio Del Toro para dar vida a ese imprevisible y peligroso malnacido capaz de cambiar la opinión respecto a él con un chascarrillo, una mirada hiela sangre, un gesto causa pánico o con alguna salida (fríamente calculada o no) que cruce por su inquietante mente. No se le queda atrás, sino que se le adelanta en ocasiones, Patricia Arquette en lo que debería suponerle otra copa en su vitrina de premios, en este caso abordando esa triste y vulgar funcionaria, atrapada entre los desechos del capitalismo, pero mediante otro tipo de barrotes, más invisibles y sutiles, buscando un punto de fuga a una gris existencia. Arquette prescinde de su belleza para arrastrarse por el lodazal de los pozos marginales que Ben Stiller retrata con absoluta pericia. No solo los ambientes carcelarios, que es donde la serie pasa la mayor parte del tiempo, sino también con esos dinners de mesas con migajas y servilletas despedazadas, esos bares malolientes donde se sirve Pabst y un cocktail del día empobrecido con jugos de tetrabrick, donde Tilly y su marido (otra interpretación  sobresaliente la que brinda Eric Lange) pasan sus horas de máximo goce. Una atmósfera que también logra capturar, la de esa América profunda, a través de una selección musical diegética alucinante, casi sacrificando la magia entre imagen y sonido en pos de un realismo que brota desde sonoridades pop e hilos musicales radiofónicos de gusto, como mínimo, cuestionables, pero que invierten muy bien para que el espectador quede inmerso en esas realidades. Completa el trío de ilustres un Paul Dano dignificando su solvencia en roles de todo tipo, aquí en la piel de un pobre desgraciado ex-yonqui buscando desesperadamente una segunda oportunidad. Alguien que, al menos (y ahí mantiene a su lado el favor empático), el mal no lo carcome por dentro, como sí ocurre con su compañero de fuga.

Fuga en Dannemora es más que la simple cronología de esos inesperados e inverosímiles hechos, es un retrato carcelario perturbador e intenso, pero también es un rotundo dibujo de esa podredumbre enraizada en el sistema capitalista (en este caso, en su reproducción a pequeña escala en el sistema carcelario), de los maltratados a uno y otro lado de los barrotes, de las fallas de un sistema plena de ellas, que, además, viene servida como una eléctrica serie de fugas carcelarias, a ratos, escalofriante. Está repleta de hallazgos visuales, de una efectiva y elaborada factura cinematográfica emparentada con el cine de los sesenta. Para algunos será un filme extendiendo a mini serie, y es verdad que hay cierto desgaste en los dos últimos capítulos, justamente cuando se esperaban cotas altas de tensión y angustia, pero para un servidor estaríamos ante uno de los picos del pasado ejercicio, por su impecable factura, por la inmaculada (también inesperada) labor de Stiller en la dirección de un drama, por los tres papelones cum laude del trío actoral, por servir en condiciones y sin fallos de ritmo una de las fugas más cinematográficas (o seriéfilas) que se hayan podido dar, y porque joder, tiene un capítulo estratosférico, el mismo con el que hemos arrancado todo esto.

marco 75

 


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