Domingo de serie

Domingo de serie: House of Cards (Temporada 1)

posted by Omar Little 9 febrero, 2014 0 comments
Las cloacas del poder

House of Cards

En 2011 era fácil distinguir al seriéfago del seriéfilo gourmet. Bastaba con preguntar sobre The House of Cards, y si la respuesta era “no sé”, “no me consta”, o “yo confiaba en mi pareja”, se descubría a un farsante escondido bajo la piel de un seriéfilo. Este comentario, que suena a pretencioso y a listillo sin chispa de gracia (ambas apreciaciones correctas), ha dejado de tener una validez empírica desde 2013. Ahora casi todo hijo de vecino es capaz de responder afirmativamente sobre su conocimiento. Al menos  de la americana, porque la inglesa e original, sigue siendo el placer reservado de una minoría.

Entre los que se debe incluir algún directivo de Netflix con buen ojo clínico, decidido, entre muchas otras cosas, a compartir mesa en galas de premios con sus competidores de la HBO, AMC y las principales Networks del panorama televisivo. Y que mejor para lograr ese objetivo que desterrar la joya de la BBC, adaptarla a la audiencia norteamericano, y reclutar a un equipo de muchos quilates.

La jugada le salió redonda. Presencia notoria en los Emmy, Globo de oro para Robin Wright como mejor actriz en TV drama, y el reconocimiento de público y crítica con su primera gran apuesta en la ficción, tras intentar misma suerte con  Orange is the new black y los licántropos de Eli Roth a los que no vale la pena ni recordar el título de su serie.

House of cards, la americana, centra todo su foco narrativo, como la inglesa, en Frank Underwood. Un vil, mezquino y manipulador congresista que se mueve como un animal carroñero por las bambalinas de Washington DC, para alimentarse con cualquier rastro de poder e influencia que se le cruce. De hecho, ambas series pueden verse como una adaptación a nuestro tiempo de El príncipe de Maquiavelo, cuyas innobles artes encuentran su despliegue propicio en el nauseabundo campo político.

Ese esquema, el que presentaba la serie de la BBC,  lo respeta Netflix en su producto, introduciendo pequeñas variaciones, algunas de ellas obligadas. Como por ejemplo el personaje de Underwood, en la original un torie y aquí un político del partido demócrata. La singularidad del sistema político norteamericano, con sus dos cámaras, y la Casa blanca, también se explota, mediante un Underwood que parece tener tentáculos en todas las esferas. Una de las principales diferencia, es el aumento de minutaje, lo que en la versión inglesa era una mini serie de 4 capítulos aquí se torna en una temporada de 13. Esta dilatación conlleva que la ficción de Netflix penetre en ciertas cuestiones con mayor profundidad. La presencia de David Fincher, director del piloto y productor ejecutivo, se traduce también con un mayor poso de intriga, asimilando ciertas costuras incluso de thriller (muy ligeras) que pudiera haber empleado en Millennium. Otra diferencia notable, es el peso que adquiere el personaje de Zoe Barnes como la ambiciosa periodista, y en líneas generales, la importancia que se la da al cuarto poder en toda esta primera temporada. Como no podía ser de otra forma, en un producto ambientado en la época actual, donde las nuevas tecnologías y las redes sociales se les otorga su destacado espacio, tanto en la trama, como incluso en decisiones formales adoptadas, como por ejemplo la manera de enseñar en pantalla los mensaje y whatsapp enviados entre Zoe y Frank.

Otra significativa diferencia con la original, es la dimensión que se le da al papel de la mujer de Frank, un personaje complejo, lleno de contradicciones y dudas, con ambiciones profesionales propias y con una vertiente más humana y empática que su marido. Poco, o nada que ver, con la mujer hogareña de la BBC, tan manipuladora y despreciable como su cónyuge. Al menos de momento, veremos cómo evoluciona en próximas temporadas su personaje.

Como ya habré dicho, y siento repetirme si así ha sido, el mayor acierto de la serie es haber mantenido el espíritu de la original, todo su tono cínico y ácido, su cuchillo afilado para extraer toda la bilis que vierte sobre  los que nos gobiernan, un discurso que entronca a la perfección con el sentir actual de la sociedad, pero que en los años 90’s, cuando se estrenó la original, y cuando los políticos no pasaban por sus horas más impopulares, al menos en el resto del mundo (puede que Inglaterra sí tras la lacra de Tatcher) resultaba como mínimo atrevido y avanzado. Por eso, quizás, se esperaba un discurso más afilado, más punzante y arrollador contra los políticos.

No obstante, y puede que ahí radique la explicación, se agradece que hayan optado por mantener las señas de identidad que convirtieron la original en una ficción tan excepcional y persistente, como por ejemplo, esos parlamentos a cámara, ergo al espectador, en el que Underwood avanza o descubre sus intenciones, casi siempre encaminadas al lado opuesto de lo que sus palabras parecen señalar. En ese sentido, es una lastima que la versión yanqui no haya mantenido la coletilla de : “You might choose to think that, but I couldn’t possibly comment”, que cada vez que la soltaba Ian Richardson con su mirada agudiza y sarcástica saltaban las alarmas de incendio de Westminster

El animal político detestable sobre el que gira la ficción, que hasta hace pocos días nos hubiera resultado irrisorio o increíble, pero con la información que actualmente disponemos, no resulta nada disparatado, ni sus intenciones, ni las formas de llevarlas a cabo, solo es capaz de levantarlo actores de la talla de Kevin Spacey. Parecía que el trabajo de Ian Richardson resultaba insustituible, pero Spacey demuestra su capacidad actoral en todos los momentos, sabedor de que el relato se sustenta sobre su cabeza, y en ese sentido, hace justicia al icónico político conservador de Richardson. Además aquí está rodeado de un elenco de lujo,  secundarios de mucho pedigrí: a los mencionados Barnes (Kate Mara), Claire (Robin Wright) sumaría el utilizado Peter Russo (Corey Stoll), y al perro de presa de Frank, Doug Stamper (Michael Kelly).

Descontando algunos tirabuznoes narrativos innecesarios, excesivos, (ojo SPOILER) como Frank Underwood manchándose las manos de sangre. Primero, ¿es realmente necesario matar a Russo? y segundo, e injustificado, el propio, Underwood nunca se mancharía el mismo las manos, por algo tiene una red establecida en las cloacas de Washington DC y conoce tantos intermediarios. House of Cards mantiene el tipo, atrapa al espectador y supura una toxicidad maloliente aplicable a toda nuestra clase política de lo más estimulante

Será interesante de ver cómo se desarrolla la trama en las próximas temporadas, dos más confirmadas ( de terminar así, respetaría las tres temporadas de la original), para seguir asistiendo al ascenso imparable de este caníbal político. A falta de un rey al que enfrentarse, como ocurría en la segunda de The House of Cards, el objetivo para los próximos capítulos supongo que será adueñarse del despacho oval, y una vez allí, mantenerse  no será fácil, porque los pasillos colindantes están llenos de pirañas. Peligrosa fauna la política, pero bienvenida sean ficciones que la estudian y la diseccionan con esta decencia y conocimiento de causa, sin perder la pulsión dramática, ni desmerecer el antecedente, al revés profesándole merecido respeto.

marco 75

 


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