Domingo de serie

Domingo de serie: House of Cards (temporada 4)

posted by Paloma Méndez Pérez 20 marzo, 2016 0 comments
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House of cards temporada 4

House of Cards ha cerrado su cuarta temporada sin que ningún americano haya depositado papeleta con el nombre de Frank Underwood o lo haya seleccionado en una de esas máquinas cuya fiabilidad, la realidad y Scandal nos han demostrado nula.

Comenzamos con Claire Underwood de vuelta a Dallas con mamá, una Ellen Burstyn muy auténtica como suegra enferma, que ni en sus últimos días encuentra que Francis pertenezca a su misma clase social, aunque este sea ya presidente. Creo que la temporada pasada, la primera dama nos engañó con un amago de abandono de Francis por causas sentimentales. No hace falta acabar el primer capítulo para darse cuenta de que las auténticas causas eran sentimentales hacia sí misma. Le sobró sensiblería a Claire la temporada pasada; ella pretendía ser una buena embajadora, cuando lo que se trataba era de ser elegidos para el puesto y permanecer allí por derecho propio. Para eso, los derechos de los homosexuales en Rusia importan lo mismo que los de los marineros portugueses. Para Francis, el error fue intentar conservar a su mujer como si el tema fuese seguir casados, en vez de seguir en La Casa Blanca. No es que debas seguir casado para optar a la candidatura demócrata, es que no hay matrimonio Underwood más allá de la política y esta temporada, política significa candidatura demócrata. Sin elecciones, estos dos habrían muerto solos. Es mejor dejarse de explicaciones intermedias. Donde Francis y Claire están mejor avenidos es en una papeleta electoral. Además como ya sabemos todos, con quien Francis está casado es con Doug Stumper (Michael Kelly), es quien reclama sus atenciones y quien disfruta ayudándole en la sombra. Para Claire no hay vida como señora Underwood más allá de su unión política y cualquier gesto que no signifique encumbrarla en su carrera como congresista, embajadora o vicepresidenta es una pérdida de tiempo.

Sigue Robin Wright la estela de su personaje. Pide protagonismo y no solo como acompañante de Francis. La serie se lo da y acierta. Así, esta cuarta temporada supone para Claire lo que fue la primera para Francis, un cuadro de circunstancias que lo retrataban como alguien despiadado y sin escrúpulos de quien respetamos su pericia y su profesionalidad. A los malos les puede normalmente la envidia o la lujuria, los vence su propia maldad. Al matrimonio Underwood no sabemos qué los vencerá, pero no será un ataque de celos o una relación extramatrimonial. No será un “y tú más” porque tienen esa capacidad para sentarse a meditar sobre la perversidad y aumentar en vileza. Normalmente estas reacciones son atropelladas y de ahí vienen las malas decisiones. Para Francis y Claire son los impulsos los que alguna vez han enseñado su parte bondadosa. Cuando tienen tiempo de diseñar una estrategia cae un presidente. Como hemos dicho, durante algunos capítulos Claire es la nueva Francis y echamos de menos que no se le conceda el derecho a dirigirse a los espectadores directamente. Entiendo que romper la cuarta pared es un derecho que solo ostenta el presidente, pero visto lo visto esta temporada podía haber sido una excepción. Kevin Spacey como presidente no electo está en su mejor nivel esta temporada. Es tal su peso en la serie que los capítulos que pasa inconsciente, aunque resultan muy interesantes para el desarrollo de la historia y son necesarios para colocar a Claire como política por derecho propio y a Robin Wright como protagonista al mismo nivel que el mencionado Kevin Spacey, resultan algo tediosos, como si estuviésemos viendo tocar a los teloneros. Por eso me sorprende que no se haya utilizado alguna reflexión del presidente en vez de esos delirios con muertos.

Si la primera parte de la serie se consume en peleas internas entre los Underwood, una vez entendido que el futuro juntos es como pareja en La Casa Blanca, pero como presidente y vicepresidenta, la serie despliega su habitual complejidad política. Un Lucas Goodwin que otra vez se acerca a la verdad, acaba arruinando la oportunidad de Helen Dunbar de ser la candidata demócrata cuando se reúne con ella y después atenta contra el presidente. Otra vez la realidad compleja funciona como bucle y hace que una buena acción perjudique a quienes iba a ayudar. A eso no se le llama karma, eso es planificación, y no será otra cosa lo que le falte al presidente Underwood.

Un atentado, Meechum muerto, y el presidente esperando un trasplante, nos privan de Frank unos cuantos episodios. Nos aparecen sus delirios que incluyen algunos de sus perjudicados. No son delirios en los que sueñe con su perdón o con su comprensión. Son puro sexo y sangre. Así son los demonios de Francis. En su ausencia aparece la Claire más política, por cierto la más acertada. Hay gente que no ha nacido para otra cosa. Como en el nido de víboras todavía hay espacio estando Francis de baja, vuelven el presidente ruso (Lars Mikkelsen) y Raymond Tusk (Gerald McRaney). Eso nos demuestra que una vez puesto un pie del otro lado, es mejor cruzar del todo, porque volver atrás a lo Remy Danton y Jackie Sharp no suele traer nada bueno, tampoco para la secretaria de estado. Sin embargo aquellos que permanecen puros de espíritu sí encuentran fortuna, como Tom Hammerschimidt (el editor de Lucas Goodwin que sigue su trabajo) y Helen Dunbar (principal beneficiaria de esa investigación).

Una vez dejamos atrás el atentado del presidente y nos centramos en el encaje de Claire como vicepresidenta, otra obra maestra de la estrategia política, encaramos la última parte de la temporada con un Frank luchando contra el candidato republicano Will Conway (Joel Kinnaman). La serie toma este duelo como escusa para comenzar la trama de vigilancia a través de internet, utilizando la relación de este con un magnate de las nuevas tecnologías que le está ayudando a “conocer” la percepción de los votantes a través de su buscador. Neve Campbell, que está allí como segunda de Claire, propone una solución a Francis que no se puede rechazar; bordear la ley para ganar las elecciones. Unas elecciones en las que a propósito va perdiendo en las encuestas por detrás del guapo candidato de la oposición. Francis, como antes hicieron otros presidentes cuyo atractivo no residía en su belleza física precisamente, da comienzo a un proceso de recolección de datos de votantes para diseñar su campaña literalmente a la medida de lo que el mercado requiere. Es entonces cuando un presidente enfermo, cansado, con una primera dama a la que solo le une ya el nombre en la papeleta, puede caer por unos chiquillos efectuando secuestros para liberar a un terrorista islámico. Eso será historia para 2017 con la quinta temporada.

A mucha gente solo les queda París, a Francis y a Claire les queda una guerra. A ello van.

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