Domingo de serie

Domingo de serie: Juego de tronos (Temporada 8)

posted by Omar Little 26 mayo, 2019 0 comments
En barrena

Disipada la tormenta de odio e ira, aclarada la nube de cenizas amargas y desoladoras, llega el momento de buscar algo de luz en el recorrido global, de rendir cuentas con una temporada que fracturó, como ninguna otra, el último bastión global de la seriéfila.

Juego de tronos finiquitó el pasado domingo su gran relato desposeída de sus galones de serie totémica. Su resolución sin nervio, épica ni emoción fue la guinda de los desajustes narrativos  y dramáticos por las que se ha venido desarrollando toda la temporada. Unos fallos no solo adjudicables a los seis últimos cartuchos, sino también a buena parte de la pasada campaña. Ha sido una marcha agridulce. Por una parte, satisfactoria en cuanto a los personajes principales y más queridos de la travesía salían de esta vivos y equipados de cierta perdices, precisamente, eso mismo rompía con la marca de agua que distinguió a la serie desde su primera temporada: la imprevisibilidad, magnificada con la decapitación al héroe de turno. Y supone una nota triste también a un nivel más amplio, en el de la esfera social, significando la marcha del último fenómeno global ante la hegemonía dictada por Netflix en los hábitos de consumo. Esa sensación de comunión colectiva, de excitación alrededor de una fecha y un horario, de pliegue contractual con este, en definitiva, en interiorizar una liturgia semanal compartida, desaparece prácticamente con la salida de la parrilla de Juego de Tronos. En su lado bueno, y visto las llamaradas de odio desbloqueadas, también genera cierto alivio no sufrir más esa expulsión de bilis de los ofendidos por David Benioff y D.B. Weiss.

Una serie de la que nunca tuvimos que perder de vista su posición en el panteón seriéfilo. Para quien escribe, la ficción de HBO nunca jugó en la  Superleague. Sin embargo, como producto de entretenimiento masivo proponía un acercamiento insólito a las bases shakesperianas mediante un complot de intrigas palaciegas en un universo de herencia tolkeriana y artúrica. Era sin duda un esquema goloso, y gracias a la personalidad incorruptible de George R.R. Martin, y a uno niveles de producción como nunca antes se habían visto en televisión (hay batallas que aún no han sido superadas por Hollywood, este entendido como ente cinematográfico), adquirió un estatus más elevado de lo que se le suponía a un producto escapista de las características, así se explica el revuelo y los niveles de fandom que generó. Sin embargo, esas señas se fueron diluyendo desde el momento que la serie, por culpa de la lentitud de su autor, tuvo que desacoplarse de la obra original y volar por libre. Desde entonces el material ha tenido un desarrollo excesivamente afectuoso con los personajes clave, se ha visto  perjudicado por un desarrollo narrativo atropellado y descuidado, y por ciertas decisiones absurdas o, incluso, de las que hacen romper la estabilidad verosímil del universo creado (siempre he dicho que la resurrección de Jon Snow hizo mucho daño).

Estas grietas, adquiriendo volumen de falla en la última temporada, han visto crecer su radio de incidencia sobre la calidad,  en buen grado, por algunas cuestiones de índole externa a la propia serie. El parón de dos años no solo ha impacientado al espectador, sino que le ha dado argumentos, y hasta derecho, para recibir una conclusión de muchos quilates, o sea, ha jugado a la contra con las expectativas (alimentadas por el canal, como se entiende dentro de la lógica del marketing). El hecho de cambiar la longitud de la temporadas tampoco le ha sentado nada bien. Aunque desde un plano más objetivo, la resolución de este último (y penúltimo capítulo) de la discordia no ha sido tan fallida como la sensación en caliente dejada en las retinas  hacía creer. Porque el fondo de esta resolución ha sido coherente con la larga travesía. Los principales personajes han cerrado su círculo volviendo al punto inicial, o encontrado las recompensas y los castigos por los que se habían posicionado desde el principio, y su suerte ha sido en positivo o negativo dependiendo del rol que hayan jugado respecto a la ambición o la falta de esta. Lo que ha fallado ha sido la forma de llegar a este cierre. Torpezas dramáticas: la anti-climática muerte de Daenerys, la bochornosa moraleja de Drogon segundos después, la ridícula reunión  entre los señores de Poniente para decidir la suerte de los personajes principales, o, simplemente, descuidos en la puesta en escena y el guion. Se criticó con demasía el capítulo de la mascare perpetrada por Danny – al personaje no se le había dado el metraje necesario para desarrollar esa inclinación por la barbarie -, y en la última temporada se ha consolidado ese timing mal ajustado al desarrollo de los personajes. Lo apunté ya con este artículo, y me equivoqué con que era un error sentenciar la serie antes del capítulo final, porque el último, en lugar de corregir, dio peor medicina. Lo que me sigue pareciendo una equivocación es valorar una serie de estas características, donde lo importante era el viaje (sin enigmas, no como en Lost) según el regusto dejado por su desenlace, por un final desacertado, incluso por una temporada final que no ha sido tan perjudicial, pero que en líneas generales, adquiere tonos decepcionantes.

Hubo dos capítulos de desecho, los dos primeros anticiparon las fallas en el sistema; en una temporada de seis no se podía perder el tiempo en nimiedades sin aportar tampoco valor dramático. Luego vino la señora batalla de “La larga noche“, criticada por cuestiones técnicas que no comparto, la sensación de caos, miedo y superación me la suben en el podio de batallas de la serie. Luego vino un capítulo de pseudo epílogo que sirvió para acentuar el cambio de bando de Danny, pero ya de forma muy precipitada. Y finalmente otra espectacular batalla donde el twist fue el golpe emocional dado por Danny subida a su dragón destructor en plan villana total, y, además, dejando espeluznantes evocaciones al 11-S y a la segunda guerra mundial incrustándose en la retina y el corazón. Y luego llegó la gran bajona, el que deja un sabor amargo a algo que nunca se ha caracterizado por este.

También la temporada aportó interesantes apuntes sobre el fascismo y el populismo: la iconografía nazi y el imaginario del holocausto, los miedos atómicos y el horror de la segunda guerra mundial han sobrevolado varios parajes de la temporada, especialmente incidentes en las dos últimas dosis, dejando así también clara la posición de los autores y de Martin ante el juego de poderes y ante la propia condición humana (ya dijimos que Shakespeare es también el mejor autor televisivo). El problema aquí, y lo pone en evidencia el propio Tyrion cuando en su discurso final habla del relato, el mejor, el más fantástico, el más épico, el incuestionable, como principal motivo para seleccionar a “Bran, el tullido” como capo del trono, es que Juego de Tronos marchitó esa fábula épica y emotiva, el fuego y el hielo, en los últimos kilómetros antes de la llegada a la meta. No es que nunca obtuviera esa categoría de relato insuperable, pero sus puntos fuertes se desmoronaron en las últimas reuniones en la sala de guion. Esa meta referencia de Tyron eligió el peor punto de la serie para manifestarse, en el apogeo de la anti emoción y la pérdida de rumbo de una temporada decepcionante a todas luces. Pero recalco que no fallida. Porque tuvo sus instantes de gloria y placer, nunca aburrió, pero perdió parte de los sabores que la convertían en una salsa exquisita del canal norteamericano.


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