Domingo de serie

Domingo de serie: La conjura contra América

posted by Omar Little 26 abril, 2020 0 comments
Tambores de odio discriminatorio

David Simon lleva lustros erigido como el principal activo de la televisión gourmet y de la escudería HBO. Pocos meses después de cerrar ese apasionante tour por las malas calles del The Deuce se presenta con una nueva criatura catódica dispuesta a colarse entre las mejores series del curso. Algo que ya se intuía incluso antes de la propia emisión (finalizada esta semana) porque el material del que parte La conjura contra América es de los que abren la puerta preferencial en los círculos literarios para terminar entronado entre los grandes de las letras de su tiempo. En la mentada novela, Philip Roth surcó los itinerarios ucrónicos explorados por Philiph K. Dick en El hombre del castillo para levantar una pesadilla alternativa muy próxima a su código postal de su niñez. Roth, con su refinado y certero estilo, dibujó un escenario en que Charles Lindbergh, aviador y héroe de la época, se hubiera impuesto a Frank Delano Roosevelt en las presidenciales, y, con su llegada al poder, se hubiera propagado la llama del odio antisemita a la vez que EE.UU pactaba con Hitler su no intervención en la segunda contienda mundial.

Este jugoso tapete narrativo es recogido por David Simon y Ed Burns para edificar este desasosegante visionado de un pasado alternativo convertido en una realidad palpable, especialmente, desde la llegada de Donald Trump al casillero de la Casa Blanca. No es baladí que la serie llegue en un timing tan apremiante, las elecciones presidenciales de noviembre se visualizan como una de las citas cruciales e históricas para el nuevo rumbo que tomará el mundo en plena batalla Covid. Pero menos indudable resulta el escozor y la resonancia de sus imágenes en el presente más rabioso. Solo hay que cambiar inmigrantes por judíos para darse cuenta de lo poco que separa Estados Unidos, y otras naciones bajo el yugo populista, para entender el realismo en el que se encuadran las imágenes de este doloroso visionado.

No ha sido el de The Wire un autor que optase nunca por la alegoría, sino mas bien por un realismo de entonación Zoliana. Un sujeto sobrecapacitado para radiografiar los mecanismos internos que rigen ciudades (Baltimore, New Orleans), instituciones (comisarias, redacciones de diarios, ayuntamientos, bases militares) o zonas urbanas concretas en épocas pretéritas. Esa cepa simonesca tan genuina no la suprime del todo en este producto, si bien, se adapta a un material orientado, con un claro deje político, así como las derivaciones sociales de este. Y lo materializa  con una puesta en escena más academicista y clásica de lo que acostumbran a distinguir sus creaciones. Otro signo claro que la distancia del sello Simon más identificable es la ausencia de un relato coral, repleto de personajes secundarios que van rellenando todas las piezas de su rompecabezas social.

Aquí el foco del relato cae sobre las espaldas de una familia judía de Newark, New Jersey (si Roth utilizaba la suya y su propio apellido, en la miniserie se opta por el apellido familiar Levin). Una familia dividida en dos secciones desde la irrupción inesperada de  Lindberg, confeso antisemita, al máximo escalafón del poder. Por un lado, los padres, un sobrino y uno de los hijos hacen hincapié en una firme oposición al electo presidente, por el otro, un hijo díscolo y una tía amargada por culpa de la mala fortuna con el amor,  que encuentra en un rabino simpatizante de Lindbergh su último tren, se inclinan por la defensa del susodicho mandamás. Aunque en lo que realmente centra el peso dramático la serie, más allá de las rencillas melodramáticas y los puntos de vista de esta familia rota y angustiada por los aires de autoritarismo y odio antisemita, es la creación de un clima social y político irrespirable que va filtrándose, gota a gota, por el tejido democrático de un país, pero también en las dinámicas rutinarias de sus ciudadanos.

Una de las más pavorosas descripciones que acomete el producto está en señalar la corta distancia que separa un escenario que, de partida, se antoja improbable, prácticamente impensable, a uno de asimilación normalizada, y de consecuencias devastadoras y aterradoras para los chivos expiatorios de la conjura. En ese sentido, y especialmente a través de los primeros capítulos, el serial de Simon señala con mucho acierto el apoderamiento del relato por parte del presidente y su manipuladora corte. Un recrudecimiento del discurso que se da de forma paulatina, con pequeños giros: primero camuflados entre bromas y sonrisas, fotos nobles, imperiosos mitines, y otras estrategias de la manipulación de masas, para luego ver cómo las señales más agoreras advertidas por el padre y otros, se van concretando y materializando a lo largo de  meses y años, enseñándose en especial sobre el tejido social de una población judía que busca el exilio en la vecina Canadá.

El punto álgido lo descubre con ese inmejorable capítulo final. Un viaje de terror puro por las estepas más extremistas e intolerantes de América en ese peligroso intento por rescatar a un niño marcado de por vida por la desfortuna. Carreteras con controles de imprevisible fortuna,, Ku Klux Klan quemando negocios de judíos ante la indiferencia de cómplices y simpatizantes, al otro lado, ciudadanos horrorizados ante un odio institucionalizado que convierte a los pobres protagonistas en posibles víctimas sin amparo ante la policía, el FBI – dibujados como la Gestapo en esta realidad paralela – ni políticos, ni jueces. Es un tremendo circuito de emociones aceleradas, una devastadora panorámica de hasta dónde llegan las consecuencias de la llegada de determinado personaje, y la ideología que arrastra, al poder de Washington. De cómo ese gesto relativizado por la masa es capaz de enterrar las bases democráticas de la Constitución estadounidense. La tensión, la angustia, el desespero y la incomprensión de esa familia golpea la nuez del espectador en un capítulo taquicárdico.

Un episodio estremecedor que se coloca entre lo mejor de la cosecha anual sin posibilidad de recurso. Las imágenes de este serial político resuenan en la mollera después del visionado porque el escenario que dibuja, pese a partir de un pasado imaginado, escuece en su plausibilidad en el contexto actual de dementes gobernando y tumultos sociales, oleajes migratorios y sismos geopolíticos en ciernes. Si El cuento de la criada cuajó en el imaginario colectivo occidental por reverberar esos temores del auge del totalitarismo en clave antifeminista e inspiración incel, La conjura contra América es la respuesta realista y terrorífica a cuando la escalada gradual del horror queda implantada incluso en los contornos de la democracia más antigua del mundo. Nos separa bien poco de ese escenario ficticio, por eso su visionado resulta tan espeluznante.

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