Domingo de serie

Domingo de serie: La maldición de Hill House (temporada 1)

posted by Omar Little 23 diciembre, 2018 0 comments
Casas de encanto limitado

La maldición de Hill House

No suele ser la demora una buen aliada a la hora de construir una opinión alrededor de una serie sumida en el hype. De hecho, descontando a los usuarios con cataratas precoces que esperan la llegada del cargamento dándole al F5, es complicado no verse en medio del ruido generado por ciertas series y las consiguientes expectativas que acarrean. La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House) ha sido una de estas como corresponde a uno de los fenómenos seriéfilos de la temporada. O bien uno vivía en una cabaña anti-nuclear en los Urales, o bien, resultaba imposible sortear la nube de parabienes en la que se ha visto involucrada la nueva llegada de Netflix. Y de ahí la importancia que supone llegar tarde a la fiesta, porque una vez desprendida de encima la nube de loas y logros del producto, la sensación de júbilo es bastante más moderada de lo que presumía ese murmullo digital.

La ficción ingeniada por Mike Flanagan, según la novela homónima de Shirley Jackson (de la que Robert Wise ya hizo una meritoria adaptación cinematográfica), presenta a un grupo de hermanos que la pasaron canutas en una casa encantada durante su infancia hasta que la tragedia familiar golpeó las mismas paredes. Ya como adultos, volverán a revivir esas pesadillas y tendrán que combatir los fantasmas del pasado (de forma literal y figurada).

Esta sencilla y transitada premisa cobra mayor interés cuando el terror propio del subgénero haunted house se utiliza como potenciador del dispositivo del drama familiar que remueve los vaivenes de los personajes. Estamos en definitiva ante un melodrama familiar de trapos ensuciados por suicidios, adicciones, alucinaciones, miedos congénitos, incredulidad, indecorosos, escépticos, un sinfín de reproches  y perdones más difíciles de obtener que un giro liberal en el Tribunal Supremo. Las rencillas internas de esos hermanos y su odio compartido hacia el padre, más los secretos familiares que quedaron alojadas en esa casa, son las migas dramáticas que hacen seguir con atención buena parte de su desarrollo.

El mismo trayecto que encuentra en su guion y esa estructura de saltos temporales enmarcados en dos grandes líneas: el presente, y los flashbacks que conducen hacia la morada del miedo, sus más sólidos aliados. Además, como ocurre con las series en la que varios personajes comparten el protagonismo, el ritmo se beneficia con esa estructura compartida, en la que cada episodio queda dispuesto al servicio de los miedos, traumas  y motivaciones de uno de los personajes, dando así estabilidad sobre los diferentes grados de empatía que el espectador pueda sentir hacia estos.

Sin embargo, ese enfoque queda desequilibrado una vez se ha dedicado un episodio a cada uno de los personaje, y eso ocurre con los tres capítulos finales, lo que arrastran esa obligación de estirar la temporada hacia el número 10. No solo decae el ritmo, sino que este va ligado a la paulatina caída del interés, ya que la mayor parte de los acertijos y enigmas no solo están resueltos, sino que además se tiene el poco tacto de duplicar su reproducción en pantalla, mediante los distintos puntos de vista de los personajes, lo que desbarajusta considerablemente su visionado en el último tercio. Además la otra gran tara de esta serie es su paulatino acomodo en la representación del mal y los fantasmas que pueblan la casa en el dentro de cuadro. Reconozco que me lo he hecho encima durante varios fragmentos de la temporada, pero también es cierto, que esa inquietud malrollera, ese miedo alimentado por lo que alberga esa casa (muy bien construido en los primeros capítulos) va perdiendo el efecto a medida que se vuelve más palpable, más presencial. En ese sentido, los guionistas o Flanagan (apostaría a que ambos) pierden de vista la máxima de que la imaginación (la del espectador) es una arma mucho más sugerente y potente que las presencias fantasmales representadas a la usanza de casa encantada de la feria más cercana. Ese descuido entre lo explícito y lo sugerido agujera considerablemente las notas de tensión y terror, unas que, por otra parte, tiran mucho del manual de primeros auxilios del cine de terror, sombras y espectros en la lejanía, ruidos estruendosos, irrupciones inesperadas. Aunque de nuevo, la puesta en escena y ciertos elementos dispuestos en esta (la arquitectura de la propia casa)ayudan a crear una atmósfera terrorífica en buena parte de la serie.

Hay otros inconvenientes en un guion que se queda algo desnutrido desde que se visualiza lo qué ocurrió en la casa y el camino restante para la serie. De nuevo, lo que uno se puede imaginar resulta más potente que la propia visualización (bien masticada) en pantalla. Y al no optar por giros tuerce cuellos (algo totalmente respetable por otra parte), el guion pierde fuelle, y la atmósfera también.

Entonces, la sensación es un poco la opuesta a los voceros que lanzaban la proclama de que el capítulo 6, y el 4, el, el 2, el 8, el 3 (y bingo) eran lo más grande del curso catódico de 2018. Una sentencia hiperbólica para un producto de entretenimiento digno, con acelerones de interés pero con un terror facturado para el gran público, suavizado para la comprensión y el disfrute general. No hay ni un solo plano o secuencia que resista fuera del visionado. Y el seno melodrama tampoco resulta demasiado atrevido. En ese sentido ni por asomo azota como un Thomas Vinterberg en Celebración. En definitiva, estamos ante un producto bien diseñado, que contiene un terror efectivo y casi, diría, que complaciente. Pero en un año que ha habido un referente cinematográfico demoledor a la hora de aunar melodrama familiar con terror como Hereditary, pues el fenómeno del año sabe a poco.

 


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