Domingo de serie

Domingo de serie: La verdad sobre el caso Harry Quebert

posted by Paloma Méndez Pérez 20 enero, 2019 0 comments
La ingravidez de la verdad

La verdad sobre el caso Harry Quebert

Es siempre complejo adaptar thrillers tan conocidos como La verdad sobre el caso Harry Quebert. Hollywood ha encontrado múltiples formas de trolearnos y cambiarnos el formato. Tan tradicional es la adaptación de novelas en películas como lo es su éxito, con bochornosas excepciones como la de la adaptación de El muñeco de nieve.

Siendo honesta y hablando como una gran groupie de la novela negra, al final hay un número limitado de combinaciones de criminales, víctimas, motivos y sucesos. Está el secuestro, el asesino en serie, el terrorista, el estafador, algunas asesinas siempre con buenas escusas y luego está el thriller político de crimen en las altas esferas que se tapa para proteger al poderoso. Además, está la realidad a veces peor que la ficción. Igualmente me he preguntado muchas veces si existe una razón por la que abrimos la puerta a tanta sangre, desgracia y negrura, no es porque estemos majaras y queramos que nos inunde la inmundicia moral de abyectos crímenes; sino que probablemente seamos muy sensibles a los detalles de grandeza moral, valentía o simplemente audacia que la misma novela incluye.

La capacidad de una historia de encontrar precisamente esa particularidad que la hace humana, que le otorga credibilidad a la marea de locura que por suerte es ajena a la mayoría de nosotros, es lo que asegura el éxito de la adaptación.

Pasó con Perdida, con un gran acierto en el casting y en respetar el ritmo del libro contado en parte como un diario, que con ese cuentagotas, de días de más o menos alegría y tristeza, nos dejaba entrever como un matrimonio se aburría hasta el exceso, mientras que veíamos el resultado de un crimen atroz. Lo que allí era el diario, en Bosch son él y la ciudad de los Ángeles y en Cormoran Strike es el querer y no poder con Robin Ellacott; las novelas de Cormoran son una historia de amor en la que los protagonistas investigan a criminales en lugar de ser contables o periodistas musicales que eso ya lo escribe Nick Hornby.

En el caso de La verdad sobre el caso Harry Quebert era la relación de alumno maestro y casi paterno filial que mantienen Marcus Goldman, interpretado por un fabuloso Ben Schnetzer, y Harry Quebert, cuya interpretación corresponde a Patrick Dempsey, la que marca en gran medida el logro de la serie. Lo demás ya va en el libro, uno de los mejores suspenses de la última década.

Con algunas dificultades, como es contar una historia en dos décadas diferentes con lo que exige de maquillaje y credibilidad en el casting y lo que ha debido de ser tragar con un argumento que se asienta sobre un romance entre un escritor ya adulto y una adolescente problemática y sensible como marca el estereotipo, la historia sale a flote como uno de los thrillers más sociales y pulcros de los últimos vistos. Quizá la mayor injusticia pase con Nola Kellergan, su papel interpretado por Kristine Froseth es el menos lucido de los personajes principales. No es culpa de la joven actriz escandinava. Es una norma común, por desgracia en la vida igualmente, que a las víctimas se las desdibuje y se las narre a través de las vivencias de los supervivientes o de los mismos asesinos. Este libro es algo más para Nola, (para mi querida Nola) y la serie no lo ha sabido transmitir en igual medida.

La propia resolución del enigma, después de transcurrir por las miserias más profundas que alberga el alma humana y el de las comunidades tranquilas de los pueblos costeros del este de Estados Unidos, obliga a borrar a Nola como la gran víctima para poner el foco en la literatura y la ética. Otro logro extraordinario del libro que la serie refleja a la perfección.

10 capítulos disponibles en Movistar en un formato de ritmo perfecto para no aburrir y siempre querer más, rodados en Québec y dirigidos por Jean-Jacques Annaud con el mismo Joël Dicker como guionista. Ambos aseguran que el resultado es un gusto delicado con sutiles muestras de ternura, en algo que no deja de ser la historia del descubrimiento de un cadáver.

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