Domingo de serie

Domingo de serie: Mad Men (Temporada 5)

posted by Omar Little 24 junio, 2012 0 comments
Los hombres de negro

Mad Men season 5

Cuando un producto televisivo como Mad Men alcanza semejantes cotas, recogiendo elogios y pleitesías ahí dónde enseña el jeto, siendo capaz incluso de generar por si misma una fiebre por lo retro y la cultura sixtie, resulta muy difícil, por no decir imposible, superarse o incluso mantener el mismo nivel demostrado. Sin embargo Matthew Weiner y todo su equipo están encaprichados en cambiar las leyes de la lógica televisiva.

Si aún nos has llegado a la quinta planta de esta serie, es mejor que te quedes dónde estas, porque al cruzar la puerta de la oficina te explosionarán varios spoilerazos en la cara

Este enorme hiatos que hemos sufrido con los 16 meses de parón,  provocados por las peliagudas negociaciones entre los mandamases de AMC y el showrunner para renovar el contrato, parecen haber sentado de maravilla a los personajes y a sus historias. En la quinta temporada hemos asistido a algo insólito en las cuatro anteriores: por primera vez el icónico Don Draper se ha mostrado asentado, aparentemente estable en lo emocional, y centrado únicamente en el trabajo y su familia…. poco tabaco, menos alcohol, en definitiva un irreconocible Don (al menos hasta ese giro final in extremis). Incluso ejerciendo por momentos en la brújula moral del relato. La culpa de esta transformación, de este andar por el lado equilibrado, y aparentemente feliz y estable, la tiene esa mujer francesa conocida con el nombre de Megan, que ha robado el corazón a tantos otros.

Pero la temporada ha sabido desbordarse más allá de Don, dejando un regadero de momentos placenteros de gran calibre, e involucrando, a niveles mucho más profundos, personajes con menor presencia en las anteriores temporadas. Ha sido el caso del odioso Pete Campbell, ese eterno segundón que se ha ido ganado el respeto de sus compañeros a través de logros profesionales, y que busca encarecidamente asemejarse a ese espejo al que todos se miran en un momento u otro, que es el de Don Draper. Incluso en sus infidelidades extramatrimoniales, su historia apasionada con la mujer del hombre del tren ha conseguido lo insólito, que es que sintamos algo de compasión y afecto por el anguloso ejecutivo de cuentas.

Pero también ésta ha sido la temporada de Pryce. El inglés es de esos personajes que empezó discreto, llamando poco la atención, y que se ha ido creciendo para los espectadores al destapar los complejos recovecos de un hombre de principios y de flema inglesa en un ambiente tan radical a su campiña inglesa. La tragedia con la que nos sacudió “Comissions and fees” se ha ido mascando a lo largo de toda la temporada, lo que no esperaba este servidor eran esas descaradas notas de humor negro ( hasta macabro diría) con Jaguar y la localización para perpetrar su fatalidad.

Quizás uno de los puntos más sorprendentes de esta season ha sido la agilidad, la frescura y la habilidad con la que los guionistas han ido intercalando las notas de humor con las propias de drama y melodrama a las que nos tiene acostumbrado el producto. Especialmente brillantes han resultado los primeros parajes, muy deudores del humor de Billy Wilder, donde los líos y los desencuentros (algunos rozando el surrealismo) cohabitaban con la rutina y las angustias morales de sus personajes. Ha sido como una especie de Billy Wilder meets Douglas Sirk. Para el recuerdo quedarán grabados a fuego la experiencia de Roger Sterling con el LSD (absolutos maestros a la hora de introducir el contexto histórico en las líneas narrativas de los capítulos), el momentazo hare-krishna, la pelea entre Campbell y Layne, una vez más Sterling billetera en mano comprando a sus propios empleados, o cada plano donde aparece ese despacho con la columna en medio, y tantos otros momentos de carcajadas y sonrisas.

Pero si algo ha vuelto a llenar de grandeza a esta serie ha sido su subtexto demoledor. Sin renunciar a su parsimonia narrativa, las sutilezas, los simbolismos visuales, cada diálogo, cada gesto, cada movimiento ha seguido modelando un océano de significados ocultos bajos las máscaras y las borracheras de éxito de sus personajes. Porque en realidad la historia de estos triunfadores de Madison Avenue que contemplan el mundo desde sus privilegiados y elevados puestos, es la de la amargura, la infelicidad, las frustraciones que carcomen su interior en una época de grandes cambios. En definitiva un radiografía severa de la condición humana y sus angustias, en esta temporada, más profunda si cabe que nunca.

Otra de las lindezas de los creadores y guionistas (como ya apuntaba más arriba) es la facilidad con la que irradian de contexto a las principales líneas narrativas. El detalle de dirección artística, vestuario y maquillaje no es algo que descubramos esta vez, pero sí que destacaría en ese sentido el acierto en la selección musical con la que han claudicado los capítulos. Normalmente con una doble lectura  en el uso de la canción, ya sea en la propia letra o en la historia que hay detrás o incluso el metarelato implícito como cuando juegan con la aparición de del “Tomorrow never knows” de los Beatles. Eso sí, el  momento más piel de gallinato vivido, por la afinidad y la de veces que he tenido ese tema como politono, fue con el “You really got me” de los Kinks.

En definitivas cuentas Mad Men se consolida como  el gran relato americano en la televisión, en línea paralela a autores que trazaron autopsias morales y espirituales de la sociedad de su época: Yates, Carver, Cheever, Sirk, Weiner se consolida como su sucesor natural, con una maestría e inteligencia de difícil comparación en la actualidad. El único pero, es que a cada final nos acercamos más al final definitivo, y como a Draper , esa certeza en la cabeza nos consume por dentro con virulencia. Tan hermosa como la vida, tan cabrona como la vida.

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