Domingo de serie

Domingo de serie: Mad Men (Temporada 6)

posted by Omar Little 14 julio, 2013 0 comments
El humanismo de Don

Mad Men Temp 6

A estas alturas resulta del todo inútil intentar encarar una reseña de Mad Men con la intención de hacerle justicia al tótem de la AMC. La lista de superlativos para la criatura de Matthew Weiner quedó obsoleta desde la segunda temporada. Y no estamos ante una serie que crezca temporada a temporada, sino capítulo a capítulo, escena a escena, gesto a gesto, cigarrillo a cigarrillo. A estas alturas resulta aún más inútil intentar convencer a los escépticos para que se acerquen a las oficinas de Madison Avenue, porque el mundo va a seguir girando entre los que aprecian ( y entienden) Mad Men, y los que no.

Si eres de los que sí, pero aún no has terminado el trayecto de esta sexta temporada y DD LA no tienes ni pijotera idea de lo que significa, lo mejor será que te apees enseguida. Si por el contrario, eres de los que no le encuentras el qué a la serie, saca tu apestoso culo de mi post.

Cuando uno alcanza la excelencia resulta igual de complicado mantener el nivel como proporcionar al receptor la misma sensación de genialidad en lo que uno hace. Si Mad Men siempre se ha caracterizado por ser la ficción del subtexto, lo sutil por encima del subrayado, la mirada o el gesto por encima de la palabra, o incluso el silencio como elemento aclarador del dialogo en cruces, la serie ha sabido mantener siempre su esencia, la obsesión por el detalle (ende el guión), y a la vez introducir nuevos esquemas para revertir la luz y color sin mancillar el espíritu original. Toda esta parrafeada no viene más a decir que Weiner ha abierto las compuertas de su sofisticado e inteligente drama televisivo a la comedia. Al menos desde el pasado año, donde los enredos de oficina se empezaron a instalar en algunos capítulos, que gracias a esta nueva imprenta cómica, pasaron de ser episodios de  relleno a mucho quilates de ficción. En esta sexta temporada, esto se ha acentuado un pelín más, con rebosantes momentos cómicos de igual genialidad que los más dramáticos. Será largamente recordado por ejemplo el capitulo en que un doctor hace acto de presencia en las oficinas de Sterling & Cooper, o como carajos se llame ahora, y lo que se presume una revisión rutinaria se acaba convirtiendo en un caso más sonando que el de Eufemiano Fuentes y su Operación Puerto. Su droga milagrosa causa estragos hilarantes en las oficinas, que ven sucederse sin alterar el flow de la serie, claques, coitos y carreras por los pasillos. Un humor desternillante, más cercano a la huella del Hollywood judío dominado por Wilder o Lubitsch, que de cualquier referente cercano de humor norteamericano, algo que sin duda ayuda a mantener el tono elegante, refinado, lúcido y sutil por el que navega siempre la serie.

Pero el verdadero hueso narrativo de esta temporada hay que buscarlo en la lucha de egos y personalidades que se marcan los dos directores creativos: Don y Ted, quienes tras la inesperada fusión, se ven obligados a compartir carteras de clientes e incluso campañas. Una rivalidad que ha dejado momentos brillantes y alucinantes, poniendo a prueba la habilidad, inteligencia, perseverancia, y deportividad para acoger los golpes, de uno y otro. Fabuloso resultan los ataques de un Don Draper celoso y receloso del nuevo integrante en la agencia, a quien no duda en poner a prueba (su bondad, comprensión y flexibilidad para encajar golpes): desde una borrachera de espanto en la oficina, para horror de Peggy (la tercera pata del conflicto, la que primero lo ve con los mismos ojos que el espectador, y después se vuelve parte integrante), así como artimañas cada vez más cerdas para desplazarlo del liderato o las responsabilidades dentro de la empresa, hasta el cénit de esa reunión con un importante cliente, en el que Don avergüenza a Peggy y Ted, sin contar del todo, pero insinuando, y por lo tanto, incomodando, la verdadera naturaleza de su vergüenza.

Por eso resulta de arrodillarse todo el verano de cara a los estudios de AMC (y quedarse así hasta la conclusión de Breaking Bad), esos últimos dos capítulos en los que durante una buena parte  somos testigos del lado más perverso, mezquino, temido y distante de Don, y a la vez, de cierto ritual escénico cíclico de los personajes que se mueven a su alrededor (no hace falta recordar que esta serie versa principalmente sobre Don, ¿verdad?). Un Don Draper pillado manos en la nalga a ojos de Sally (impactante escena), o viéndose tocar suelo, a niveles Dan Fante, con una cogorza de espanto que lo lleva, sin recordar  el cómo, a pasar la noche en el calabozo. Pero también las vicisitudes morales de un Ted de moral intachable que se debate entre su amor por Peggy y la imposibilidad de dejar a su familia, o una Peggy asqueada de que le rompan el corazón y buscando el amor verdadero, o el insatisfecho Pete Campbell, quien ansia ser  venerado y respetado por todos, y para el que todo se reduce a la apariencia y el éxito. Ante este dibujo, tan arraigado a la serie desde sus inicios, y tan invariable, Weiner le da una magistral vuelta de tuerca en un último capítulo, donde Don Draper, deja de ser el icónico personaje, para convertirse en un ser humano, generoso y comprensivo.

Y lo hace de la manera más brillante posible, identificando en Ted su antagonismo moral, y depositando en él, la que quizás sea su última oportunidad para redimirse de los pecados internos que le atormentan, y que al fin y al cabo, han modulado  la persona que es. De ahí, que le ceda a él, la oportunidad de irse a Los Ángeles para borrar de su cabeza a Peggy y el pensamiento de dejar a la mujer y los hijos, un acto que Don no dudó en hacer, pero que la moral sensata e infranqueable de Ted le impide abordar sin quebrarse, y es lo que lleva a Don a ceder su puesto.

Por si no fuera suficiente, Weiner somete a su criatura a otro inesperado vuelco. Como en la vida, las buenas acciones, las redenciones y los renaceres no siempre van acompañadas de consecuencias satisfactorias, y es lo que le ocurre a un Don más en paz consigo mismo, tras el gesto a Ted, tras jurar fidelidad y compromiso a Megan, tras lanzar sus botellas de alcohol por el desagüe, que se topa con la junta de socios reunida para comunicarle unas vacaciones obligadas, una salida temporal sin fecha de retorno, con tal de recuperar el pulso creativo y vital tras las últimas espantadas y cagadas imperdonables. Resentido, pero lejos de recaer en sus vicios, el Don humano ( y mártir) vuelve a salir a la superficie, dándose cuenta que quizás haya llegado el momento de destapar su alma herida y turbia a los que le rodean, a los que tanto ha hecho sufrir y  corazones despedazar, precisamente, por ese pasado siempre oculto, para comprender mejor su Yo. Y con Don y sus hijos ante el burdel donde pasó su traumática infancia se cierra otra sublime temporada de la gran novela norteamericana del momento.

Masterpiece, y hasta el próximo año…más, mejor, pero el último.

9

 


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