Domingo de serie

Domingo de serie: Succession (temporada 1)

posted by Omar Little 13 enero, 2019 0 comments
La familia al poder

Succession poster

Succession llegó el pasado verano como una de las grandes tapadas del catálogo de HBO. Sin embargo el boca a oreja fue funcionando en un producto cuya orden imperativa era terminar el año entre las producciones más celebradas del pasado ejercicio (en el nº 6 en la lista de esta casa). Tal ha sido el grado de entendimiento entre público y crítica que la HBO ha decidido otorgarle una segunda temporada.

La serie creada por Jesse Armstrong, y con Will Ferrell y Adam McKay como productores ejecutivos (el último dirige el primer episodio), narra las vicisitudes dramáticas de una familia insultantemente rica y poderosa en la lucha por tomar el mando de control de la empresa familiar, uno de los conglomerado de comunicación más tochos del planeta. Bajo esta simple, y, a priori, no demasiado excitante premisa, se levanta un bestial y crudo relato sobre el poder y la ambición, y cómo todo ello va desgastando el fuero interno de una familia, convirtiendo cada encuentro de sus miembros en una olla a presión de explosión imprevisible. En realidad, el zorro astuto de Armstrong no hace más que adaptar las enseñanzas de la condición humana desplegadas por Shakespeare en su obra, y explotadas posteriormente con asiduidad, al marco de las altas esferas de negocio y de poder del Manhattan más adinerado e inaccesible.  Pero el encaje no solo manifiesta prontitud y pericia, sino que se desenvuelve en un ingenioso artefacto tragicómico, con unos volantazos alucinantes entre el melodrama familiar, la comedia y el thriller corporativo que pone el foco en la podredumbre alojada en esos microcosmos que deciden la suerte de los parques y de media economía global.

Un trayecto por las más altas tribunas financieras de Manhattan guiado por una galería de personajes de valor inconmensurable. Desde Logan Roy (Brian Cox), ese despiadado pater familia sin ápice de paternalismo ni empatía para los suyos y el resto, pasando por unos herederos marcados por esa marca arisca y de desamor dejada por  su vil padre, cuya única herencia es el dinero y la sed de este; desde el tenaz pero desafortunado Kendall Roy (Jeremy Strong), el insolente y libertino Roman (Kieran Culkin), la inteligente y ambiciosa Shiv (Sarah Snook) y un puñado de hambrientos secundarios amontonados en la cercanía de esta lucha cainita por el poder a la espera de agarrar los pedacitos resultantes del choque de trenes (y generacional) o escalar algunos puestos en su apuesta por las diversas tramas por hacerse con el control del imperio familiar. Y lo más jodido, y quizá lo más brillante de su concepción y ejecución, es que el espectador termina por preocuparle la suerte de algunos de esos malnacidos.

Una batalla sin tregua ni contemplaciones, ni ética ni compasión, que se desarrolla a lo largo de sus 10 episodios con un sentido dramático absorbente y un ritmo que parece emular el de los adictos a consultar los valores en Wall Street. Un desarrollo que se esparce más allá de esa trama principal alrededor del supuesto heredero (desheredado) intentado conquistar el trono de su padre, con un conjunto de subtramas que atañen a todo los personajes, cubriendo un amplio abanico de tonos, y que retroalimentan la trama principal. En todas estas líneas narrativas se dan momentazos, varios de estos, entre los picos de interés de la pasada temporada seriéfila. Siendo el capítulo 6, esa carrera de obstáculos y a contrarreloj para sacar a Roy del mando mediante una moción de confianza que desemboca en un trepidante clímax donde las capacidades de tensión, rabia, comedia y drama fluyen y convergen a la perfección. Una demostración incomparable de cómo estrujar los mecanismo dramáticos del producto y sacar un episodio redondo de principio a fin. Pero no es la única nota extraordinaria en este show de hienas en acción. Descontando los dos primeros capítulos, donde Succession calienta motores sin despegar, el resto de capítulos están tocados por la varita del drama exquisito y, en ocasiones, sobresaliente. Impagable, por ejemplo, todo el clímax final del último episodio, la reunión familiar en el rancho del desierto, la despedida de soltero, la subtrama de los comprometedores papeles o varios instantes donde la hilaridad – el tándem Tom y Greg ha sido un dispensador continuo de risas y la mejor dupla cómica en años-, el descabello y la atrocidad amoral dan instantes y/o secuencias perecederas.

Una reyerta fratricida de perros salvajes hincando colmillos en talonarios, agendas ocultas, carteras, juntas de accionistas y estrategias maquiavélicas que se erige como un retrato fidedigno, pese a sus brochazos de comicidad, de esos ambientes vaciados de ética y valores, donde la vejación, el atropello, el vacile y la explotación son el pan de cada día. Por mucho que McKay salga en las filas responsables, que nadie piense en su olvidable, pueril y petada de clichés, La gran apuesta (o sí, pero lo mínimo). No, aquí estamos mirando de tú a tú al Oliver Stone de Wall Street, o al Martin Scorsese de El lobo de Wall Street pero con menos grano hiperbólico, y, además, absorbiendo las enseñanzas del Thomas Vinterberg de Celebración en cuanto a materia dramática en entornos familiares. Un despiadado retrato sobre las alimañas que controlan los hilos económicos. Un eléctrico, voraz, brutal y brillante visionado sobre las almas vacías que rigen los más altos estamentos del poder empresarial.

marco 75


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