Domingo de serie

Domingo de serie: The End of the F ***ing World

posted by Omar Little 25 febrero, 2018 0 comments
Roadrom sonriente

The end of the fucking world

A los  haters que se amontonan sobre cualquier red social para lapidar el último producto de moda, qué os jodan. Qué sí, que la última sensación distribuida por Netflix, y  primera sorpresa del año, ha humedecido las cuencas oculares de barbudos con posters del Final de la escapada en sus habitaciones…¿y qué?. Qué sí, que comparte árbol genealógico con Moonrise Kingdom , ¿pero y qué?… ¿o es que ha llegado la hora de defenestrar a Anderson,Gondry, Jonze y compañía porque sus obras encajan en la cansina etiqueta hipster? Pues con un servidor que no cuenten para las hogueras más estúpidas.

Porque es cierto,  The End of the fucking world encaja en estos parámetros, y no por eso deja de ser una de las gozadas seriéfilas de lo que se lleva de curso. Y quizá parte del éxito se lo asigne un fórmula conceptualmente sencilla pero rellenada con ingredientes purificados  y un tono que salta con naturalidad entre lo salvaje y lo tierno. La misma pureza y ternura que guía los pasos dubitativos de esta pareja de outsiders lanzados a su particular aventura Bonnieclydiana mientras lidian con las dudas y los miedos de la etapa vital por la que transitan.

Una premisa encajada en una road movie negra que no enseña nada nuevo bajo el sol, pero es con su atractiva carcasa, y el inteligente diseño de personajes y el universo que los rodea, lo  que distingue el producto de otro similares. El serial de Channel 4 se edifica como el contraplano del coming of age amoroso de aventuras inocentes mediante ese tono irreverente y cafre que el canal inglés tan bien guarnece  a sus producciones estrella. Todo esa huella gamberra sin perder la ternura y lo entrañable de la pareja protagonista. Algo a lo que ayuda la golosa capa formal dispuesta. Tirando de recursos manidos pero encajados con frescura y humor: la banda sonora compuesta por temas oldies e indies de prozac, el vestuario Amor a quemarropa, las voces en off de adolescentes pensando como adultos (mayúsculo su empleo), estética y personajes deudores del noir estadounidense (de hecho, pese a transcurrir en Inglaterra, la serie explora esa autoconsciencia de tono y modales con respecto a sus referentes y ambiciones). Pero en el fondo lo más brillante es el depurado dibujo de la pareja protagonista, y aún más relevante, el inmaculado trabajo de actuación dispuesto por los desconocidos Alex Lawther y Jessica Barden. Ahí se halla el verdadero eje rotor de un relato sin piedras en el camino, más bien ochomiles cada vez que un giro inesperado, en sus distintos tonos, acelera la huida de sus personajes, a quienes la cámara retrata, en muchas ocasiones, en su vulnerabilidad ante un mundo adulto incomprensible, del que huyen con su amor raruno como única gasolina.

Es tal su marcada idiosincrasia, que  aunque la brújula quede fijada por el universo de Wes Anderson encontrándose con Fargo (la pareja de detectives no puedo tener más deje a Noah Hawley), y añadiéndole las gotas de incorrección política y de violencia de Utopia (de la que estéticamente tampoco anda nada alejada), que mantiene su  coherencia  hasta su final peliculero de cinta de forajido sin happy end. Porque detrás de su vistoso y seductor embalaje, no deja de esconderse una tierna historia de amor trágica. Y como tal, la serie nunca rehuye de sus partes amargas, con el fin de coordinar los impulsos amoroso de dos personajes tocados por circunstancias personales parecidas.

Aunque ese no es su poso conclusivo. Tras su veloz y fascinante visionado por ocho capítulos alrededor de los 20 minutos de duración por episodio, la ficción basada en las historietas homónimas de Charles S. Forsman prevalece como un producto de puro divertimento y puro goce. El proporcionado por una serie llanamente divertida y atrevida, rabiosamente entretenida y con su punto entrañable sin caer nunca en lo cursi. Sencillamente uno de los picos inesperados del curso seriéfilo.

marco 75

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