Domingo de serie

Domingo de serie: The Last Dance

posted by Cesc Guimerà 23 mayo, 2020 0 comments
Gloria al Dios imperfecto

The Last Dance. El Último Baile. ¿Estamos ante el primer true-crime deportivo? ¿Es la estetización y el enaltecimiento definitivo del hijoputismo? ¿O el retrato más humanizador y honesto de un Dios irrefutable que engrandece y enaltece aún más, si era posible, la figura de Michael Jordan? Intentamos encontrar las respuestas en el primer, y puede que último, podcast (kamikaze) de la casa, con cierto consenso. La docuserie de ESPN (distribuida por Netfix en la mayoría de territorios) que invita a la reflexión en torno a la figura del mejor jugador que jamás haya pisado una pista de baloncesto se ha rebelado como el que es, posiblemente, el mejor producto del entretenimiento deportivo.

El mismo Jordan advirtió antes del estreno que a mucha gente no le gustaría lo que vería. The Last Dance retrata a MJ con todos sus estratos, capas, matices y niveles de su personalidad. Muestra el carácter obtuso de un asesino sin escrúpulos, sus vicios, por momentos su enajenación, pero también revela al más justo de los jueces y al más fiel de los amigos para los suyos.

La serie de Jason Hehir, gracias a 10.000 horas de imágenes inexplicablemente enlatadas durante más de veinte años, explora el camino al éxito de la forma más fidedigna jamás contada hasta ahora. No es un producto deportivo maquillado, edulcorado y cercenado como los que recientemente han irrumpido en los menús de todas las plataformas. La eficaz construcción no lineal de los hechos, la precisa inserción de los protagonistas secundarios en el relato y la tensión narrativa de los instantes trascendentales también establece un estándar que costará alcanzar.

El trayecto hacia la gloria es abrupto y arduo, las personalidades complejas, las luchas de egos encarnizadas, la presión solo soportable para unos pocos elegidos. The Last Dance muestra, con Michael Jordan y los Chicago Bulls como pretexto, una cara del deporte que se intuye, pero es mayormente omitida en la creación de dioses impolutos. Y con el conflicto como eje de la historia, como en la mejor ficción, emergen villanos. El enemigo en casa, Jerry Krause, y la némesis de aquel equipo, los Detroit Pistons.

La magnitud de los personajes implicados, la trama y el impacto de aquel equipo en la cultura popular más allá de la propia disciplina deportiva en cuestión, hace que la historia sea apta para todos los públicos, no solo para los amantes de la canasta o aquellos que crecieron en los noventa practicando el fade away en el patio de la escuela, en el playground del barrio creyéndose en Rocker Parken,  parqués corrompidos o en el inframundo del baloncesto territorial al aire libre.

Los Bulls de los noventa eran un equipo con un reparto único, un elenco de jugadores sin igual con todas las singularidades. El líder supremo Jordan. El escudero inseparable, talento en la sombra e infravalorado Scottie Pippen. Dennis Rodman, el genio excéntrico, loco y antisistema. Un currela fuera de cualquier glamour, el pívot australiano Luke Longley. Toni Kukoc ponía con su clase y talento europeo el toque exótico en la NBA de los noventa. Ron Harper, ¡la intendencia a su servicio! Actores de reparto con minutos de gloria: Steve Kerr, John Paxon. El chamán Phil Jackson.

Sabíamos que la figura de Michael Jordan escapaba a las estadísticas, los títulos, el dinero y la popularidad. Que invirtió la relación de poder entre deporte y jugar. Que se convirtió en un icono global antes que las redes y la sobreexposición mediática creara ídolos de deportistas del montón en sus disciplinas (llámenle efecto Beckham).

Acometer el reto de esta serie/documental tenía apriorismos de haraquiri. El resultado es un producto casi tan grande en su género como su protagonista en su deporte.

marco 9,5


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