Domingo de serie

Domingo de serie: Transparent (Musicale Finale)

posted by Omar Little 13 octubre, 2019 0 comments
Funeral anunciado

¿Alguien concebiría Mad Men sin Don Draper?, ¿Breaking Bad sin Walter White?, ¿Los Soprano sin Tony? Pues lo mismo ocurre con Transparent y Mapa. Las denuncias por acoso sexual contra Jeffrey Tambor fueron la máxima condena a la serie de Jill Soloway, una guadaña teledirigida sobre uno de los productos de ficción más hermosos y estimulantes de la televisión reciente.

Una ficción que ya había perdido algo de su punta inspiracional en una cuarta temporada que precisamente restaba protagonismo al personaje central de la serie para repartir minutos de juego entre el resto de integrantes de la familia más atípica de América. Sin embargo, la serie prevalecía como un producto inspirado, transgresor y refrescante a la hora de explorar los acontecimientos vitales de una familia judía de lo más singular, sí, pero entrañable e universal en su dietario emocional. Todo esto, o prácticamente todo esto, se desvanece en una quinta temporada a todas luces innecesaria, pero obligada por exigencias contractuales con Amazon (se firmó la temporada tres meses antes que estallara la polémica con Tambor). La solución hallada por Soloway, y acordada con los subalternes de Jeff Bezos, pasaba por transformar la despedida de la serie en un formato inesperado y rompedor, buscando ese tono transgresor que ha caracterizado la serie. Una película musical de dos horas que sirviera para cerrar, con un parche, los cuatro años de pertenencia irrompible con los Pfefferman.

Así, la quinta temporada arranca con la anunciada muerte de MAPA. Así, de sopetón, sin derramar una sola lágrima para el motor de la ficción estadounidense. No tarda tampoco en revelar la extraña naturaleza optada para cerrar ciclo: unos números musicales de limitada inspiración y denunciable estética (como si Agatha Ruiz de la Prada hubiera metido manaza en Mamma Mia!). Soloway pretende montar un festejo con la tradición judía, y cierta defensa de su pueblo, como mástil, pero en realidad el trasunto se convierte en un funeral de 100 minutos. Los números musicales no solo alientan el bochorno (“Joyhocaust”, WTF!) y  subrayan una narración estancada en el duelo, el orgullo judío y los valores familiares, sino que prescinde de todo ese tono gamberro, disfuncional y transgresor que dio un relieve atípico a este dramedy. Son burdos números musicales que parecen poner baile y voz (de reducido esfuerzo) a líneas de guion pensadas para una narración no musical. Queda así pronto en evidencia la poca idoneidad de un formato en que su showrunner (y su hermana en los créditos de escritura) pierden toda su fuerza creativa y su dotada capacidad como narradoras. Es tal el desbarajuste que incluso sus personajes más queridos e interesantes pierden fuelle dramático, su desdibujo es notorio, quedando, estrictamente, en meras piezas de atrezzo vocal.

Para más inri, su escaso desarrollo narrativo se circunscribe en la línea más previsible, todo conlleva cierta complicidad y fraternidad impulsada por la ausencia de la importante figura paterna/,materna, dejando así un injusto tramo final para unos personajes de largo recorrido y sugerente arco narrativo. El desaguisado también afecta a una parcela humorística históricamente generosa, y que, aquí, se muestra en cotas muy bajas. Por no mencionar el polo opuesto, esa amargura reveladora depositada en el seno de toda familia. Exceptuando testimoniales instantes, no hay rastro de esta en todo el metraje.

El colofón del despropósito se manifiesta con elocuencia mediante ese número musical final que parece sacado de un anuncio de Evax dirigido por Isabel Coixet. Sintomático de lo fallido que resulta este ritual de despedida de una de las mejores series de esta década. Una carta de adiós llena de imperfecciones, sin duda, algo que no se merecía una familia que tantos buenos momentos nos impartió a lo largo de cuatro años.

 

4 marco


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