Domingo de serie

Domingo de serie: True Detective 3

posted by Omar Little 3 marzo, 2019 0 comments
Ecos de un pasado mejor

True Detective 3

True Detective ha pasado de ser un activo principal de la escudería HBO a ser ese plato roto que los directivos no saben del todo bien cómo gestionar. Tras el tremendo batacazo de la segunda temporada, la tercera entrega busca limar sus imperfecciones, indefiniciones, y, en definitiva, el descalabro de esa, con un nuevo lote de episodios que recuperarse el espíritu de la original.

Y los apriorismos parecían jugar a favor de sacudirse las heces de la segunda temporada y acercarse a los picos de brillantez de una primera temporada que ennobleció el neonoir televisivo. Nic Pizzolatto, con la colaboración ilustre de David Milch, guiando el producto hacia sus raíces. Jeremy Saulnier en la dirección  como intento para cubrir el vacío dejado por Fukunaga. Y por último el doblemente oscarizado Mahershala Ali compartiendo horas de coche y pesquisas con el recuperado Stephen Dorff. Ambos como la pareja encargada de resolver un caso irresoluto en Arkansas (de nuevo recurriendo a la propicia postal de la América profunda) que termina instalándose en las muelas de los dos detectives a lo largo de tres líneas temporales. Valga aquí la principal ocurrencia de la serie y la primea carga para los ojos de este servidor. Si bien cobra cierto interés cómo a través de la puesta en escena y la realización describen los rincones difusos de la memoria, estos saltos en la línea temporal terminan por descentrar al espectador, abocándolo a una confusión innecesaria. Una decisión que parece obedecer más a la necesidad autoimpuesta de dotar de cierta complejidad a la trama. Aunque lo peor es cuando ese vaivén temporal alrededor del caso de dos niños desaparecidos, la serie recurre a la caracterización “geriátrica de sus personajes, dando pie a la risa floja cada vez que los dos detectives aparecen con quilos de maquillaje en sus pomos, y una soltura en el andar sorprendente, además de una voz que apenas ha sufrido los estragos del tiempo. Creo no ser el único que cada vez que aparecían los “True Detective” ancianos, la presencia mental de Joaquin Reyes y Ernesto Sevilla se adueñaba de la función.

Aunque no es la única tara notable de la temporada. Como ya ocurriera en las anteriores- si bien la primera quedaba completamente blindada con esa atmósfera absorbente que aquí amaga con salir para finalmente hacerlo solo medias-  el caso en sí mismo tiene un recorrido muy breve (los dos primeros capítulos) para luego diluirse en los afectos que tiene en las vidas personales de los dos detectives. Aunque ese bagaje emocional  también resulta reducido y a medida que avanza la temporada la pérdida de interés se ve acrecentada hasta esa resolución que ni coge desprevenido, ni justifica la deriva de interés de los capítulos que la anteceden. Tampoco juega a favor la reducida química de la dupla protagonista. Por una parte un Mahershala Ali, con el que se aportan ciertos apuntes sobre la cuestión racial dentro y fuera de las comisarias (y de paso se cubren las espaldas de cualquier intento de tachar al producto de #SoWhite), obsesionado con el caso hasta en su etapa senil,  y, por el otro, el personaje de Stephen Dorff, que se mueve como la muleta de su compañero sin aportar mayor profundidad que la de un policía solitario, recto y alcohólico (batería de clichés a la vista). Más interesante resultan los apuntes sobre cierta toxicidad masculina que flotan mediante los constantes choques entre el personaje de Ali  y su mujer y la carrera como escritora que emprende ella. Hay en esa subtrama troncal una variación de la masculinidad que irradia la temporada y toda la serie desde sus inicio, y sobresale de esta personaje femenino a quien se decide dar cierta entidad dramática. También genera valor la apreciación de castigo y culpa que golpea los ánimos de los dos detectives, agravados por los constantes impedimentos que les impiden resolver el caso y cómo esto afecta a su parcela personal.

Es una verdadera lástima que esa atmósfera oscura, de grit lit, que adquirió personalidad propia en la primera entrega, no termine de manifestarse en esta. La bordea en los capítulos más centrados en el secuestro y las jornadas que le siguen, hasta el punto de recuperar escenarios y formas muy propias de la primera, pero luego dilapida el escenario, y cuando pretende recuperarlo lo hace de forma demasiado forzada, introduciendo esos elementos que resultaron inolvidables de la primera pero con un encaje patoso; la escena del bar maloliente en que el poli blanco busca el castigo físico con unos moteras de malas pulgas resulta ridícula por lo bajo.

Escasos nutrientes para una temporada que pierde pronto el anclaje de interés, que se aferra a sus saltos temporales como nimia filigrana narrativa, y que cuyos personajes no permiten un trasfondo dimensional tan amplio como para cubrir esa vaciada de tensión y expectativas dentro de una trama de avance lento, circular y tedioso. Tampoco la labor de los actores, ni el laureado Ali, permite aligerar las cargas a la contra del producto. Y lamentablemente, lo que arranca como un policíaco canónico, circulando sobre las migas de la primera (hay incluso un punto de enganche), con cierta seriedad y concisión, más temprano que tarde, se convierte en una píldora eficaz para la somnolencia. Un de más a menos en toda regla que sin embargo recompone ligeramente el fallido traspiés de la segunda, pero que sigue encontrándose a varios estadios de la primera.

5,5

 


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