Domingo de serie

Domingo de serie: Vinyl (Temporada 1)

posted by Omar Little 24 abril, 2016 0 comments
Clichés, coca y rock & roll

Vinyl Temporada 1

Entono el mea culpa ya de entrada. Me precipité sobre la serie de la HBO como si fuera la ayahuasca que iba a erradicar el dolor y los traumas de este mundo hostil. Caí como un principiante en el hype inducido por culpa de unas sensaciones precipitadas y estimuladas por el canal de cable. Los cocineros en la gran cocina de la HBO: Mick Jagger, Martin Scorsese y Terence Winter, eran demasiado masterchefs como para no dejarse llevar por la euforia. Sin embargo el menú dispensado no ha estado a la altura de las estrellas Michelin del restaurante ni de los curtidos y talentosos cocineros. Y pese a la decepción atenuada, Vinyl es una serie obligada, afirmaria que incluso ineludible para todo aquel que se considere melómano.

Si no has sido groupie de Richie Finestra ni pipa en todos los escenarios de Vinyl, mejor bájate del bus.

La serie arrancaba con uno de esos pilotos que no se borran de tu cabezota ni buceando por la letrina de “The Worst toilet in New York”. De la mano de un guía de lujo, el señor Martin Scorsese, asistíamos sin respiro al burbujeante y curvilíneo mundo discográfico del New York de 1973, cuando la ciudad asistía a un movimiento sísmico en lo musical, cultural y social que acabaría precipitando la colisión de distintas realidades. Por un lado, el punk y la new wave, por el otro, el advenimiento del hip-hop y un tercer invitado, la música disco, que ayudarían a definir Nueva York como la capital del mundo. En ese estimulante contexto, la serie nos introducía en las entrañas de una discográficas pasando por apuros económicos, e intentando salir a flote precisamente enganchándose a esas nuevas corrientes dispuestas a pasar página a la era hippy y sus secuelas. Socrese convertía esa puerta de entrada en un estímulo visual, sonoro y anímico, con el que el espectador se despegaba del 2016 para sumergise a toda leche por 1973 mediante un tour compuesto por dosis de química que tumbarían al propio Mike Tyson, y mediante una trama que con tal de desplegar más curvas coqueteaba con la parte criminal que Scorsese domina, a través de ese accidente que acaba en macabro asesinato con todos pasados de coca. Ya desde ese glorioso piloto, que sigo guardando como una de las mejores películas de este 2016, señalé que Vinyl era una mezcla cortada y de efecto engorilador entre Mad Men y el ritmo acelerado de El lobo de Wall Street.

Pero como siempre sucede, a una fiesta apoteósica le sigue  una resaca mortífera. Y esta no llegó de inmediato, la fiesta en Vinyl se mantuvo con las pupilas dilatadas hasta la tercera o cuarta dosis, pero es a partir de ahí que se produce un considerable bajón, que repercute en el afecto sobre los personajes, y en el interés de una trama que no es capaz de dar más de sí, debido a cierta reiteración de esquemas y situaciones.

Y cuando la caída parecía más profunda, cuando los efectos secundarios del ciego de perico pedían cita e ingreso en Betty Ford, el producto de la HBO se recomponía sin necesidad de volver al ritmo farlopa que Scorsese marcó desde el inicio con la inercia aún en su cuerpo del El lobo de Wall Street. Simplemente se recompuso devolviéndonos a los personajes, poniendo la aguja en el surco acertado, incluyendo rifirrafes entre los personajes, y añadiendo tramos a la parte criminal de la serie para poder seguir avanzando en la trama.

A Vinyl le han llovido palos de todas las esquinas de internet por el poco grado de realismo capturado, especialmente ostensible para quien tuvo el privilegio de vivir en primera persona el periodo que retrata. Pero a la vez, es verdad que se desmarca de esa intención desde los primeros instantes, cuando decide dibujar esas esferas neoyorquinas y los personajes que las pueblan con un trazo grueso, rayando la parodia, personajes de aspavientos forzados y altamente vistosos, un mundo propio de la moneda de cambio que lo mueve… la farlopa y su ritmo agitado que hace mella en la faceta familiar y profesional de Richie Finestra, pero que también contagia al montaje y a la realización, e incluso al espectador. Más susceptible de crítica es el esquema fijo por el que navega la serie desde el primer bajón. Aflora entonces cierta comodidad por repetir esquemas que acaban repercutiendo en la atención. Tímidas líneas argumentales – de nula o escasa profundidad cuando se dispersan por las subtramas -, condimentadas con la aparición del músico o banda de turno que sirva para desplegar el puente cómplice con el melómano  – o inclusos esos insertos musicales patilleros,  desvinculados con el presente de la ficción -, y entre medio se sirve una ensalada de clichés que entiendo que puedan enervecer al más crítico o al que tocara de cerca ese período.

Sin embargo al otro lado de la balanza contamos con un ritmo trepidante que posee al espectador, pese a los tramos de sobresaturación, que los hay. Por otro hay un protagonista central alrededor del cual gira toda la serie (y el resto de personajes), de motivaciones y conflictos muy marcados, y solución previsible – superar la crisis personal y profesional a través del reenganche con las nuevas corrientes musicales- , pero que gracias al torrente interpretativo desplegado por Bobby Cannavale, logra camuflar las costuras de un personaje al que se pretende dar más entidad, pero cuyo comportamiento resulta fácilmente identificable – que gran diferencia con el enigmático Don Draper. Y por último también resaltaría el apartado musical, obviamente en el tropel de canciones y momentos musicales hay gemas, pero una de las bazas de la serie, es su habilidad por tejer puentes con el melómano de raza a través del guiño y el homenaje. Un gran surtido de mitos: David Bowie, Dj Kool Herc, Lou Reed, Janis Joplin, Andy Warhol, Led Zeppelin, Alice Cooper, o personaje de ficción como Hannibal a semejanza de Sly Stone, cuya sola marca en pantalla seduce y sonríe, y mucho, al seriéfilo amante de la música de ese período.

Resultando de este modo una fórmula descompensada, de ambiciones weinerianas pero con un efecto inmediato que no termina de calar en la epidermis. No solo por la estructura de los capítulos y sus guiones, y el trazo grueso como pauta, sino especialmente por desvincular el relato de ese glorioso subtexto que convirtió Mad Men en una de las mejores series de la historia de este medio. Lo que ahí daba canje a reflotar imágenes y secuencias con tal de descodificar las señales visuales y sonoras – cuando entraba una canción lo hacía, como mínimo, con doble intención – aquí se sirve prácticamente masticado, para el consumo acelerado, el de un yonqui que no le importa la calidad sino meterse por la napia la mayor cantidad de farlopa y obtener con ello un efecto inmediato – algo por su parte muy acorde a los consumos de ficción televisiva actuales. Una lástima porque ese efecto corre el riesgo de evaporarse a mayor velocidad de la que nos encaprichamos con esta serie cuya misión parecía que iba a ser la de devolver el trono a la HBO.

7


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