Domingo de serie

Domingo de serie: We Are Who We Are

posted by Omar Little 8 noviembre, 2020 0 comments
It Is What It Is

El cheque en blanco dispensado a Luca Guadagnino para el desarrollo de su primera incursión televisiva se salda con una de las ficciones más liberadas de ataduras e inusuales de las últimas temporadas. El caché progresivo del director italiano se amplia con esta coproducción entre Sky y HBO sobre el crecimiento hormonal de dos personajes que extienden la cosmovisión de su autor.

De hecho, como ya señalamos en las impresiones de sus primeros compases, We Are Who We Are podría entenderse como un spin off de su celebrada Call Me By Your Name. Si aquella se podía simplificar como una readaptación en clave homosexual del Lolita de Nabokov, aquí el peso dramático recae en dos adolescentes díscolos y especiales (interpretados por Jack Dylan Grazier y Jordan Kristine Seamon, quienes se unen a la lista de descubrimientos del cineasta de Suspiria) abriendo la comporta de su identidad sexual mientras lidian con el marcaje conservador propio de la base militar estadounidense en la que se hospedan en suelo italiano.

Guadagnino dibuja así un coming of age atípico, centrado en el devenir de estos dos jóvenes (auto)explorando su singularidad (de identidad, de carácter, de atracción sexual) en un contexto tan, a priori, boicoteador como resulta un campamento militar en suelo italiano por el que circulan como una especie de burbuja de la tercera cultura. Así el director de Palermo se desmarca pronto de la transitada senda de la adolescencia normativa y de los códigos asociados, sin perder los impulsos más atractivos y hondos – el burbujeo de las primeras veces, por ejemplo-,  para en su lugar abrazar esta entrañable y peculiar relación de amistad, solidificada con pegamento gracias a la pasión de ambos por la música. En especial la de Blood Orange, quien cobra una triple incidencia: con la participación de Dev Hynes en la banda sonora y en la propia trama mediante sus canciones, y hasta en un plano físico, con ese hermoso acto final. La música juega así un papel clave en la trama y los episodios. Como corresponde a la brújula emocional de esos días de contorneos dubitativos de la identidad adulta, de cuando las palabras se formulan con dificultad o imprecisión, mientras que el compartir pasión musical con unos auriculares resulta el acicate definitivo para una amistad irrompible.

De hecho esa ambigüedad que se alimenta al en torno de una relación de amistad platónica, y que se deja en suspenso a lo largo de la serie y encuentra su cúspide en ese hermoso plano de cierre que deja la puerta abierta a distintas interpretaciones, es uno de las constantes dramáticas de la ficción.

Una conclusión hermosa que no resulta el único momento a atesorar. La serie despliega multitud de aciertos dramáticos y emocionales, de latir lírico, en ese discurrir costumbrista donde parece que la no trama y la escasez de acciones y situaciones vaya a dificultar el interés en su visionado. Pero cuanto más sutiles se despliegan, más calan en el espectador que consigue descifrar los gestos y las miradas, y la carga sentimental asociada a estas.

Una peculiaridad narrativa que queda reforzada por la libertad formal con la que se emplea el director de Cegados por el Sol. Vídeos de fotogramas congelados, sobreimpresiones en pantalla, planos glitch, un videoclip inserto en medio de la narración son solo algunas de la heterodoxias formales que se permite su creador para recuperar con fidelidad el Smells Like Teen Spirit.

We Are Who We Are se convierte así en un fresco emotivo y tierno sobre adolescencias no normativas, y, a la postre, se edifica como una eficaz trampilla hacia los recuerdos asociados a esas amistades indisolubles (o en su apariencia, como mínimo), y a esos días soleados, liberados de ataduras sociales y compromisos adultos.

marco 75

 

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