Domingo de serie

Domingo de serie: White Lines

posted by Omar Little 7 junio, 2020 0 comments
Circoloco

Llevo años evitando el fenómeno de La casa de papel y viviendo en mi burbuja de ignorancia orgullosa y consumada pedanteria. Un compromiso difícil de explicar cada vez que la susodicha ficción se infiltra en cualquier conversación cercana. De hecho, en una de estas de abultada carga etílica, se hizo evidente mi rareza como serieyonqui cuando unas chicas italianas tuvieron que explicarme, en medio de cierto estupor, lo del “Bella Ciao”. Dejando al margen estas anécdotas personales que a todo hijo de vecino le sudan el rabo, tan solo quería dejar en acta que he caído finalmente en la telaraña de Álex Pina por vía de su último proyecto, White Lines.

En mi defensa diré que es parte de un proceso de documentación autoimpuesto. En la suya diré que el cabrón domina unas estratagemas narrativas básicas pero adictivas, Sin llegar al pelotazo global de la anterior producción, White Lines presentaba, incluso previamente a su visionado, hechuras para coronarse en puestos altos del Top 10 de Netflix, como así fue la última vez que consulté ese ranking.

El guilty pleasure coproducido entre España y UK se formula mediante el hallazgo del cadáver de Axel Collins, un afamado y problemático Dj de Ibiza. El descubrimiento lanzará a su hermana al rol de detective mientras se desprende de los lastres familiares y abraza un hedonismo inédito en su anodina vida. Todo ello insertado en un entuerto creciente donde caben los colegas de su hermano y dos familias locales y adineradas enfrentadas entre sí, sin faltar, por supuesto, el ineludible chute de fiestas, música, drogas y sexo que define el cosmos ibicenco.

Así, lo que arranca como una trama criminal detectivesca pronto se esparce en una macedonia en la que cabe el melodrama familiar, el romance, el disparate cómico y las evasiones más desenfrenadas. Porque si hay algo que engancha en su recepción, como cualquier joven que pise la isla, es su entramado de perversión, desenfreno y hedonismo. Algo acogido en su trama sin rubor. De hecho, la isla blanca y su parte más juerguista y alocada se erigen de inmediato en un personaje más de la serie. Aunque también es cierto que esa punzada inicial en el hipotálamo, esa supuesta irreverencia calculada y domesticada que, por momentos, parece reflejarse en Mad Dogs o Very Bad Things, pronto decae por una trama alargada como un chicle, con giros insatisfactorios, personajes puestos en evidencia y líneas de diálogo y actuaciones algo sonrojantes.

Así, su visionado se configura como un de más a menos en toda regla, especialmente, desde el momento en que los vericuetos criminales, en los que no faltan las mafias rumanas y las deudas del narcotráfico, se contemplan de manera previsible y cuando decae el interés sobre el misterio central que mueve la serie: el asesinato de Axel Collins. Un cadáver que se arrastra a lo largo  de diez episodios y que cuando llega el momento de resolverse, además de hacerlo de forma tosca, se topa con una pregunta aguafiestas: ¿a alguien le importa lo más mínimo quién matara a Axel Collins?.

Es White Lines un producto fallido a nivel narrativo, extremadamente calculado y de una transgresión de manual, pero, a su vez, esa falta de pretensión, esa absoluta ausencia de vanidad, y ese encaje en la adicción sin reservas y despreocupada de la calidad y la verosimilitud, lo que fortalece su hospedaje y el apremio para terminar su recorrido.

También en el activo se suma el convertir personajes a priori tan desagradables como Boxer en alguien con un mínimo de vínculo empático. Y ahí radica otra de las habilidades resueltas por esta ficción: convertir los arquetipos y los lugares comunes ligados a la isla y su faceta hedonista en un goce desacomplejado, sin manías ni adornos en la forma y/o el contenido. También suma a favor su preciado y disfrutado lote musical – con gemas bailables de la época, clásicos de house y el dance, y pedruscos de la rave y el acid rock inglés de la época en que transcurren los flashbacks de la pandilla de Manchester.

Lo dicho, como guilty pleasure funciona sin estridencias, luego ya, uno tiene sus reservas sobre la idoneidad de haber invertido casi 10 horas de la existencia en un producto así. Una fiesta que engancha, pero, como todas, que va perdiendo interés a medida que se alarga y el exceso se vuelve rutinario.

5,5

 


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