Domingo de serie

Impresiones primera parte de la 1a temporada de The Get Down

posted by Omar Little 28 agosto, 2016 0 comments

The get down

Desde que volcara las primeras impresiones tras el subidón de su piloto poco ha cambiado mi valoración sobre el novísimo producto de Netflix. The Get Down sigue ofreciendo un tour por un parque temático en ruinas bajo los efectos de un pelotazo de speed. Un compuesto acelerado, caótico, prácticamente esquizoide, que se ha atemperado en los capítulos que han seguido.

Si Vinyl ponía el foco en el punk y la industria discográfica, The Get Down se decanta, en el mismo periodo histórico, por la música disco, a través del relato de Mylene, y por el hip-hop y el latido del Bronx, a través del resto de personajes, especialmente Ezekiel y Shaolin. Al igual que el producto de la HBO, su retrato es distorsionado, subrayado, de líneas gruesas y emparentado con el arquetipo y el cliché. Aunque en el caso de Netflix su ambición es tan alta que finta el desborde. Paralelamente a la historia de amor de los dos protagonistas, las andanzas del grupo de colegas, los progresos profesionales, los conflictos familiares, los tímidos barnices de drama social en la zona de guerra del Bronx, hay también un intento de traer a un primer plano el marco histórico de la ciudad de Nueva York. Por momentos, la ciudad de Nueva York y la zona del Bronx se desdibujan del fondo para formar parte del contenido.

Un hit veraniego con demasiados alicientes como para dejarlo de banda pese a la firma de Bad Luhrmann.

Aunque quizá lo más singular del producto sea conseguir un mejunje de musical, sombras documentales a través de imágenes de archivo, pinceladas de drama, coming of age, romance de purpurina, cambiando de tono y formato, y no salir descarrilado a la primera curva. Es como si de su caótico potaje, del atropellado unión de piezas sonsacara un valor que se traduce en adicción con un punto de guilty pleasure.

Sí, porque ese placer culpable hay que buscarlo primero en la autoría principal: un Baz Luhrmann que no puede reprimirse de imprimir su huella hortera y excesiva, manchada por purpurina y laca, en muchos momentos de los seis primeros capítulos. Pero a la vez, quizá sea él uno de los pocos capaces de salir airoso de un pastiche de estas dimensiones. De hecho, su sombra queda largamente compensada por una excelente selección musical, especialmente libidinosa en la parcela disco y hip-hop, y con un tacto que se anuncia ya con el uso del último disco de Michael Kiwanuka como una especie de leitmotiv musical de la serie. También se cimenta, en su respeto (y rigor) a la música sobre la que gira, con las interioridades de las Block Party, los Dj’s, el “Break Mix” de Grandmaster Flash, técnicas, jerga, etc. Una base sólida para el fan hiphopero apoyado por las figuras musicales que vivieron de primera mano esa época, Grandmaster Flash y Kool Herc – ambos personajes que aparecen en la serie-, o estrellas más recientes como NAS. En su apartado musical el único pero son las creaciones modernas, las que utilizan como momentos musicales y que afectan en su mayoría a la banda de Mylene. Las que chocan con la depurada y exquisita música que se oye durante todo su recorrido. Música que contiene esa vena hortera que tanto le gusta a su showrunner.

Como hortera, y mucho, es todo el trabajo de diseño de producción y vestuario. Un trasunto de Eurodisney ketaminoso: chromas chungos, mezcla de formatos que golpean la retina, decorados cartón piedra.

Pese a todo su hedor, convencionalismos, lugares comunes, previsibilidad, horterismo, y purpurina, The Get Down es una ficción simpática, alegre y adictiva, de la que resulta muy fácil acoplarse sin tener personajes carismáticos o forjados con plumas de hierro.


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