Long drinksSeries

Las mejores series de la década de los 2010`s

posted by Omar Little 26 marzo, 2020 0 comments

Cerramos el sumario de la segunda década del Siglo XXI. Un último capítulo que ha quedado algo postergado en el calendario – la idea inicial era finiquitar este repaso a finales de febrero – debido a las turbulencias que sacuden nuestra realidad y a todo ese ruido global acumulado a lo largo de las últimas semanas. Y pese a que el listado que sigue lleva tiempo más o menos decidido, el río de tinta digital que lo acompaña ha sido más difícil de concretar con la actual situación a cuestas.

Pero por fin llega el momento de levantar el acta notarial a una década redefinida por el dominio y abuso de las nuevas majors de plataforma. Con Netflix en cabeza, Amazon Prime, HBO Now, Hulu, FX, Starz, etc. han multiplicado sus cadenas de producción para intentar seguir la estela del gigante de Ted Sarandos. Si en su división cinematográfica su estrategia por saturar el mercado ha dado inesperados logros, su producción seriéfila ha dejado bastante que desear (salvo una sola excepción incluida en esta lista) dejando de manifiesto una política de producción a granel por encima de consideraciones de calidad. Ese ha sido de hecho el gran paradigma de la década, especialmente a partir del segundo lustro, un abultado cargamento catódico de menor impresión en la epidermis y en la retina del seriéfilo, la conocida como “Peak TV”.

El período 2010-2019 ha supuesto también el de la partida de la tercera edad de oro de la televisión. Un espacio intermedio en que hemos despedido las grandes series arrastradas de la pasada década, y, cuyo relevo, no ha resultado, ni muchos menos, tan impepinable ni gratificante. En este punto de inflexión, marcado por el cierre de largos e influyentes seriales (en los puestos altos de la lista que sigue), también hemos visto como canales de cable insignia, como AMC, quedaban desterrados a un segundo plano, arrinconados por estas plataformas adheridas al turbocapitalismo que prioriza la cantidad a la calidad. Todo lo descrito no pretende ser una visión agorera, y hasta siniestra, del estado televisivo. De hecho, grandes series, miniseries y docuficciones han alentado la masa gris de muchos televidentes. Nuevas voces desprejuiciadas, frescas, ingeniosas, han irrumpido en las parrillas como un catalizador necesario en tiempos de saturación y afiliación adictiva. Donald Glover, Aziz Ansari, Lena Dunham, Jill Soloway, Sam Esmail, Phoebe Waller Bridge o Dan Harmon han tomado el relevo con anhelos rupturistas e innovadores.

Con respecto a esas prácticas que buscan una afiliación con métodos de dudabilidad ética, Netflix ha marcado la pauta de nuevo. Su estrategia ha quedado definida desde los inicios por un alud de contenido que mantuviera a sus suscriptores agarrados a su plataforma, a veces dilapidando mayor tiempo en la elección que en el propio consumo. En ese último punto han centrado la propagación de desvíos y excesos de consumo que mantuvieran a los usuarios pululando el mayor tiempo en su plataforma sin desviar la vista y el bolsillo a los de la competencia. Primero fue con su política de estrenar los contenidos en avalancha, todo el lote de la temporada de una tacada y al alcance de un clic. Una sobreoferta que condujo a nuevos hábitos como el cacareado binge-watching. Algo que incluso ha interferido en el lenguaje de la series y su estructura por módulos y temporadas – la pérdida de importancia del cliffhanger, por ejemplo-, pero especialmente en la calidad de estas. Netflix ha conquistado el mundo y el consumo de ocio con un estrategia agresiva basada en la McDonalización de la ficción televisiva, algo que paradojicamente han intentado atenuar, desde hace poco, en su rama cinematográfica tal y como explicábamos aquí.

Por suerte HBO, su gran competidora junto a Amazon, se ha adaptado al nuevo ecosistema online sin perder su compromiso con la calidad, esa insignia de “It’s not Tv, It’s HBO” que sigue enarbolando en tiempos de ingesta, tal y como denota la inclusión de varios de sus seriales en la lista que sigue.

Otra de las claves de este período ha sido la normalización del talento cinematográfico en la parcela televisiva. Lo que en la década anterior eran sorprendentes y celebradas excepciones, en esta se ha consumado ese transfuguismo de parte del séptimo arte que ha visto en el nuevo medio una libertad creativa que Hollywood le negaba. De hecho, ha habido un cambio de tornas entre ambos mundillos. Si el cine estadounidense ha optado por acoger la serialidad en sus blockbusters (las sagas Marvel), el mundo de la serie ha afianzado su apuesta por la autoría – tendencia explotada a finales de la década de los 10-, dando la libertad a ciertos creadores  para desarrollar sus historias e inquietudes artísticas sin limitaciones de formato ni duración, pudiéndose así recrear en una dilatación y detalle en el dibujo de los personajes y las tramas de difícil comparativa en el cine comercial actual.

Por su parte, a escala nacional, la llegada de Netflix a España en 2015 conllevó un efecto colateral de gran relevancia. Con su aterrizaje – anteriormente solo habitaba Filmin por estos lares – los otros grandes gigantes del mundo VoD le siguieron en su alunizaje en mercado español, muchos de estas estableciendo filiales en nuestro suelo. También propició y afianzó a Movistar + como la respuesta seria desde estas coordenadas, siendo la primera gran plataforma espaóla en apostar por la producción propia. Le siguieron Netflix, Amazon Prime y HBO con contenido propio para el mercado peninsular, el europeo y hasta algunas producciones con un alcance planetario impensable. Ninguna de estas ha alcanzado el Top que sigue, pero no hay duda de que la ficción española ha pegado su salto más abismal de su historia, pasando con nota las inspecciones de calidad y acelerando y multiplicando su capacidad de producción dentro del engranaje audiovisual del país. Fantásticas noticias que, sin duda, quedarán destripadas con la crisis del Covid-19.

Disrupción que habrá que dilucidar con mayor exactitud en el resumen que defina la década a diez años vista, si es que esta destilería sigue abierta. Por el momento nos centramos en las series que inyectaron las notas de estímulo más perecederas de los últimos diez años. Estas son las mejores series del período 2010-2019.

25. Treme (HBO)

Showrunners: David Simon y Eric Overmyer

24. Coincoin y los extrahumanos (Arte France)

Showrunner: Bruno Dumont

Coincoin and the extra human

23. Review (Comedy Central)

Showrunners: Jeffrey Blitz, Andrew Daly, Charlie Siskel

Review first season

22. The Deuce (HBO)

Showrunner: David Simon y Geroge Pelecanos

21. Juego de tronos (HBO)

Showrunners: David Benioff y D.B: Weiss

Juego de tronos 7x05

20. This is England (Channel 4)

Showrunner: Shane Meadows

This is England 90

19. Transparent (Amazon)

Showrunner. Jill Soloway

Transparent 3x01
18. Utopia, temporada 1 (Channel 4)

Showrunner: Dennis Kelly

utopia horizontal

17. Mildred Pierce (HBO)

Showrunner: Todd Haynes y Jon Raymond

16. The Shadow Line (BBC Two)

Showrunner: Hugo Blick

The shadow line

15. Better Call Saul (AMC)

Showrunners: Vince Gilligan y Peter Gould

14. Mr. Robot (USA Network)

Showrunner: Sam Esmail

Mr Robot- 2.0

13. The Vietnam War (PBS)

Showrunner: Ken Burns y Lynn Novick

La guerra del Vietnam

12. Atlanta (FX)

Showrunner: Donald Glover

Atlanta season 2

11. Louie (FX)

Showrunner: Louis C.K.

Louie temporada 4

10. Gomorra (Sky Atlantic)

Showrunner: Roberto Saviano

La única ficción europea capaz de desestabilizar el imperio anglosajón la edificaron los italianos con esta impecable adaptación de la novela homónima de Roberto Saviano que sacudió medio planeta con su descarnada y rigurosa inmersión al inframundo criminal napolitano. Tras una más que aceptable adaptación cinematográfica por parte de Matteo Garrone, el explosivo material se trasladó a los feudos televisivos para dar canje al mejor serial criminal que haya sufragado Europa en décadas. Gomorra sacudía la mente del espectador con un realismo acerado, una exploración sin cortapisas del mundo antiético, avaricioso y despiadado de la Camorra. Una serie que no relucía tanto por su adaptación a los resortes dramáticos, muy emparejados con las doctrinas sobre la mezquindad humana que Shakespeare ilustró siglos atrás, sino por una exploración antropológica de esta lacra instalada y normalizada en ciertas regiones y esferas del país transalpino. Lo llevaba a cabo mediante un impecable, frío y siempre fiel dibujo de sus ambientes desalmados, de las fechorías criminales perpetrados por sus cutres sicarios y capos. Rodado en localizaciones reales y peligrosas de Nápoles, hablada en napolitano, interpretada por actores no profesionales, todo en este producto emana un realismo bruto que hiela la sangre, como sus estallidos repentinos de violencia que aturden y golpean la nuez a cada balazo. Poco importa que sus mecanismos y sus tramas se hayan apagado un poco en las dos últimas temporadas, las dos primeras no tienen nada que envidiar a la mejor producción televisiva de la década.

 

9. The Knick (Cinemax)

Showrunners: Jack Amiel, Michael Begler y Steven Soderbergh

The knick piloto

En una pausa de ese retiro de falso con el que lleva amenazando desde tiempos innombrables, Steven Soderberg (con el apoyo de Cinemax) se sacó de su chistera uno de los artefactos más demoledores y punitivos de la década. Jack Amiel, Michael Begler y el cabrón que dirigió Contagio explosionaron el drama médico (o sea, se miccionaron encima de Urgencias o House de turno) con un descarnado drama ubicado en el Nueva York de principios del siglo pasado de la mano de los avatares sudorosos, sangrientos y narcóticos de un personaje de proyección icónica desde el primer momento que pone su pezuña en la serie. El producto reflejaba con un realismo y una crueldad inusitada (borbotones de vísceras y metros cúbicos de sangre que hacían palidecer hasta el mismísimo Tarantino) el alumbramiento de la ciencia médica en los albores de ese Nueva York atrapado en dos períodos:  el bubónico e insalubre, y el que se abría paso hacia la ciencia y la modernidad. En medio, este remolino que acapara la cornea en sus salvajadas dentro y fuera de Knickerbocker. Todo ello empaquetado bajo un efectismo bien justificado: una textura digital y una partitura quirúrgica de Cliff Martínez muy apropiadas para el relato y para penetrar en la mente inquieta y tormentosa – con sus estallidos de genialidad – de este antihéroe de alargado recuerdo que interpretó un Clive Owen en modo pletórico. Como tan certeramente señaló Kiko Amat en esta pieza, una serie “llena de opio, sífilis y morfina estaba claro que no iba a durar”. Fueron dos temporadas, pero menudos dos viajes.

 

8. Mindhunter (Netflix)

Showrunner: Joe Penhall

Mindhunter temporada 2

Desde su llegada a Netflix hace tres años, con uno de los openings más memorables que uno recuerda de este período, Mindhunter dejó bien claro su intención de ser distinguida como el bocatto di cardinale entre la basura de ficción que se amontona en Neftlix. Con Joe Penhall y David Fincher como comandantes en jefe – y con su Zodiac en el retrovisor  – pronto la ficción entró por los ojos gracias a su impecable factura cinematográfica. A estos estándares de calidad se acopló un thriller policíaco que precisamente no tenia ni un ápice de thriller, más bien de un procedimental, cocido a fuego lento, alrededor de las bambalinas de un equipo especial del FBI cuyo modus vivendi pasa por hacer un registro de los patrones de los serial killers de una época (los 70) fructífera en ese campo. Una carta jugada por la buddy cop más carismática de los tiempos recientes, engrescada, buena parte del metraje, en interrogatorios con mitos de la crónica negra más salvaje de los Estados Unidos. Esas señas de una serie singular, de ritmo pausado, y apego por los diálogos y el dibujo de los personajes en lujar de la tensión o el malestar pesadillesco atribuible al subgénero policíaco en su divisió den asesinos en serie, se amplificaron con una segunda temporada superlativa, especialmente, en la inmersión obsesiva alrededor de los asesinatos que aterrorizan la comunidad negra de Atlanta, y las grietas personales y familiares que comporta ese caso en el memorable dúo protagonista. Una línea ascendente que ha sido cortada en su momento álgido por culpa de los compromisos de agenda de David Fincher, algo que aplaza, y quizá entierra para siempre, su tercera temporada.

 

7. True Detective, temporada 1 (HBO)

Showrunner: Nic Pizzolatto

La conceptualización ligada a True Detective implica que cada temporada pueda ser examinada como una entidad propia, desvinculada de las otras; con una nueva pareja protagonista, arcos, tramas y líneas temporales y espaciales diferenciadas. Lo único que conecta a las tres temporadas es la presencia de Nic Pizzolatto (el showrunner) y el apoyo logístico de la HBO. Por eso su primera temporada merece estos puestos de honor, como le corresponde a una de las llegadas más atractivas de la década acotada. Mientras que la segunda merecería formar parte de la lista del deshonor y la tercera…mmm, pues…la más pura indiferencia. Pero dediquemos este espacio a rendir tributo al neo-noir rural más sugerente, fascinante y atmosférico de la pasada década. Un tour hipnótico por las estepas más turbias y empobrecidas de Louisiana de la mano de una pareja de policías de rastro imborrable: Rust Cohle (un colosal Matthew McConaughey) y Martin Hart (Woody Harrelson) engrescados en una trama noir de asesinatos sin resolver que despedazan la moral y la cordura, latidos existenciales y una turbiedad aturdidora en su construcción de personajes y ambientes, especialmente en esas atmósferas que colindaban con el terror rural y el American Ghotic. Esos diálogos excelsos  que soltaba Cohle en los interrogatorios mientras hacia papiroflexia con latas de Pabst eran la expresión clarividente de la grandeza inmiscuida en este serial que se perdió en las entregas que siguieron.

 

6. The Night Of (HBO)

Showrunners. Steve Zaillian y Richadr Price

the night of

El otro drama criminal de la década venía chapado por el quehacer incuestionable de viejos zorros.  Steve Zaillian y Richard Price se presentan como principales valedores de esta bajada a los infiernos de un inocente joven musulmán en el Jo qué noche! más duro y cabrón de su existencia. Una cadena de infortunios con cóctel de barbitúricos, sexo y sangre de por medio que termina lanzando a este personaje a una catábasis por un laberinto angustioso y despiadado de comisarias, tribunales y prisiones de máxima seguridad en el Nueva York actual. En su infernal trance por estos estadios, una mutación creíble gracias a la mayúscula interpretación de Riz Ahmed. Mezcla de policíaco, drama judicial y carcelario, con un John Turturro en estado de gracia como necesario contrapunto cómico (y respiradero de oxigeno), The Night Of se encuadró en las miniseries más brutales y demoledoras de la promoción 2010-19. Uno de esos visionados que ata varios nudos marineros en la nuez.

 

5. Girls (HBO)

Showrunner: Lena Dunham

A algunos la mera pronunciación de Lena Dunham les produce urticaria, y más allá de ese personaje público acaparador de odios y disgustos (en un perfil muy bajo desde hace unos años, por cierto) es indudable su peso en el tejido de la ficción televisiva de los últimos diez años. Fue ella quien allanó el camino a Phoebe Waller.Bridge, Desiree Akhavan, Jill Soloway, el tándem Illana Glazer y Abi Jacobson y toda esa retahíla de showruners cómicas con su escozor existencial y sentimental a cuestas. Una distinción adquirida como portadora de esa chapa de voz generacional que cosechó mediante la articulación de una mirada femenina sin tabúes ni mordidas de lengua. La frescura y desnudez con la que retrató las correrías sentimentales de cuatro chicas en la veintena sobreviviendo a los golpes vitales  en un Williamsburg en proceso de gentrificación se transmitió en ancho de banda hacia millennials de todo el globo, de todo género y raza, por muchos que los problemas fueran de índole distinta a las pijerías neoyorquinas.  Su deslenguada, despreocupada, divertida, pero a su vez, tierna y elocuente mirada confesional (el “Yo confesional”, otra de las claves dramáticas del período que nos atañe) se cristalizó en un producto más sutil, maduro y compacto que lo que a priori se podría desprender de esas desventuras de unas blancas privilegiadas en el Nueva York de la pasada década, y que algunos redujeron (erróneamente) a una reactualización de Sexo en Nueva York. Dunham lo desmintió a lo largo de seis temporadas, algunas imperfectas, otras de gran calado emocional,  impartiendo una valiente nueva mirada femenina sobre un producto cuyo recargo emotivo no iba solamente dirigidas a ellas, sino a su generación, e incluso, más allá.

 

4. The Jinx (HBO)

Showrunner: Andrew Jarecki

El True Crime ha sido otras de las constantes de este período. Se han acumulado (tanto en ficción como en no ficción) propuestas de este perfil con las que desvestir las vergüenzas e incomodidades de la primera potencia del mundo en materia criminal, judicial y carcelaria. Si bien el producto medio cumple (más o menos) con su función de despertar consciencias, agitar la bilis y entretener mediante unas formas muy empaquetadas y algo empobrecidas, hubo una anomalía que sobresalió para erigirse en el culmen de este subgénero. Me refiero a The Jinx, una docuficción perpetrada por el reputado Andrew Jarecki (vean también su estremecedora Capturing the Friedman) sobre uno de los villanos más putrefactos y terroríficos que hayan pasado por delante de una cámara. Siguiendo las correrías impunes de este a lo largo del tiempo, Jarecki intercambió su rol de documentalista por el de detective para destapar el hedor siniestro y aterrador que escondía la mirada gélida de este asesino cuya verdadera naturaleza quedaba expuesta con el más inocente de los traspiés, uno de los giros finales más demoledores y alucinantes que quien escribe recuerde. Ese que de haberse cometido en el plano de la ficción no hubiera resultado creíble. The Jinx se convirtió así en el faro de un género de amplia aceptación y popularidad que la HBO consiguió dar un volumen más apasionante y consistente con esta producción de tremendos vaivenes en la epidermis. Han pasado cinco años de su visionado, y servidor sigue sin borrar la mirada de este pérfido millonario mirando a cámara con la indiferencia que solo atesoran los psicópatas.

 

3. Breaking Bad (AMC)

Showrunner. Vince Gilligan

Breaking Bad Live Free or Die

Vince Gilligan inició el recorrido por una de la señas totémicas de la pantalla inteligente reciente en 2008, pero no fue durante la década que aquí se analiza cuando su artefacto consiguió impulsarse hacia  la estratosfera y convertirse en un indispensable del menú gourmet en comedores globales. Y lo llevó a cabo mediante este hilo argumental que atendía a un profesor de química anodino y gris convertido, de la noche a la mañana,  en traficante de cristal con la voluntad de dejar un colchón financiero a su familia cuando el cáncer diagnosticado se lo llevara por delante. Aunque tras esa muta de piel en realidad se aclaraba el dibujo de las prácticas neoliberales en el submundo criminal de Alburquerque. Porque lo que empezaba con un viaje al lado oscuro con intenciones loables (o de cómputo inmoral menos agravante), quedaba pronto violentado en una mutación al antihéroe por antonomasia, superado por la avaricia, la tozudez, la adrenalina, la arrogancia intelectual o lo que fuera que llevara a Walter White a acomodarse en su rol de Heisenberg. Todo ello fue plasmado por un vertiginoso pulso cinematográfico, actuaciones estelares, diálogos que quitaban el hipo, situaciones que desajustaban el marca pasos, y toda esa marca de agua tan genuina que se ha intentado repetir con desigual fortuna en productos que le siguieron. La astucia de sus creadores por enjabonar el drama criminal con la escenografía western, el policíaco tosco y demoledor y hasta tintes del mito superheroíco de abultados pliegues morales, desembocó en uno de los visionados más intensos y arrebatadores de ese período. Una de esas series que te sacudían y te dejaban la garganta seca por el polvo y la arenilla levantada por sus inolvidables personajes en un paisaje árido de turbulencias despiadadas.

 

2. Mad Men (AMC)

Showrunner: Matthew Weiner

Mad Men The Phantom

Otro de los cantos del cisne de la tercera edad de oro que iluminó la retina de muchos hasta su última exhalación en 2015. La criatura de Matthew Weiner fue desde sus inicios una anomalía en el flujo catódico. La travesía de Don Draper por los entresijos de Sterling Cooper disueltos, a su vez, por la efervescencia de una América en crisis, transformación y reajuste de valores, solidificó en uno de los tótems más sólidos de la televisión contemporánea. Abrigado por el melodrama de corte clásico – entre el cine de Douglas Sirk y la literatura de Richard Yates y los relatos cortos de John Cheever – Weiner trasladó el reflejo de la gran Novela Americana a una serialidad que a día de hoy – a pesar que no ha pasado tanto de su marcha – parece totalmente improbable, incluso inconcebible. De ritmo pausado, y detallismo expresado en las miradas, los gestos y los silencios de una galería de personajes ajenos a lo unidimensional, Weiner armó un gigantesco relato costumbrista, de puertas adentro, de la América en metamorfosis de los 60. Su genialidad se refugiaba en un subtexto poderoso y trascendental a la altura de los grandes narradores, sin distinción de formato ni periodo. Unas formas clásicas que, como la moralidad bienpensante y feliz de los primeros años de esa década, escondían un pulso transgresor canalizado en los impulsos oscuros y traumáticos de este self made publicista marcado por un pasado turbio y complejo. Mad Men quedará siempre sellada como una de las series más exquisitas y profundas del medio. Una que contribuyó en demasía a lo que se conoció como la tercera edad de oro.

 

1. Twin Peaks: The Return (Showtime)

Showrunner: David Lynch y Mark Frost

Twin Peaks 3x16

No es ya el puesto de honor que ocupe en este listado, sino el que ocuparía en una lista conjunta de cualquier disciplina artística, e, incluso, en una lista global de la ficción televisiva de todos los tiempos, maniatada junto a la producción original. La vuelta de Twin Peaks fue durante un tiempo un paisajismo de dudosa concreción al que agarrase como última esperanza ante un mundo en derrumbe creativo. Cuando finalmente Showtime apostó sin ambages por el retorno del universo creado por David Lynch, el asunto adquirió mimbres de acontecimiento. Y ya, con su llegada, se desplazó hacia la liturgia de valor intasable.  Si en la primera etapa el de Montana dinamitó el lenguaje televisivo en una época de conservadurismo generalizado mediante la explotación de una ficción que trascendió el medio, con su vuelta, 25 años después, repitió la intrépida jugada con otra dinamita alojada en los bajos del convencionalismo y las estructuras repetidas de la televisión comercial. The Return utilizó el mindfuck como unidad narrativa, la explosión narrativa aparentemente descontrolada hilada con una maestría al alcance de muy pocos, la obra cofre que no cesa en reescribirse y en brotar significado para indirectamente provocar oleadas interminables de tinta en un universo paralelo de semióticos dejándose la mollera para dar respuesta a la criptología de un genio. El ciclo inescrutable de una obra abierta y desafiante con ella misma y con quien se aboca a su universo transformador . La experiencia semanal alucinante a la que nos sometió durante meses se escapó al raciocinio para instalarse en el receptáculo de la experiencia sublime. El director de Blue Velvet no solo decidió no retomar la serie en su marco espacio-temporal más coherente, sacándose así de una patada esa carga nostálgica tan imperante en todo tipo de manifestaciones culturales presentes, sino que prefirió optar por hacer explotar de nuevo las convenciones televisivas y cinematográficas, así como cualquier paraje decimonónico (en ese sentido la serie estuvo más cerca de sus últimas obras cinematográficas que de la fuente original). Y lo hizo de entrada con lo que parecía un sabotaje a su propio universo, a la aura de fascinación y perturbación inherente a ese cruce imborrable de noir rural y soap opera, mediante la explotación de unas punzadas cómicas irresistibles, así como desconfigurando el mapa mental colectivo asociado a héroe principal de su odisea marciana. Una implosión de las expectativas, las convenciones y la linealidad narrativa, llevándola a incluso estadios más vanguardistas como el inolvidable capítulo 8 y su cronología del mal con trazos de cine experimental, pero también por las cargas de voladura dispuestas en el tramo final de este evento serial de 18 episodios. El último gran genio del medio audiovisual de nuestros tiempos se guardó un número final cuyo estruendo sigue resonando en la cocotea de todos los que quedamos petrificados y obnubilados con el último grito de Laura Palmer ahogado en el infinito. Una vez más, Lynch llevó su máxima del recorrido circular, las conexiones y la fascinación sobre lo insondable hacia estadios de placer cósmico. Twin Peaks, el retorno volvió a despedazar la forma televisiva para de sus añicos hacer una obra maestra fuera de consideraciones temporales, formato y género.


Leave a Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.