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Los momentazos seriéfilos de la década 2010-2019

posted by Omar Little 13 febrero, 2020 0 comments

El mero planteamiento de este post amenazaba con revelarse como una empresa agotadora. Rescatar esos instantes grabados en oro en las mentes de consumidor televisivo más ávido, aquel que se ha transformado en receptor y generador de mensajes en multipantalla, incidiendo así gravemente en su atención y en la posterior recomposición memorística de lo visto, parecía de lo más complejo. Sin duda, la forma de consumir televisión y ficción televisiva se ha visto alterada (y perjudicada) en estos últimos diez años; las plataformas han apremiado el consumo acelerado, la ingesta masiva sin saboreo, el atracón de recuerdo volátil. Es quizá por esto que la confección de esta lista no resulte a la postre tan complicada como de entrada se suponía. Simplemente se resiguen esos instantes grabados a fuego en la memoria del seriéfilo que toma aquí la palabra escrita, esos momentums que lo han hecho levitar del sofá para terminar gravitando alrededor de pasajes en los que todos los mecanismos implicados en la narración televisiva entraban en un estado de combustión sublime.

Próximamente sacaremos un listado con las series más impepinables de este mismo período, pero por el momento endulzamos el hipocampo con estos momentazos brindados por la inabarcable cosecha televisiva de la última década (hay spoilers, obvio).

El final de Mr. Robot (Capítulo 13, temporada 4/USA Network)

Su recuerdo sigue muy vivo entre los acólitos al producto que encumbró a Sam Esmail a la primera línea de los showrunners del país de las barras y estrellas. Su tirabuzón final, en un intento que podría haber desmontado todo el andamio previo, no solo resultó impecable y fínísimo, sino que reportó una cuantiosa llegada de líquido a los lagrimales. Ese plano de Elliot Anderson entrando en la sala de cine como espacio figurado del cerebro del hueste originario (aquel que había suplantado durante toda la serie), para ser llevado a un viaje de melancolía lisérgica (con el famoso trip alucinógeno de “2001” en el mapa de navegación), mientras el “Outro” de M83 acrecentaba el efecto emocional sobre unas imágenes que nos atizaban la epidermis por semanas, meses, e incluso, fases de la vida. Un final apoteósico como colofón a una serie que no gozó de la admiración merecida.

 

La (auto)cirugía de John Thackery (Capítulo “This is All We Are”, temporada 2 de The Knick/Cinemax)

The Knick se convirtió en esa anomalía impulsada por Cinemax bajo la batuta autoral de Steven Soderberg que se asemejaba a un film victoriano pero dominado por una mente perversa y enfermiza. Como si Ragtime hubiera sido infectada por un virus llamado  Lars Von Trier. Entre sus muchos logros estaba ese avezado médico yonqui sobre el que giraba la trama principal. Un Dr. John Thackery correspondido por un inmenso Clive Owen, antes de caer en desgracia en papeles insuflos. Y en sus fraseos más penetrantes, y hazañas más impensables entre las paredes esterilizadas de ese hospital neoyorquino, estuvo ese taquicárdico final de la segunda temporada, con el mismo dirigiendo la operación a cuerpo abierto (con la ayuda de unos espejitos muy bien dispuestos, eso sí) mientras intentaba no caer desmayado ante ese festín de vísceras, sangre a borbotones y calmantes vía venosa, como siempre, por propia prescripción facultativa. Lamentablemente, ese tremendo cliffhanger nunca tuvo continuidad, porque la serie fue ajusticiada. No fue el único momentazo de su corta trayectoria por las ondas catódicas; el año anterior también ofreció un tremebundo final de temporada, otro cliffhanger de los que dejan a sus desdentados subscriptores con una bolsa fecal inesperada. Ese plano a traición de un Thackery ingresado en una clínica de desintoxicación que, en lugar de la metadona que se podría aplicar en estos días, se le suministraba, para intentar paliar el mono de sus múltiples adicciones, la más cabrona de todas las drogas: esa heroína que deja tumbado y con un rostro de satisfacción al protagonista de este añorado serial.

El “Modern Warfare” de Community (Capítulo 23, temporada 1/NBC)

Eran otros tiempos. Por entonces la serialidad cómica se despeñaba hasta los 24, 22 o 20 capítulos por temporada sin causar malestares en la agenda. Eran aquellos tiempos en que una legión de fanáticos perdimos la chaveta con un producto sitcomero que se meaba en convenciones, formalismos y géneros. Una tralla de multireferencialidad (cazar todos sus citas y homenajes pop era como abarcar todos los estímulos lumínicos en un paseo nocturno por Shinjuku ) y metalingüismo que tuvo su súmmum con la ida  más alocada que haya parido la comedia televisiva en la pasada década. Un despiporre de referencias a través de una competición de paintball en el propio campus capturada en bullet time a lo John Woo e interfaz del FPS del que tomaba prestado el título del episodio. Un delirio pop que ponía de manifiesto, en sus cotas más altas (y desquiciadas), la elevada imaginación que regía este producto que fue perdiendo fuelle con el transcurso de sus temporadas. Pero antes, Dan Harmon, clavó su pica en el hipocampo nerd con capítulos como el que aquí descrito.

El angustioso tiroteo de Hank en el aparcamiento  (Capítulo “One Minute”, tercera temporada de Breaking Bad/AMC)

Elegir entre un solo recuerdo imbatible de esta serie de caudal ilimitado en cuanto a sensaciones, escalofríos y tics nerviosos es como La decisión de Sophie de los millennials sedentarios. Toda la trama de la inolvidable “Ozymandias” o el pico demoledor de su final (“Felina”), anexionado de por vida al estribillo de “Baby Blue” mientras en zoom out cenital se nos alejaba para siempre de Walter White, merecerían, sin duda, ocupar esta distinción. Sin embargo, a un servidor aún le retumba el estruendo de pánico, angustia y desespero con el que los guionistas acorralaron a sus adictos seguidores en un lejano 2010, cuando en el último tramo del final del episodio 7 de la tercera temporada, el corazón y sus válvulas quedaron al borde del colapso en el momento en que Hank se ve atrapado en una ratonera dispuesta en un parking de un centro comercial donde irrumpían los dos cabritos gemelos mexicanos, sí, los del rictus hierático pero de métodos salvajes. La misma dupla que le intenta dar caza sin que Hank pudiera proveerse ni siquiera de una arma de su guantera (justo había sido suspendido y se le había retirado). Una explosión de cine negro bronco, salvaje y taquicárdico que golpeó la nuez de quien escribe hasta convertirla en moscada. Otro fogonazo noir de estruendo eterno para esta serie de mil voltios.

“La batalla de los bastardos” en Juego de Tronos (Capítulo 9, temporada 6/HBO)

Juego de tronos 6x9

El regadero de instantes para la gloria que dejó el buque insignia del fandom seriéfilo y de la HBO durante ocho años resulta alargado. Sin embargo, encontrar  consenso sobre que escena, capítulo, o martinada esparció más sesos y activó más exabruptos en sofás y salones planetarios, así como ayudar a sentar el canon de lo que debería ser el fantástico medieval, resulta una tarea más que jodida. Bodas de sangre, las guillotinas y envenenamientos múltiples tendrán su espacio innegociable en el corazón de muchos, pero para un servidor, el mayor placer de la serie de los Wenioff  fue ese festín de épica medieval desplegado en la batalla de los bastardos (ay los números 9) de la sexta temporada. Una acción épica sin cuartel donde se dejó claro (y no era la primera vez) que la ficción televisiva y los medios volcados en algunas series ya no tenían nada que envidiar a los blockbusters hollywoodienses. Qué mierdas, al revés, fue la avanzadilla a la que muchas producciones cinematográficas, desde ese momento, soñarían con asimilarse.

La confesión de Robert Durst en The Jinx (Capítulo 6 “La segunda entrevista”/HBO)

El vuelco de los acontecimientos que auspició a The Jinx como el true crime referencial de la década no entraba ni en los mejores propósitos de las escuelas de guion más prestigiosas del plantea. El modo en que Robert Durst, en una micción sin aparente trascendencia, plantaba un twist de voladura de Goma 3, dejando de paso sin posibilidad de apelación la mezquina y terrorífica personalidad que se escondía detrás de esos ojos de frialdad paralizante, se encuentra en los momentos catódicos más alucinantes y terroríficos de la televisión moderna. Una confesión que aterra y seca la gola mientras uno repica en el teclado la proyección de su recuerdo.

La mirada reveladora entre Adam y Jessa captada por Hannah (Capítulo 7 “Hello Kitty” de la temporada 5 de Girls/HBO)

Lena Dunham y sus Girls dejaron cantidad de instantes recubiertos por esa melancolía áspera que supuraba un enorme caudal emocional. Uno de los instantes que más mella hicieron en las pupilas de quien escribe tenía lugar en una obra teatral alternativa de Brooklyn en la que Adam, Jessa y Hannah se citaban. En un momento, Hannah, desde una parte del entramado montado en un bloque de edificios, capta una mirada delatadora entre Adam y Jessa con la que descubre sus peores temores alrededor de su gran amor y una de sus mejores amigas: esa chispa romántica cazada como señal inequívoca de sus peores augurios. Los mismos que momentos después intenta digerir en silencio y en la soledad más punitiva. Una nota astral de esos resortes dramáticos con los que su creadora emancipaba su comedia generacional hacia derroteros más elevados, al alcance de pocos.

“Teddy Perkins”  (Capítulo 6, temporada 2 de Atlanta/FX)

Otra de esas series que uno se deja el pescuezo para determinar su piedra rosetta. La serie maquinada por Donald Glover rezuma ingenio superdotado en capítulos de desborde imaginativo. Uno de los hitos de su liberada narrativa la lubricó con Teddy Perkins, ese episodio en que uno de los personajes se infiltraba en una tétrica mansión habitada por un fantasmagórico y decrépito personaje, a medio camino entre “El fantasma de la ópera” y la ensoñación de un Michael Jackson menos vomitivo que el retratado en Leaving Neverland. Una incursión al terror de alta tasación narrativa, inesperado vuelco y consistentes resortes dramáticos en los interiores de esta lúgubre mansión forrada con materiales del mejor audiovisual contemporáneo que uno se pueda echar a las córneas.

El vía crucis etílico en The Virtues (Episodio 1/Channel 4)

No tendrá el alcance emocional de otros registros de esta entrada (de hecho su concepción como miniserie la limita en este aspecto) pero la maestría con la que Shane Meadows y el superlativo Stephen Graham nos sumergían en la toxicidad nihilista del alcohol como combustible de un ardor interno insostenible, resultó, llanamente, extraordinaria. Un puntapié en el hígado cuya herida sigue sin sanar.

El final de Twin Peaks: The Return (Parte 18/Showtime)

El grito más desgarrador de la historia televisiva recuperado en un escenario cambiante, al principio, incluso, irreconocible, pero interconectado en muchas capas con su relato original. Un “What year is this?” de desconcierto epidérmico. Un grito terrorífico ahogado en la inmensidad de la existencia, y arrastrado en interrogante por la eternidad, tal y como le corresponde a los misterios irresolubles gestados por un genio de la imagen en movimiento.  Y ese apagón final. Ay ese apagón, propagado en contra de su voluntad por el resto de ficciones, plataformas y creadores contemporáneos. Ya nada volverá a ser igual para la televisión de calidad.


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