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Primeras impresiones: Sex Education

posted by Omar Little 10 enero, 2019 0 comments

Sex education

La plataforma de Reed Hastings y compañía siguen nutriendo a mansalva su catálogo con series de dudoso interés y reducidísimo poso. Una de las próximas en encajar bajo esos parámetros es Sex Education, a disposición de sus suscriptores a partir de mañana 11 de enero.

Sex Education se edifica como un clásico coming of age de aulas cargadas de hormonas y feromonas, inspirada por la larga tradición del cine y la tele yanqui aunque el producto sea inglés, lo manejen ingleses (creada y escrita por Laurie Nunn y dirigido por Ben Taylor) y esté ambientado en alguna zona geográfica inglesa. Su premisa pivota alrededor de Otis, un chaval virgen de 16 años acorralado por el marasmo calenturiento de su entorno y por una madre que resulta ser una gurú sexual y que tiene la habilidad de comprometerlo delante de sus colegas. Clásico retrato de un outsider virginal en un entorno escolar malcarado que busca la atención de la chica “especial” y el ascenso en popularidad. La particularidad aquí la introduce esta madre experta en sexo que interpreta Gillian Anderson. Pero, prácticamente, en esta premisa (más o menos) jugosa quedan reducidas las esperanzas de este producto tallado para el consumo ligero. Su supuesta pátina de incorrección resultaría irrisoria si no fuera por las sacudidas de carne en pantalla – ya en el primer partido se muestran tetas, penes, escrotos y unos adolescentes en plena acción coital  Sin embargo, ese descaro explícito queda menguado por sus tramas inocuas, sus personajes arquetípicos, su humor inofensivo, por no decir, inefectivo. Toda la serie la rodea una mancha a déjà vu difícil de lavar por mucho que se incline hacia los vientos de corrección actual (quizá por eso no hay rastro de mala baba); no falta el personaje gay negro ni parejas del mismo sexo. Es superada con creces por un referente cercano como Red Oaks (por mucho que esta fuera más conservadora con el destape, como se supone, por otro lado, a un producto de entretenimiento yanqui), la cual, a su vez, buscaba reflejarse en la filmografía de John Hughes.

Tampoco se avista (en sus dos primeros capítulos al menos) esa llama, removida por la nostalgia depuradora o glorificadora, que convierte el material en algo pasional o emotivo, propio de esos estadios adolescentes tan intensos, terroríficos y definitorios. No ayuda la labor interpretativa de Asa Butterfield y su insípida presencia y, mucho menos, su compañero de fátigas. De hecho, hay pocos colegas de pellas y pajas rescatables en esta escuela volcada en el ñaca ñaca y sus complicaciones.

Estamos pues ante el clásico producto de consumo de Netflix sin mayor prestación ni función que la de sustraerte de tu propia realidad durante un rato…sin más.


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