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¿Qué ocurre con Juego de Tronos?

posted by Omar Little 16 mayo, 2019 0 comments

El próximo domingo concluirá el que, probablemente, termine siendo el último gran fenómeno seriéfilo de escala planetaria – el paradigma de consumo avivado por Netflix facilitará que así sea. Juego de tronos llegará a su fin con unos datos de audiencia históricos tras ocho temporadas atizando la consciencia colectiva. Sin embargo, y como se habrá cerciorado cualquier ser humano con un pie en las redes sociales, o lector de medios digitales, la última temporada ha levantado una llamarada de odio y adhesión a partes iguales, difíciles de igualar en la historia reciente del medio. Posicionamientos polarizados y aireados como si una turba colérica se dirigiera amenazante a quemar las oficinas de HBO y los domicilios del tándem David Benioff y D.B. Weiss, o por el contrario, a defenderlas con su vida. Un incendio visceral propagado a través de esas riadas “interneúticas” que elevan el tono y que han encontrado su ignición en el arranque de la última temporada. Pero es que además, estas reacciones hiperventiladas encuentran su marco propicio en estos tiempos donde la pasión futbolera, el forofismo y la hinchada más radical han invadido otros estamentos de la sociedad, especialmente la política… ante este contexto…¿cómo  un producto de consumo masivo que genera tal remolino de emociones iba a sortear la crispación ruidosa?…pues no lo ha hecho. Si Norte y Sur nunca se van a entender (valga esto también para el plano real), los adoradores y los haters de la serie están también condenados a enfrentarse y a no encontrar puntos de entendimiento en su cada vez más extremada visión personal de lo que sucede en sus pantallas, fruto de esa emoción a flor de piel que los lanza a emitir valoraciones sobre todo y a quedar arrinconado en sus opiniones extremas – Twitter lleva años diseñando el campo de batalla idóneo.

Víctimas de una atmósfera de crispación global (muy encrudecida en las redes sociales, y canalizada por nuevo fenómenos políticos), ¿de verdad hay tantas fallas en la última temporada de Juego de Tronos?…. Veamos si el brote de histerismo hater a razón de una serie que tanto placer ha inoculado en nuestras retinas está o no justificado.

El penúltimo capítulo de la serie de la HBO ha sido la gota que ha colmado el vaso para muchos aficionados, sin esperarse ni siquiera a la resolución planteada en el último episodio – es tal el nivel de decepción y cólera que han abierto un charge.org pidiendo a la HBO la repetición de la última temporada. La insatisfacción de escatimar muertes memorables a la altura de los personajes más míticos, el diabólico rumbo tomado por Danny, o lo fácil que ha resultado la toma de Desembarco del rey, y la previsibilidad de lo ocurrido, han sido algunas de las principales causas de esta metralla de cólera vomitada en las redes sociales.  Aunque las insatisfacciones venían de antes, de toda una temporada que se ha movido bajo un esquema narrativo acelerado y apresurado, descuidando ciertas señas que hacían que Juego de Tronos se mantuviera en el altar de muchos. Algo que empieza a hacerse palpable en la pasada temporada, cuando sus responsables, David Benioff y D.B: Weiss, deciden mutilar el formato de diez capítulos y pasar a los 7 de aquella y los seis del actual. Aunque el verdadero origen de todo este embrollo, de la bajada de apreciación (este sería el punto de consenso entre defensores y detractores, ¿verdad?), tiene su marca cronológica en el momento que la serie sobrepasa el recorrido ideado por George R R. Martin y emprende el vuelo en solitario. Ahí empezó a insinuarse una pérdida de la esencia y, especialmente, de la valentía, ambas agravadas ahora con los guiones de ciertos capítulos y el desarrollo brusco de algunos personajes, enterrando la sutilez de los diálogos y las acciones de doble (o ambigua) intencionalidad, en definitiva, esa cocción lenta que forjaba sin costuras los valores y motivaciones de sus carismáticos personajes. Algo que ha quedado reflejado en el cambio de valor de Danny, insinuado en muchos instantes de la serie, sí, pero repentino y apresurado si lo valoramos desde la perspectiva de cómo ha transcurrido la temporada. Solo hay que tomar como referencia la muerte forzada de Missandrei para entender la torpe dinámica narrativa de la temporada.

Otro de los inconvenientes de la presente campaña ha sido,  y ya apuntada en la anterior, su amoldamiento al fan service. La ficción, desde que se desacopló de su creador, ha optado por contentar al fandom, generando, paradójicamente, la apreciación contraria. Esto se ha visto en el arco de algunos personajes, en un tiempo en vida alargado más allá de lo imaginable (la vuelta de Jon Snow hizo daño para quien escribe) y en cierto recorrido previsible bajo esa asunción. Por eso, defiendo a ultranza el vuelco perpetrado en el penúltimo capítulo, no la manera de llegar a este, pero sí ese vuelco a villana de un personaje querido, hasta el punto de que padres de medio mundo pusieron su nombre en las cartillas de nacimiento de sus niños. Y quizá aún más meritorio, el conseguir activar misericordia (o hasta pena) hacia la arpía de Cersei (eso es un giro de expectativas sin duda loable). Pero también es sintomático que algo falla cuando se habla más del gazapo placement o de la fotografía oscura de “La larga noche” que del avance narrativo de la serie o de las emociones que suscita. La última temporada ha dejado dos batallas memorables, a un nivel técnico que no le tose ninguna producción cinematográfica hollywoodiense. También algo previsibles, sí, y por debajo de otras cumbres de tensión y épica de la ficción, pero que en ningún momento han socavado la identidad originaria (nada de piruetas ni de deus ex machina excesivos). Aunque también es verdad que han jodido al personal con tres capítulos que pocos seguidores van a recordar, algunos muy pocos limados a nivel de guion, y con una cotización en diálogos bajo mínimos. O sea, una manera de desperdiciar metraje justo cuando el espectador requería la máxima satisfacción.

Lo que resulta indudable es que Juego de tronos sigue siendo un producto de entretenimiento de alta gama, y así lo atestiguan las expectativas y el dolor o satisfacciones que genera. No se ha traicionado a si misma, sino que se ha adaptado renqueante y temerosa a las nuevas realidades de no poder seguir el hilo del gran mago de este relato (el carbón perezoso o simplemente el escritor superado por toda esta locura). Así que dejemos por un instante nuestras posiciones extremas, y acabemos de disfrutar la última cena de una serie que tanto ha marcado a la cultura popular. Y si no convence la última carta, el lunes volvemos a vomitar fuego en nuestros perfiles y los ajenos…y sin ni con esas hallamos la paz interna, siempre nos quedará el regocijo de ver los brillantes memes que está dando esta temporada.

 


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