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Juego de tronos: Review 8×06 “El trono de hierro”

posted by Omar Little 20 mayo, 2019 0 comments

Todo llega a su fin, incluso Juego de Tronos. La popular serie de la HBO acaba de cerrar su periodo de dominio planetario.  Y lo hace  en una semana de dramática combustión, marcada por la crispación que generó el 8×05. Y no es que la última dosis vaya a resolver la disputa, sino que, sin duda, recrudecerá la tormenta de bilis que muchos haters, decepcionados con el rumbo tomado en esta última temporada, han ido descargando en las redes sociales de confianza.

Así que por última vez, siempre que la petición de change.org no prospere, pasemos a repasar las claves del último episodio de la serie.

Entrando en zona de spoilers.

El mismo que arranca con un primer plano de Tyrion – antes la temperatura corporal de ciertos aficionados crecía con el nombre de David Benioff y D.B. Weiss impreso en la ficha de la dirección del capítulo –  adentrándose en sepulcral silencio por la masacre de Desembarco del Rey. Detrás suyo Jon Snow y Ser Davos corroborando, mediante sus expresiones faciales, la atrocidad perpetrada por Dannys. El post-partido tiene su momento de tensión cuando este grupo se cruza con Gusano y Los Inmaculados a puntito de ajusticiar a los últimos soldados vivos (pero rendidos) de Cersei. Algo que se la suda fuerte al brazo militar de Danny, quien decide degollarlos una vez la petición de perdón de Snow no prospera y este sigue su tour por la zona catastrófica. Por su lado, Tyrion se desmarca de la cuadrilla para ir a los bajos de la Fortaleza roja y desenterrar el cuerpo de sus dos hermanos. Una instantánea que lo deja desolado.

En la siguiente secuencia se le acumuló trabajo a la directora de arte,seguramente buscando en la carpeta de Goebbels, a la hora de recrear la recepción de la flamante reina de Poniente por parte de Dothrakis e Inmaculados. Allí también se cita Jon Snow y una Arya que observa el percal desde la distancia. En su arenga acalorada se congratula de la victoria y aclara que la guerra no ha terminado, que seguirá recorriendo todos los rincones de los siete reinos para romper cadenas (aunque esta vez prefiere la metáfora de la rueda). Como invitado de última hora aparece Tyrion, quien se acerca a su reina para recriminarle la matanza perpetrada antes de sacarse y lanzar por las escaleras la clavija que lo acredita como Mano. La reina, por su parte, le echa en cara que le ha vuelto a traicionar al liberar a su hermano, y uno de los pocos momentos de tensión y angustia de todo el capítulo se desinfla cuando ordena su detención. Mientras que con Jon Snow apenas se cruzan una mirada antes de abandonar la pomposa escenografía. Con un Snow aún petrificado por lo que ha hecho a la ciudad su reina y amada, y observando a esta y a su séquito llevándose a Tyrion preso, sale Arya de las sombras y le deja entender de que Danny es peligrosa, que reconoce a una asesina, y le acaba de poner el miedo en el cuerpo cuando le dice que él siempre será una amenaza para ella.

Aunque el diálogo fundamental tiene lugar en los calabozos cuando Snow y Tyrion discuten sobre el cambio de actitud y modelo de la reina. Jon sigue mostrándose terco a traicionarla, mientras que el enano condenado a muerte dedica su tiempo a ponerle en alerta e intentar convencerlo para que le dé la puñalada. Y el mejor eslogan para convencerse lo suelta el propio Jon, “El amor es la muerte del deber”. Algo que parece calar en el bastardo como se ve en la siguiente escena.

Danny se regocija palpando el trono de hierro hasta la llegada de Jon Snow, a quien se aproxima mostrando su lado más dulce y convincente para que se una en su empresa por gobernar el mundo con mano de fuego. Sin embargo, él le echa en cara su sanguinaria actuación y la ausencia de piedad en su nuevo programa. Aunque más sorprendente es lo que sigue. Si para algunos el cambio a villana de Dannys del anterior episodio fue bastante repentino y mal desarrollado, el que precipita el desenlace de ese encuentro es de los que provocan riada de billis: en el momento de máximo acercamiento entre ellos, tras varios episodios distanciados, Jon le vuelve a profesar lealtad eterna a su reina, mientras le ofrece el beso de la muerte, un beso que acaba con la daga de este en el corazón de la reina de Dragones. Cae así la pieza clave de este último capítulo y sin ápice de emoción ni épica para mayor munición de los haters – el careto de Kit Harington mostrando la misma pena con Danys viva o muerta tampoco ayuda. Aunque más injustificable es lo que sigue, cuando Drogon se presenta en escena al sentir la muerte de su madre, y en lugar de calcinar al culpable, opta por quemar el trono hasta derretirlo. Un acto de moralina chamuscada donde el dragón nos viene a decir que la culpa de todo procede de la sed de poder. En ese clímax de despropósito he temido que hasta el dragón verbalizara esos pensamientos, pero no, se han cortado, y finalmente el bicharraco se lleva al fiambre volando hacia el horizonte. Y aquí procede el único giro del final, ese plano del dragón alejándose con el cadáver de su ama no era el plano final, el capítulo ha seguido con más insatisfacciones.

La season finale empieza una nueva sección (marcada por un salto temporal) con un Tyrion sacado por gusano de su mazmorra llega hasta una plaza donde se ha reunido la plana mayor de los Siete Reinos, incluyendo los Stark, Brienne, Ser Davos, Yara Greyjoy, Sam y algunos más. En esa reunión de la ONU de Poniente se debe decidir sobre la suerte de los dos presos ilustres. El propio Tyrion ahí presente, y un Jon Snow fuera de plano, a quienes, Los Inmaculados, con Gusano como representante, quieren ver muertos como acto de justicia a lo que le ocurrió a su reina. Otro gol de unos guionistas que pensaron que sería creíble que las fuerzas más leales de Daenerys no se cepillaran directamente a su asesino sino que lo pusieran entre barrotes a la espera de noticias favorables para este. Como nadie se pone de acuerdo, Tyrion encamina su suerte, y la de su amigo, dictando que es el rey el único que puede decidir sobre su futuro. Y como no hay rey ni reina, ni nadie se postula, Tyrion propone a uno que no estaba muy bien posicionado en las casas de apuestas, “Bran, el tullido”. Y lo hace apelando a la importancia del relato, su relato épico y fantástico que calará como algo irrompible, algo que parece hacerlo ante todos los presentes menos una Sansa que parece hasta querer boicotear el nombramiento de su hermano, aunque luego se aprecia que lo que busca es reinar con libertad en su casa. De hecho, se saca una enmienda de difícil comprensión que dispone que el Norte seguirá como un reino independiente  y que por lo tanto, el nuevo rey (su propio hermano), lo será de los seis reinos. Una extraña fórmula que permite a Sansa convertirse en la reina de Invernalia. Otra importante novedad, normalizada por la oratoria del enano, es que la corona, desde ese instante, ya no se regirá por la sangre y los descendientes, sino que reinará quienes las casas de los diferentes reinos elijan.  Por su parte, la suerte de Jon Snow pasa por perdonarle la muerte y condenarlo a volver a la muralla del norte. Un castigo leve sin duda. Definida la permanencia en vida de todos los personajes, el resto del capítulo se embarca en una suerte de epílogo sobre el destino de los personajes vivos: Sansa coronándose reina en el Norte, Jon llegando a la muralla y reencontrándose con su amigo pelirrojo, Arya embarcándose en nuevas aventuras hacia tierra inhóspita y sin documentar, Tyrion ocupando el lugar central en el consejo de ministro, donde el señor de medio Poniente, Custo Dalmau, tiene su silla, y donde Sam sigue siendo aportando la nota cómica (ahí sale con el libro de Fuego y hielo) Y así hasta llegar a un plano final de Snow y los salvajes adentrándose en zona remota del Norte con la sintonia de la serie de fondo. Un plano sin fuerza ni recarga emocional con el que se despide esta mega producción.

Así que, y lamentándolo mucho, no ha habido broche de oro como se merecía una seria de esta relevancia. Si el anterior decepcionó a muchos – no fue el caso de quien escribe -, no quiero imaginar la guerra que desatará este pese a cerrar con coherencia interna los grandes bloques de la serie: el honor de los Stark prevalece, la sed de poder enloquece y crea fascismo). Pero la decepción, además de decisiones de guión de difícil  justificación, la ha causado cierto aburrimiento, un alargamiento excesivo para despedirse de los personajes, que, a su vez, no han dado con ningún encaje emotivo ni  épico, como bien se merecían estos. Un capítulo anticlimático que confirma la deriva en negativo de esta última temporada, pero que por mucho que decepcione, no tendría que marcar el destrono de una serie que tanto ha ofrecido a lo largo de esta década. En unos años (o momentos) lo sabremos.

 


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