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Twin Peaks: Episodio 3×16

posted by Omar Little 29 agosto, 2017 2 Comments

Twin Peaks 3x16

Y al décimo sexto domingo resucitó. Seré sincero, al final tenía ciertas dudas de que fuese a ocurrir, contagiado por el signo agorero de mi entorno, pero David Lynch ha torcido ligeramente su tupé al fan service y por fin hemos asistido a la vuelta de DALE COOPER.

Una recuperación del viejo Cooper que se ha producido sin adornos mágicos, ni apelaciones irónicas, sino a través del despertar de un coma. Estado vegetativo como consecuencia de esa electrocución autoprovocada tras ver al mentor y padre Gordon Cole (el personaje wilderiano) por la televisión. Tras vaciar de visitas la habitación donde permanecía en coma con una serie de coincidencias, esta se ha convertido en la habitación roja en la que inmediatamente ha despertado Dale Cooper para entablar una conversación con el manco, de quien  después de recibir un anillo verde le ha ofrecido un mechón de su pelo para que fabrique otra de esas bolas de dragón. Quizás por lo esperado del momento, y la familiaridad adquirida con Dougie, conocer al Cooper viejuno, ha sido desconcertante, por no decir de lo más extraño. Más teniendo en cuenta que el físico de Kyle Maclachlan no ha sufrido ni un ápice de cambio, pero sí descaradamente su actitud, ahora decidida, valiente, inteligente y eficaz. Cooper no ha estado en estado somnoliento o vegetativo sino consciente de todo lo ocurrido pero atrapado en su versión defectuosa, como ha demostrado con las primeras decisiones tomadas tras despertar y el conocimiento de todo lo que acontecía a su alrededor.

Aunque anteriormente ya habían ocurrido sucesos sonados, empezando por el filicidio de entrada. Después de que el Coope malote dejará claro para el espectador que el nieto de los Horne, hijo de Audrey, es en realidad su hijo, decide utilizarlo como cobaya ante el primer punto de coordenadas que se ve obligado a chequear (ha recibido tres, dos concuerdan). Por ahí anda comprobando el terreno el menor de los malotes cuando es cortocircuitado y desaparece del mapa en forma de humo ante la mirad impasible y desafectada de Cooper y la atónita del extraño señor Ricola que baja de los monte. Un golpe de efecto con el que Lynch parece querer borrar distracciones juveniles – sigue teniendo predilección por cargarse a los más jovenzuelos – y dejar claro quién ha sido desde siempre el centro de este relato: la dualidad cooperiana. Por último Cooper malo se larga de ese paraje rural no sin antes enviar un mensaje con la palabra “;)All” a ese receptor anónimo con quien se envia mensajitos.

En la secuencia siguiente descubrimos finalmente que la persona con la que se intercambian los mensajes es Diane, quien yace sola en la barra de un bar del hotel de North Dakota, y entra en estado de shock con la recepción del escueto mensaje. Tras contestar el mensaje del Cooper diablo con unas coordenadas, coge el bolso con su pistola y se dirige a la base improvisada por Gordon, Albert y la agente Tammy en una  de las habitaciones del mismo hotel. Ahí, visiblemente alterada y fuera de sí, incluso para David Lynch, quien no le quita el ojo mientras tuerce la boca, empieza el relato de la noche en que volvió a encontrarse con Cooper, el malo, ya que explica cómo después de un primer beso notó que algo iba mal y lo comprobó en propia carne cuando fue violada por este. Crimen a través del cual deduzco que la poseyó para que trabajara a  su servicio. Como comprueban seguidamente los tres atónitos oyentes,  cuando Albert y Tammy se anticipan con sendos disparos a la bala que Diane pretendía alojar en la cabeza de Cole, para comprobar seguidamente como en realidad se trataba de una tulpa, la visión ilusoria de la verdadera Diane (quien presumo fue ejecutada por el bad Cooper). Tras recibir los disparos de los agentes del FBI desaparece a lo Copperfield de la escena dejando tras de sí la ya clásica estampa humo y vuelve a aparecer sentada en la habitación roja, donde el manco le cuenta que es solo una versión manufacturada, como empieza a manifestar su cuerpo doblándose y agujereado como si fuera un recorte de una revista antes de desaparecer de nuevo por la vía humeante. De nuevo, Frost/lynch repartiendo apuntes meta por la narración.

También ha habido espacio para el cine negro, para el homenaje a la añorada Breaking Bad de la mano de una surrealista (no por el tono y la textura, sino por lo que ahí ocurre en pocos minutos) en que los matones interpretados por Tim Roth y Jennifer Jason Leigh se ven en medio de una friega Peckinpahniana con un vecino marine cuando se encontraban vigilando la casa de Dougie,  por cierto, lugar de paso de los hermanos Mitchum, el FBI, mensajeros de todo tipo y hasta del doble de Manuel Bartual. Casi todos ellos testigos de este brutal tiroteo en plena calle que acaba con la muerte de los sicarios del Cooper oscuro, y la detención por parte del FBI del justiciero letal inesperado. De nuevo, esa parte de la trama ha vuelto a acercar posiciones con Breaking Bad. Mientras los hermanos Mitchum han callado como putas y se han largado como han podido de la carnicería callejera.

Volviendo al momento culminante del capítulo, Dale Cooper ha organizado con celeridad y de forma muy efectiva su viaje a Washington, con la intención de asistir a la oficina del sheriff, verdadero escenario del principio del fin del retorno y la serie. Ahí se dirige gracias a los servicios del jet privado y limusina proporcionado por los Mitchum, unos mafiosos de buen corazón como el propio Cooper, en un momento de sinceridad, les dejar ir dentro del coche. Más triste ha resultado ver al agente del FBI despedirse para siempre de su familia de adopción, esa Jane E y su hijo con los que había vivido el sueño americano, y que van a sentir su ausencia, como le demuestra entre lágrimas el personaje de Naomi Watts con ese último gran beso rodeados de recreativas, y con el que simboliza la despedida de ese héroe anónimo para ella, universal para el resto Un héroe con las pilas cargadas tras el largo letargo para ejercer como tal y terminar con su misión principal: doppelgänger malo.

Cada vez adquiere mayor interés y protagonismo la historia de Audrey Horne. Hoy la hemos visto en el Roadhouse – donde Eddie Vedder estaba teloneando el cierre del capítulo-, acompañada de su marido vigilante. Aunque el interés ha irrumpido poco después cuando se le ha dado cancha en la pista de baile para repetir el “Audrey’s Dance”, con todo el patetismo implícito con el tiempo transcurrido, su físico actual, y el instante original grabado a fuego en la retina, como odioso agravio comparativo. Una escena particularmente malsana, no solo por el oleaje triposo del público que la rodeaba, con el que se resaltaba esa extrañeza y su percepción irreal, sino por lo decadente y penoso del conjunto, y especialmente por esa repentina interrupción con una pelea, y la pobre Audrey saliendo escopetada hacia el ¿doctor? para pedir que detenga aquello, y que durante un segundo, parece lograrlo, justo cuando vemos a Audrey reflejada en un espejo bajo una luz blanca cegadora, lo que lleva a pensar en la confirmación de esas teorías que la sitúan en un hospital o institución mental. El blanco estéril apoya a pensar en esa dirección. Y con el tema “Audrey Horne” reproducido al revés se ha dado paso a los títulos de crédito.

Capítulo fascinante, en la línea de la batería final de este retorno, que deja el tablero muy disùesto y ordenado para el asalto final en Twin Peaks, el escenario natural previsto para el esperado duelo entre los dos Cooper, con, suponemos, algo de ayuda externa. Y donde también se espera la resolución de varios enigmas, muchos de ellos encerrados en esa superpoblada celda del departamento del sheriff. Una dirección al duelo final ya imaginada desde el mero capítulo de arranque del retorno que no hace más que poner de relieve el estilo Lynch, donde el significado y el relato resultan secundarios, piezas de decoración, porque el verdadero placer reside en el camino, un camino oscuro en que el espectador surca con un fuego tenue…y magnético, del que resulta imposible apartar la vista.


2 Comments

Sillonbol 30 agosto, 2017 at 09:29

Algunos nos pusimos en pie con ese: “I am the FBI”

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Omar Little 30 agosto, 2017 at 10:11

Momentazo….yo también me levanté para aplaudir hasta que llamaron los vecinos

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