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Vinyl: Review 1×04 “The Racket”

posted by Omar Little 8 marzo, 2016 0 comments

Vinyl the racket

Tras una montaña rusa de pronunciados e interminables desniveles, Vinyl circula en su último tramo por la zona de frenada. Y como cualquier proceso de desaceleración – en el caso con el añadido de venir de un globo de perico descomunal – la sensación es de bajona.

Si sigues sin ver con claridad el camino de la HBO mereces afiliarte una temporada a Hulu.

Esa sensación de bajona hay que atenuarla y matizarla. No es que el ritmo de encocamiento se haya disipado de un plumazo, sino que según recomendación de Valentí Fuster, se ha reducido el grosor de esas líneas sin que repercuta en exceso en el ritmo de la serie. Lo que sí que ha ocurrido, es que en ese sosegamiento, hemos podido ver algunas costuras no muy satisfactorias que con el ritmo vertiginoso pasaban desapercibidas. Y yendo directamente al lío, diré que la serie abusa de ciertos lugares comunes y de su representación, y que parece demasiado volcada en contentar al melómano con guiños ilustres a 24 fotogramas por segundo.

Despejado ese escenario fácilmente corregible, el último capítulo de la serie ha servido para confrontar más a Richie Finestra con sus quebraderos de cabeza, anunciando lo que se promete una caída libre de impacto resonador. A una situación cada vez más tensa con su mujer, la cual tantea ya abogadas de divorcio bordes e hijas de perra pero listas como linces, y después de fracasar con el intento de consigliere matrimonial a golpe de raquetazo, tiene que sumar su preocupante problema con la policía que esquiva hasta que puede, y con un día de locos en la oficina digno de los hermanos Marx, con incendio incluido.

El provocado por un Lester Grimes con un rencor igual de grande que su pena por no poder volver a ser músico, y que no contento con quemarle la oficina a Finestra, decide ponerse como manager de los Nasty Bits para tocarle aún más las pelotas a un Finestra desbordado de coca, trabajo y marrones.

El otro foco principal del capítulo ha estado en ver los tejemanejes de la discográfica, los visibles, con el trato a los artistas, focalizados con un Hannibal a semejanza de Sly Stone, pero también bao mesa, con el tipo de las finanza controlando los chanchullos de las devoluciones ante la presión de la auditoría. Episodios interesantes, pero representación un tanto gruesa, y no para insertar notas de humor que lo justifique, han sido escasas en este capítulo.

Por lo demás, de nuevo mucho número musical difuminado al modo ensoñación que no terminan de aportar nada al relato, un catálogo de puro palotismo (en el episodio de hoy ha sonado Pink Floyd, The Who, Janis Joplin, Curtis Mayfield, y ese magnífico “Sinnerman” de Nina Simone tan bien ajustado a la resolución del capítulo con la aparición del padre de Richie y el porqué del encuentro), y ya va quedando claro que la presión de Bobby Cannavale sobre sus cuerdas vocales le va a reportar más de una satisfacción en la temporada de premios.

Mientras llegue ese día, aquí seguimos enganchados a la última droga de la factoría HBO.


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