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Final Fantasy VII Remake (PS4)

posted by Xavi Roldan 11 mayo, 2020 0 comments
Nomura Heroes

Puede que ha llegado la hora en que debemos olvidar la idea de que la cultura es un A, B, C. Un sistema en el que una obra cerrada puede dar pie a otra también cerrada que debe respetar la primera sin aportar más que una capa de pintura y sin tocar ninguno de sus mecanismos internos. Yo qué sé, todo es relativo, todo es mutable e interpretable, nos dicen los constructores de narrativas. Pues vale, así sea: el remake de Final Fantasy VII parte de todo aquello que fue la obra de Sakaguchi y Kitase, pero aspira a ser algo nuevo. No sólo “renovado”, también nuevo. Es como si nos dijera, a cada compás, “fijaos lo emblemática que era esta escena, lo mucho que nos conmovió en su momento” sin importarle si, realmente, la susodicha efectivamente ya estaba o en cambio ha sido creada ad hoc. Esa era la primera gran incógnita de algo que nunca tendremos muy claro, por lo menos hasta que esté completo, si quiere ser un remake, un reboot o una reimaginación: saber hasta qué punto el ahora director Tetsuya Nomura -que venía de un muy torpe Kingdom Hearts III– se adheriría a la obra original o en cambio se marcaría la “nomurada”.

Demos un par de pasos atrás. En 1997 Square Enix paría una de las obras más celebradas y veneradas de la historia del videojuego, un JRPG estelar, nuevo episodio de una saga al alza (se venía de un VI excelente, que también conserva el estatus de clásico) y ahora pieza clave en la historiografía videolúdica. Desde pocos años después de su lanzamiento, en una PlayStation que se mostraba más cualificada en hardware que una Nintendo 64 que aún calzaba cartucho, se vino rumoreando un remake. En la era PS2 ya parecía cuestión de poco tiempo y no ha sido hasta los últimos estertores de la generación PS4 que ha terminado apareciendo. Pero con truco. Square tomó la (insensata o genial) decisión de entregar su remake por fascículos, troceando la historia e inflándola para que cada entrega cumpla con el currículo, esas 40 horas que se convierten en el secuestro mínimo que plantea cualquier JRPG de bien. En otras palabras, Final Fantasy VII Remake, este Final Fantasy VII Remake -otra gran incógnita: cómo van a titular los siguientes- sólo abarca las primeras horas de su referente, la parte que transcurre en Midgar.

Así que lo que tenemos entre manos es una operación de expansión narrativa y mecánica que renuncia, o, debería renunciar, a inyectar aire entre su fibra muscular. Se nos dijo que no sería así y la promesa se ha cumplido… a medias: Square Enix se las han manejado para hinchar la historia principal sin usar helio, para cebarla sin recurrir a la grasa. Todo es más largo, amplio y explicativo sin ser artificial. Todos los engranajes del relato son ahora más poderosos, están mejor ensamblados y engrasados, en una operación de ingeniería narrativa que, por fin, da pie a un guión equilibrado, robusto y eficaz. Se acabaron las confusiones involuntarias, los pasajes torpes y los personajes secundarios desdibujados que caracterizaban la obra original. Aquí incluso estos (especialmente Jessie, Wedge y Biggs) ganan en peso específico y en espesura dramática y resultan casi tan interesantes como el cuarteto principal, junto con la de Dragon Quest XI, una de las mejores parties de los JRPG de los últimos años. La relación entre Tifa y Aeris, o el mimo con que se ha reconstruido el arco de transformación de Cloud, son prueba de ello. En resumidas cuentas, ahora la historia está mucho mejor contada (también traducida, obviamente), parece ser más sólida a pesar de relatar los mismos hechos, se centra muchísimo más en las consecuencias morales de nuestras acciones y está mejor adaptada a un lenguaje cinematográfico al que el original podía pretender aspirar pero no lograba alcanzar. El divertido galimatías ya no es tal. No es que descubramos nada nuevo, es que las piezas que entonces logramos ensamblar con un martillo ahora encajan con mayor suavidad.

Pero hay puntos oscuros. Decíamos que la operación de vigorizado se ha solventado a medias. En su afán por expandir el microuniverso midgariano este remake no puede evadir la sensación de exploit en sus misiones secundarias, esas que deberían explicar mejor los entornos y que en realidad quedan, en muchos casos, reducidas a encargos insulsos planteados por NPCs de diseño tosco que, con su pinta de haber salido de un Fallout de la pasada generación, estrellan la dirección artística en un muro de desconcierto estético: los mundos de fantasía ciberpunk, los parajes de postindustrialismo de tebeo y los purgatorios ubicados en las partes altas de las barriadas son tamizados por ese relleno anodino que representan ciertas callejuelas de videojuego random. Un choque que se ve acentuado por los contrastes entre los momentos más pasilleros y los más propios de un mundo abierto, y que le hace un flaco favor tanto al ritmo como al storytelling. Ya está dicho.

Pero a eso otro vamos. A la parte formal, a la dirección artística y a la implementación de unas mecánicas que, desde 1997, han dado un salto hacia entornos más abiertos y a sistemas de combate más libres. En sus mejores momentos, que son los más, Final Fantasy VII Remake transcurre en un mundo inmersivo y fascinante, vivo y absorbente. Y se las maneja para proporcionar alegrías constantes tanto en los momentos scripteados como en los de exploración más o menos libre. Y guarda en sus dos pilares de ritmo una combinación ganadora: los pasajes reflexivos por un lado y los momentos de combate por el otro. Respecto a los primeros el juego sabe ser profundo, melancólico, matizado, grave e incluso, cuando quiere, conscientemente tontorrón. Juega la carta de la intensidad y decide arriesgar en momentos clave, caso de ese final que tantos ríos de tinta digital ha hecho correr: un controvertido twist que funciona como cliffhanger sorprendente pero, especialmente, como brillantísima reflexión de lo que significa facturar un producto derivado, de la posición de los remakes en el imaginario popular y de los derechos y deberes de un autor con su obra hacia su propia fanbase.

Pero quizá la mayor y mejor aportación del juego esté en lo segundo, en el sistema de combate. Superado el infumable cacao de Final Fantasy XV (hasta la llegada de este remake, la entrada más reciente de la serie) ahora se nos presenta un sistema libre –switcheable en cualquier caso a uno más tradicional- que apuesta por el hack and slash pero guiña a los turnos del VII original gracias a unas barras de poder que se van llenando gradualmente. Medidores que aportan un plus táctico de cara a la perfecta implementación de las magias, los ataques especiales, las armas, las hiperbólicas invocaciones y, en general, el uso de las materias engastadas en el equipo que, sí, están de vuelta. Es un sistema ágil, exigente pero amigable (easy to learn, hard to master), cómodo y a nivel visual muy bien ejecutado.

Por lo menos la mayoría de las veces. Llegamos a otra cuestión espinosa. El juego no siempre satisface todas sus demandas tecnológicas. Unas primeras secuencias que son de, literalmente, no creerse que todo eso esté ocurriendo dentro de una consola casi obsoleta sirven como primer contacto con un armatoste tecnológico en ocasiones algo más comprometido. A unas cinemáticas espectaculares, a un tratamiento de la iluminación y la atmósfera y un mimo extremo por ciertas texturas le sucede un puñado de limitaciones visuales, bajas resoluciones, texturas chungas y diseños descuidados, inevitables, supongo, para equilibrar con cierta estabilidad el cómputo global en la PlayStation en curso, obligada a seleccionar en qué partes deslumbra y en cuáles renquea. Animaciones, en fin, cuyo fotorrealismo no parece ser posible en la presente generación conviven con embarazosas texturas que parecen más propias de la pasada.

En definitiva, Square Enix no sólo ha adaptado el control, las mecánicas y, en general, el tipo de juego a un ecosistema lúdico más contemporáneo sino que ha limado todas las asperezas. El resultado sustituye el candor, la espontaneidad y el poder de asombro del original por fina alquimia gamer, mucho más controlada y depurada, más autoconsciente y mejor tonificada en todos sus atributos físicos. ¿Mejor? No, desde luego, porque este juego nunca llegará a adoptar, como su referente, el papel de elemento disruptor. Pero desde luego sí puede considerarse un sucesor a la altura de las expectativas.

Expectativas que en cualquier caso siempre han sido muy elevadas. No, no jugué el juego en 1997, pero sí ha llovido bastante desde que lo hice y el recuerdo de su constante capacidad de maravilla aún me persigue. Cuánto hay en estas palabras de análisis frío y riguroso y cuánto de nostalgia me temo que no puedo garantizarlo. Probablemente ni siquiera saberlo. Sin duda este remake juega con la ventaja de tener los deberes hechos: de partir de un material reverenciado y lograr no sólo respetarlo y honrarlo sino también enriquecerlo, pero cabe preguntarse cómo lo recibe toda una generación que establece por primera vez un contacto con Cloud, Tifa, Sephirot, Barret, Aeris y Red XIII, y dentro de unos años también con Yuffie, Vincent y Cait Sith. Mi hipótesis es que con el mismo desconcierto y feliz sensación de encontrarse ante una imperfecta, desequilibrada obra magna, que vivimos nosotros al descubrir el Final Fantasy VII original. Pocas cosas mejores hay a las que podría haber aspirado Nomura.

8


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