AnálisisAventura

Catherine Classic (PC)

posted by Xavi Roldan 5 marzo, 2019 0 comments
Agnus day

Catherine Classic

Se antoja especialmente necesario revisar Catherine. Uno de los títulos recientes más emblemáticos de la escudería Atlus nunca dejó de caminar por la fina línea entre el culto y el insulto. Parece que haya pasado una eternidad desde que se publicó por primera vez -fue en 2011- y su temática podría haber envejecido francamente mal: básicamente la desventura vital de un pobre chaval lidiando con la perspectiva de relacionarse con dos mujeres opuestas que se han decidido a complicarle la existencia. Mucho ha llovido en un tiempo tan corto y si en aquel momento ya fueron bastantes los que pusieron de manifiesto que su enfoque de las relaciones heterosexuales parecía rancio y cutre ahora su abultada carga de tropos debería producir rechazo frontal.

Y por lo menos de una cierta condescendencia no se libra. Entiendo que la obra de Katsura Hashino encuentre la oposición de los y las más concienciadas y se tope con el escozor de un gamer millennial y sensible que ya es capaz de encontrar en el indie todo tipo de temáticas inclusivas, de juegos con conciencia social y de aproximaciones videolúdicas a temas de gravísima actualidad. Pero intentemos ir un poco más allá. Apliquemos ese prisma de condescendencia del que hablaba, pongamos los ojos en blanco, perdonemos sus faltas y examinemos el resto de propuestas que ofrece. Que son, cuanto menos, interesantes.

Catherine ofrece un gameplay bicéfalo, acorde con su propia propuesta narrativa: por un lado está la aventura gráfica de sensual estética anime, recipiente de toda la trama y tablero de una partida basada en la toma de decisiones. El avatar del jugador es el aturrullado Vincent, auténtico desastre (masculino) con patas que se ve ante la supuesta disyuntiva estándar (sic) de todo hombre contemporáneo: aceptar las responsabilidades, compromisos y tareas emocionales propias de la edad adulta, corporeizados en su novia Katherine… o ceder a la tentación de Catherine, la mucho más desprejuiciada fémina con la que cierta noche echa una cana al aire, waifu de manual que promete una vida de diversión irreflexiva y peterpaneo prolongado.

En esta línea narrativa es donde se despliega toda la artillería argumental del asunto. Con el amor y el sexo como Grandes Temas de fondo Hashino habla de las inseguridades masculinas, del miedo al compromiso, de la condena eterna que supone procrear, de vivir bajo los injustos designios de una mujer. Sí, es como suena. Pero quedémonos con el fondo de una cuestión, más que con esa lectura superficial que el juego parece empeñado en forzar: dentro de todo el dilema de Vincent podría no estar tan relacionado con la supuesta tiranía femenina como con las expectativas de vida. Con esa voluntad por querer romper el camino preestablecido, con la necesidad de replantearse el futuro en un momento tan crítico como es la treintena. Con, en fin, decidir si se opta por abandonar el gañanismo perenne o finalmente se sienta cabeza. Catherine habla en el fondo de hacer acopio de fuerzas para romper, para empezar a tomar decisiones propias y liberarse de las cadenas sociales. Y también reflexiona entorno a la aceptación de uno mismo y de las limitaciones. O eso creo.

Por otro lado, se añade un componente sobrenatural al asunto en el otro planteamiento de gameplay: un extraño esquema de puzles con vocación de juego de móvil, una odisea de trepar cajas que parece una especie de versión satánica de Q*bert. Esta mecánica opera en un plano de realidad paralelo, una dimensión onírica que representa el subconsciente de Vincent, que aparece mientras duerme y donde el pobre tipo aparece con cuernos de carnero mientras se pasea en calzoncillos. Evidente puesta en crisis de la masculinidad que se concreta a nivel jugable en eso: escalar una montaña de cubos localizada en algún no-lugar, moviéndolos estratégicamente para crear un camino que conduzca a la cima con un tiempo cada vez más limitado, pocos objetos de apoyo y enemigos pisando los talones. Las mecánicas son ajustadas de entrada y la progresión garantiza pocas novedades al respecto a lo largo del juego. Pero obviamente la dificultad es cada vez mayor. ¿Riesgo/recompensa? No, sólo un diseño buscadamente frustrante cuyo mayor premio es progresar en la historia adentrándose cada vez más en un estado de confusión y repetición.

¿Casan estos dos modelos de gameplay? La verdad, no. Pero ahí está la gracia del asunto. Son dos cabezas que se pelean constantemente, se insultan y se propinan testarazos. Pero al fin y al cabo ambas pertenecen al mismo monstruo, comparten un sistema nervioso y viajan juntas a todas partes. Así que la maniobra frankenstein funciona. Y resulta conscientemente postmoderna, pastichosa y chocante. La evolución conjunta es lógica y, al fin y al cabo, no deja de ser una aplastante muestra de consonancia ludonarrativa esa vía común que se genera con un común denominador: la sensación de que el tiempo pasa cada vez más rápido y la frustración. La sensación de estar escalando una montaña perpetua, la necesidad de repetir hasta la náusea, la imposibilidad de evitar cagarla constantemente no sólo está en los puzles sino también en la propia historia vital de Vincent. Y en eso sí que todo el que haya tenido una mínima experiencia de pareja puede sentirse identificado.

No tengo ni idea de lo que ocurrirá ahora que Catherine sale en formato Full Body, ampliado y remasterizado. Si recibirá un lavado de cara, si enmendará sus errores, limará sus asperezas sexistas, suavizará sus obtusas chanzas, nos aclarará si en realidad todo es una sofisticada broma feminista o si simplemente optará por quedarse igual al respecto, acentuando esa postura tan suya situada entre el pasotismo, la provocación y el espasmo neocon. Ocurra lo que ocurra, este Catherine Classic, port mejorado para PC del original de PS3 y Xbox360, ejerce de testigo de un momento en que a Atlus lo ridículo se le cruzó en el camino de lo genial. De semejante serendipia nació Catherine y aún hoy día seguimos sin explicarnos muy bien what the fuck.

marco 75


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