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Momentos sublimes en los videojuegos: Un día en las carreras

posted by Hazuki 26 enero, 2010 1 Comment

Cuando el que esto escribe se empecino en acomodar a Mafia en el sexto puesto de lo mejor de la década no fue fruto de un simple antojo. El juego parido por Illusion Software me catapultó hacia el mundo retro de la hampa como no lograba ninguna obra desde El Padrino. Mafia era un adictivo sandbox (con claros ecos a GTA, pero desde un prisma más realista y sofisticado), cargado de misiones al límite, ambientaciones sobrecogedoras, y diálogos y guiones que parecían salidos de cuando John Milius aún no había entrado en la menopausia (entiéndase Dillinger, por ejemplo).

A Mafia no le hacían falta una doble extra de misiones secundarias insustanciales, ni objetivos chorras como buscar conchas debajo del mar cual Sirenita de turno. Porque la propuesta de los checos era un juego construido sobre la ambientación (la exacta recreación de los duros años 30 en los EEUU),  sobre unos personajes carismáticos (muy inspirados por las películas de Hollywood), y sobre un gameplay favorecido por el gran diseño de sus misiones.

Precisamente este apartado me reportó uno de esos momentos eternos, un momento sublime de esos que de describirlo la piel se convierte en escarpas. Todos aquellos que jugasteis sabéis a la perfección  a que me refiero a esa gloriosa carrera en un circuito en las afueras de Lost Heaven.

Unas misiones antes el jefazo Salieri nos encargaba trucar un coche que debía correr en la carrera que Salierie y los suyos habían apostado para que ellos pudieran sacar tajada del tema. La sorpresa llegaba el día de la carrera, cuando alguien nos informaba que el corredor al que había apostado Salieri había recibido una paliza de muerte, y que se nos confiaba la peliaguda misión de ganar esa carrera. Un momento glorioso, sorprendente, pero que el jugador encajaba con temor; el gran capo había apostado un pastote por nosotros.

Pero una vez en la pista, te la sacudía por completo, correr con un bólido de los año 30 era algo impagable, tal fue el desencaje en mi ya maltratada mandíbula, que decidí no ganar la carrera durante un buen tiempo, para volver a vivir la mieles que proporcionaba ese lujoso bólido, y su sensación de velocidad enganchada en mi mente.

Hasta el día que gané, pero por suerte el juego te seguía dando momentos enormemente placenteros, como su modo Viaje extremo, y la lucha con el monstruo del lago Ness, un momento surrealista que a día de hoy sigo sin superar. Pero esa es otra historia, quizás para otra entrega de Los momentos sublimes en los videojuegos. 


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