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Los 10 mejores videojuegos de 2019

posted by Xavi Roldan 17 diciembre, 2019 0 comments

La de 2019 ha sido una (otra) temporada de sorpresas y confirmaciones. El último año completo de la presente generación (antes de que acabe 2020 tenemos el relevo consolero entre nosotros) y por lo tanto un momento de coletazos finales, tanto creativos como comerciales y tecnológicos: los hardwares demuestran de lo que son capaces de verdad y la competencia se intensifica mientras ciertas majors se apoltronan a esperar la next-gen al mismo tiempo que otros deciden coronarse como los que le ponen el broche de oro. Tiempos rápidos para los momentos más locos del presente ciclo. Entraremos en todo lo que ha ocurrido en los últimos meses, y años, en un próximo repaso de la década. Por el momento, baste dejar testimonio de este 2019 casi extinto escogiendo las diez piedras que más han brillado a lo largo de los últimos doce meses.

10- Devil May Cry 5 (PC, PlayStation 4, XBox One)

Aunque tengan poco que ver, parecía que en este top solo nos iba a caber una secuela/remake de lujo de Capcom. Pudo haber sido perfectamente el robusto revisited de Resident Evil 2, pero nos quedamos con el quinto, pirotécnico Devil May Cry, Dios sabe por qué. Quizá por su rotundo gameplay, casi podría decirse una cima del hack and slash moderno. O por su aceleradísimo pacing, inclemente con los jugadores torpes pero no excesivamente exigente como para no abrazar a casi cualquiera y despellejarle el alma a golpe de momentos memorables. O por su versatilidad al combate, el más rico, complejo (cada personaje, de los tres principales, tiene sus propias mecánicas) y satisfactorio del año junto con el de Astral Chain y el de cierto espadachín manco. Quizá es por el simple hack and slash porn, pero es nuestro hack and slash porn.

9 – Slay the Spire (PC, PlayStation 4, XBox One, Nintendo Switch)

Slay the Spire es de esos juegos que se pueden explicar más o menos, que se pueden comprender sin excesivas complicaciones pero que solo se disfrutan cuando se cae en sus redes. El concepto de base en realidad es dos. O la unión de dos: juego de cartas y roguelike. De lo segundo toma el avance procedural por mazmorras, a razón de una por enfrentamiento con enemigo. Pero sus cimientos mecánicos se construyen sobre lo primero: combates de naipes que buscan las sinergias entre las cartas de un mazo que poco a poco se va construyendo a gusto y necesidades del jugador. Y el mecanismo es sencillamente perfecto, sin brecha alguna y con un balanceado ajustado. Bonito de ver, fácil de asumir y adictivo de jugar.

8 – Luigi’s Mansion 3 (Nintendo Switch)

2019 ha sido un año particularmente inspirado en esto de las secuelas y los remakes. Le ha dado por cargarse el tópico que afea segundas partes y le ha salido bien. Especialmente en casa Nintendo, donde su escuadrón de fontanería italiana ha dejado para el recuerdo un par de cimas creativas. Una de ellas, esta tercera entrega de la saga cómico-terrorífica protagonizada por el mejor de los dos hermanos Mario (esto es así) y que, si bien no cambia el rumbo de lo ofrecido en sus dos precedentes, sí ha sabido añadir ideas que son puro oro (Gooigi al panteón nintendero desde ya) y volver a demostrar que en esto de ponerse creativos en entornos aparentemente controlados los nipones no tienen rival: imposible lograr más cantidad de buenas ideas en tan poco espacio. Imposible también resultar más encantador que Luigi’s Mansion 3.

7 – Fire Emblem: Three House (Nintendo Switch)

Three Houses supone la más reciente entrada en la longeva saga Fire Emblem, el estreno de la misma en la híbrida de Nintendo y una de sus más exitosas iteraciones. Toda una alegría, porque los de Intelligent Systems han facturado un SJRPG que es una virguería narrativa y mecánica de primer orden. Su relato tricéfalo dividido en las distintas casas/facciones obliga al jugador a apostar por un grupo concreto de personajes y a adherirse a ellos hasta la muerte: gracias a sus sistemas de apoyos, de clases y habilidades, su progresión de personaje y, en general, el mimo con el que todos y cada uno de ellos está descrito el jugador termina apreciando cada gesto, sintiendo cada baja y amando cada uno de los cientos de detalles que construyen este microcosmos de bolsillo. Un highlight del género con una parte táctica adictiva, mullida, gratificante y compleja… y un entramado guionístico sencillamente catedralicio.

6 – Super Mario Maker 2 (Nintendo Switch)

“Como el anterior, pero con más y mejor contenido” es una frase que, por lo pronto, anula casi cualquier expectativa de innovación. Da igual: Super Mario Maker 2 sólo es un banco de trabajo. Uno mejorado respecto al de su predecesor en WiiU. Y lo que ha salido de aquí a nivel comunidad en poco más de medio año es, como diría el amigo Keanu, truly breathtaking. Porque esto es Mario at his best y en modo hipercreatividad: diseña tus propios niveles y compártelos. Y, por favor, estrújate las meninges porque las herramientas dan para voladura craneal. Paradójicamente este es un juego cuya mayor virtud no está contenida implícitamente en el propio juego: los cientoypico niveles que nos regala Nintendo son pura delicia de game design. Pero los niveles que siguen elaborando los usuarios rompen esquemas y nos dejan del revés con una capacidad pasmosa ¿Cómo no iba a estar entre lo más celebrable del año un juego que ha sacado lo mejor de la comunidad entregándole un patrón surgido de la mente del mismo Miyamoto? Alguien debería estar redactando decenas de contratos.

5 – Outer Wilds  (PC, PlayStation 4, XBox One)

Contraviniendo los cánones del manual de mundos abiertos Outer Wilds se posiciona como la antítesis de todo sandbox triple A más o menos de garrafa: propone la exploración de todo un sistema solar, pero es pequeñito y no nos explicita lo que debemos hacer, pero nos ofrece descubrimientos excitantes a cada paso. En definitiva, es lo contrario a todos esos entornos abiertos inmensos llenos de paridas y vacíos de cosas realmente interesantes que hacer. Planteado como una sucesión de loops temporales de veintipico minutos (despierta, despega al espacio, explora lo que puedas antes de que explote el sol y lo mate todo, despierta de nuevo) Outer Wilds nos lanza a la exploración y nos recompensa con maravillas semiocultas basadas en conceptos partecerebros y en retazos sugerentes de lore, dosificando la información y trabajando la idea de que el conocimiento se adquiere de manera activa. Un viaje que son cientos, cada uno de ellos fascinante.

4 – Baba is you (PC, Nintendo Switch)

Baba is You

Desarrollado casi desde la nada por el diminuto finlandés Arvi “Hempuli” Teikari, Baba Is You ha logrado, en toda su modestia formal, convertirse en uno de los indies del año. Y sí, el planteamiento de entrada parece austero, pero en el fondo su mecánica central encierra una endiablada reflexión sobre el lenguaje, el significado y el significante y su reflejo en un medio interactivo como es el del videojuego. Tratar de explicar este Sokoban cerebral nos llevaría mucho rato (en nuestro análisis ya lo intentamos), así que baste decir que es uno de los juegos de puzzles más efervescentes, simpáticos, hijoputiles, inteligentes (y listos) de la generación, amén de un perfecto caso de estudio para cualquier seminario de lingüística.

3 – Sekiro: Shadows Die Twice (PC, PlayStation 4, Xbox One)

Sekiro shadows die twice

Jugar a Sekiro despierta contradicciones. Mientras el cerebro nos grita que el senpai Miyazaki se ha limitado a prolongar, con ciertos cambios, su fórmula Souls los dedos nos transportan hacia lugares aún inexplorados. Su mecánica de combate es, de largo, la mejor del año. Y la intensidad física y psicológica que destila cada uno de sus enfrentamientos no tiene ningún tipo de rival en 2019: de nuevo volvemos a erigirnos dioses y a rugir como animales con cada boss caído, pero esta vez sentimos que, más que nunca, nosotros y nuestro samurai manco nos lo hemos ganado de verdad. El resto es soberbio, claro: el diseño artístico y la ambientación en un Japón de la era Sengoku lleno de guerreros, bestias y yokais son maravillosos. La narrativa esquiva está tan llena de recovecos que pide varias vueltas para ser comprendida del todo. Pero en cualquier caso es ese obligado timing en el choque de espadas lo que se lleva el gato al agua. Sekiro es igual a lo de siempre y es radicalmente distinto. Y es, claro, apasionante.

2 – Disco Elysium (PC)

Empieza Disco Elysium con un tipo, presunto poli desastre, en una habitación de hotel medio destrozada. Está casi desnudo, apesta y ha perdido la placa y la pistola. ¿Intrigante? Desde aquí todo va para arriba. Tras años de desarrollo los estonios ZA/UM han logrado publicar un RPG que apela al rol clásico, el de lápiz y papel, para articular una trama hardboiled de enormes implicaciones sociales y políticas. Una vuelta de tuerca al género llena de personajes memorables, situaciones alegóricas, posibilidades mecánicas ultra audaces y, lo juro, los mejores diálogos que he leído este año en cualquier medio escrito. Divertida y cruel como el demonio y ambicioso a más no poder Disco Elysium es una aventura gráfica, un point n’click enorme, enormísimo, lleno de subtramas y sugerencias, chorreante de un lore de una complejidad que alimenta, sacia y aturde. De no creérselo. En el ámbito indie o fuera de él.

1 – Death Stranding (PlayStation 4)

Voy a recurrir al cliché, pero no me queda otra: es imposible explicar en tan poco espacio lo mucho que significa Death Stranding para el mundo de los videojuegos de autor, del mercado triple A y de la creación digital en general. Es, de entrada, uno de esos títulos que no se pueden ver, se tienen que experimentar, de modo que cualquier cosa que pueda decir por aquí caerá en saco roto. Como tal, es una experiencia alucinante basada en casi lo contrario. En andar, en respirar y descansar cuando estemos agotados, seguir andando y controlar cada paso con meticulosidad más que en liarse a tiros con la gente, más que saltar y correr por ahí. Hideo Kojima ha decidido volver a hablar sobre algunos de los temas claves en su obra: la muerte, el tránsito y la responsabilidad, la comunicación global y la búsqueda de la paz en un mundo proclive al conflicto. Pero lo ha hecho de una manera que se siente nueva, inédita, en una obra viva y en permanente crecimiento y que plantea una gran metáfora orográfica entorno al paso del tiempo y la mutabilidad del terreno. Si nos ponemos prosaicos su parte artística corta el aliento, el derroche de tecnología que articula es asombroso, su propuesta multijugador hace saltar varias lágrimas y sus intenciones cinematográficas y puramente lúdicas -mecánicas de acero- ya sólo pueden ser alcanzadas por el propio autor. Pero en el fondo todo esto resulta en el vehículo perfecto para lo otro, su potencia simbólica y su capacidad de emocionar, impactar y hablar de tú a tú al jugador sobre un gran tema central: la reconexión.

Por lo menos al que se preste a entrar aquí. Y es que Death Stranding es plato para pocos paladares quizá (no sé, no debería ser así) y es tan imperfecto como la mayoría de la ludografía de su autor: reiterativo en algunos pasajes, sobreexplicativo en muchos diálogos, a ratos quebradizo en el tono y francamente descabellado en su estrategia de product placement. Pero desde luego es una obra única, arriesgada, trascendente, de una complejidad apabullante y que marcará época destilando un zeitgeist que parecíamos haber olvidado: en el fondo vivir en esta nuestra era de la información deberá, a la larga, no tanto destruir nuestra privacidad como derivar en la comprensión mutua entre todos nosotros, seamos de donde seamos. No, no inventa un género, pero nunca habíamos jugado a nada igual.


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