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Los mejores videojuegos de la década 2010-2019

posted by Xavi Roldan 22 enero, 2020 0 comments

Será por los ritmos a los que nos movemos, cada vez más frenéticos, más marcados por el intercambio de informaciones y la necesidad de consumo, más imbuidos en el FOMO, pero el caso es que estos últimos diez años han pasado tantas cosas en el mundo del videojuego que parece que hayan sido veinte. A la excelencia en la producción videojueguil nos remitiremos un poco más abajo, en nuestra modesta selección de lo mejor de la década, pero permitidnos que antes echemos un momento la vista atrás y hagamos un espídico y quizá caótico repaso por lo que ha ido ocurriendo desde que Bayonetta llegara a occidente en enero de 2010 y hasta más o menos anteayer: la década en que el videojuego se ha canonizado como arte, se ha infiltrado en los museos y se ha convertido al mismo tiempo en una carnívora máquina de hacer dinero. La década en la que hemos recobrado la fe para perderla luego y terminar viniéndonos muy arriba de nuevo. La década en la que hemos abandonado toda esperanza de ver un nuevo Half Life, con la franquicia reducida a meme. La década en la que ha pasado de todo. Pero vayamos por partes.

De entrada hemos sido testigos de una octava generación de consolas (PlayStation 4 y XBOX One, con sus correspondientes actualizaciones de hardware) en una pugna que se ha saldado con un triunfo de Sony en lo tocante a lanzamientos exclusivos y de Microsoft en cuestiones relacionadas con su servicio (nunca seremos lo suficientemente dignos del Game Pass, el mejor invento de la Historia después de la rueda y la penicilina). Ajena a ello, o no tanto, se ha mantenido inamovible en su altar tecnológico la sempiterna master race pecera y una Nintendo que paría la Wii U y la jubilaba sin honores, en un fracaso comercial enmendado, con nota, por la llegada arrolladora de su híbrida Switch.

Ha sido esta la década en que los juegos de gran presupuesto y ambición comercial han demostrado definitivamente que además de los grandes estudios pueden existir autores de marcada personalidad incrustados en un ecosistema de triple A. También hemos ratificado que las grandes producciones son capaces de contar historias maduras e interpelar al jugador con temáticas y conceptos éticos de mayor profundidad y alcance moral. Pero a pesar de todo ello el cine ha seguido siendo (a mi juicio de manera conceptualmente errónea) el espejo en el que mirarse, por lo menos en la mayoría de los casos de títulos con ambiciones narrativas. En el otro extremo del espectro comercial los indies se han afianzado en un mercado cada vez más prestigioso, relevante… y superpoblado. La democratización de los medios de creación ha propiciado el nacimiento de plataformas como itch.io y ha dado voz, para bien y para mal, a casi cualquiera que tenga cosas que expresar en formato videolúdico. La línea que separa a los grandes popes del videojuego indie de los creadores kamikaze con una reputación underground basada en el homemade hiperactivo cada vez es más fina.

Pero esto no deja de ser un poco una evolución lógica de lo experimentado en los primeros años del siglo. Menos habituados estábamos a principios de década en cambio a los let’s play y al streaming, hoy día una de las principales formas de comunicación de la industria, de interpelación al usuario a través de líderes de opinión autoerigidos que a menudo confunden su preeminencia mediática con la simple asunción de códigos comerciales y publicitarios. De este modo el ascenso (¿y caída?) del youtuber gaming-based, su estatus de estrella planetaria y los habituales escarceos con la incorrección política han ocupado hasta los titulares de los medios generalistas, perplejos ante el auge millonario de plataformas como Youtube y, posteriormente, Twitch.

También ha acaparado páginas informativas el celebérrimo Fortnite, claro, nueva punta de lanza del juego en línea y de un género, el battle royale, que podría ser el más definitorio de su época. Inferior a su referente directo (Playerunknown’s Battlegrounds, aka PUBG) y a su también exitoso sucesor (Apex Legends) Fortnite ha sabido conectar mucho más y mejor que los citados y ha logrado permanecer en boca -y camisetas- de todos y, junto a Pokémon Go, se ha convertido en fenómeno transversal a la par, en impacto y barullo comercial, al churrimillonario League of Legends. Porque puestos a hacer recuento de dólares amasados en las lides del juego en línea esta época deberá recordarse por el auge de los eSports (del propio LoL a Hearthstone, de Dota 2 a Overwatch, de Fortnite a FIFA), que se han posicionado como los sucesores mediáticos de los MMO y han conseguido construir a su alrededor un auténtico imperio lúdico-deportivo-comercial que debería llamar la atención, para bien, de sociólogos y ludólogos. Espectacular.

También se podrían poner las botas los entomólogos del comportamiento gamer outdoor: jugar en el metro es el nuevo leer en el metro, y prueba de ello ha sido la poderosa musculación que ha desarrollado el mercado de la telefonía móvil, ya presente en la anterior década pero especialmente disparatado -en uso- en la que nos ocupa: la inauguraban el fenómeno Angry Birds y la ha cerrado Pokemon Go, en un viaje fascinante entre la infamia y lo potable protagonizado por Candy Crush, Flappy Bird, Clash of Clans, Mario Run o PUBG. También ha habido juegos excelentes en las correspondientes app stores, por supuesto, títulos que han dignificado el juego casual en plataformas populares con propuestas artísticamente comprometidas. Pero lo cierto es que la holgazanería creativa ha sido norma en los títulos con mayor aceptación.

No sólo en esto han cambiado los hábitos de consumo. Llámenles hábitos de consumo, llámenles necesidad adaptativa hacia nuevas estrategias de uso y venta, cada vez más centrados en el juego en la nube, que se ha ido consolidando e incluso ha empezado a plantear dudas sobre la necesidad de los soportes ópticos y los formatos físicos. De hecho Microsoft ha llegado a publicar una versión all-digital de su máquina y, mucho antes incluso que eso, los DLC’s de pago se han ido imponiendo como vía para complementar obras cerradas en el mejor de los casos, pero también para ofrecer nuevas porciones de juegos recortados vendidos a precio de completo y para crear un mercado del arreglo cosmético y el complemento estético que ya empezó como meme gracias a ciertas armaduras de caballo para Skyrim. No es la única reflexión que podemos derivar de este decantamiento hacia lo digital, puesto que el tema ha generado un (interesante y necesario) debate sobre la preservación de los videojuegos como objeto artístico.

Estamos penetrando tímidamente en la otra cara de la industria, la turbia. Dejémonos de medias tintas. En los últimos años ha ido tomando robustez y seguridad en sí misma esa maldita costumbre -era por evitar la palabra lacra- de inyectarle micropagos, sobres de cromos y cajas de loot a todo, sistemas de monetización -en muchos casos peligrosamente cercanos al fomento de la ludopatía- que han manchado tantos buenos juegos y que incluso han llegado a desprestigiar títulos que de haber sido gestionados de forma distinta habrían podido recibir el favor de los jugadores cuando finalmente han quedado sentenciados por el juez reddit. Los tribunales (los de verdad) han llegado incluso a meter mano en algunos países europeos, poniendo de relieve la necesidad de ciertas cuotas de legislación sobre temas respecto a los que aún parecemos bastante novatos.

El de “game as a service”, con todo y nos guste más o menos, ha terminado convirtiéndose en uno de esos neologismos inevitables en la industria. Si las campañas tradicionales single player seguirán siendo una cosa en el futuro o quedarán obsoletas, recordadas como una forma añeja y desfasada de entender el videojuego es una pregunta que sólo el tiempo resolverá.

No abandonemos el lado oscuro aún. Otras prácticas de escaso gusto como el pay to win tampoco han dado buena imagen a la industria, y dos fenómenos aciagos pueden ostentar el dudoso honor de contarse entre los más bochornosos comportamientos sociales de los últimos tiempos. Por un lado el ciberacoso hacia jugadoras, comunicadoras y desarrolladoras y la articulación de una serie de discursos misóginos de raíz neocon, basados en ciertas prácticas cibernáuticas promovidas de forma turbia por la alt-right y cimentados en la imbecilidad de hordas de “true gamers” con nulo fuste intelectual. Lo que en el ámbito de los videojuegos vino a conocerse como Gamergate y en mi casa llamamos ser un puto gilipollas. Por otro lado el crunch, la explotación laboral ligada a fechas de entrega descabelladas, imposibles de cumplir con horarios de trabajo mínimamente dignos y decentes, fuente de quejas e hilos de denuncia (para estas cosas tiene que servir Twitter) de trabajadores que anunciaban semanas de trabajo de hasta 100 horas, despidos improcedentes y amenazas tácitas. Tiempos oscuros indeed.

Al final, la fiebre tecnológica ha generado una serie de nuevas promesas inasumibles (se habla de ray tracing y se habla de resoluciones de 8K y 120 fps para la siguiente generación cuando los 1080p a 60 fps estables aún son poco habituales de ver) y la enésima resurrección de la VR como formato, ahora sí, más o menos estandarizado y globalmente asumido. Y también ha traído una chiflada proliferación de los servicios de suscripción y una turbia guerra de launchers, especialmente con la llegada al campo de batalla de una Epic Games Store que ha puesto en jaque, no siempre con buenas maneras, al reinado hasta ahora inamovible de Steam, la plataforma que cambió para siempre la manera de jugar y gestionar las bibliotecas de juegos y las compras en PC.

Y naturalmente estos diez años también se han cerrado con una carrera por la conquista de las nuevas plataformas y servicios, saldada con una vencedora provisional –Apple Arcade, poderosa en títulos y rendimiento… por lo menos en su lanzamiento- y una lesionada que deberá volver al gimnasio si quiere retomar el ritmo -la aparentemente insuficiente Stadia de Google-. Y nos aguarda un futuro inmediato en el que, sorpresa, SÍ existe un nuevo Half-Life y donde el cambio de década vendrá marcado por la next gen: en menos de un año, estamos hablando en términos de PlayStation 5 y de esa nueva XBOX que, por cierto, catapultaba el hype hasta la estratosfera en la última gala de los Game Awards y que sólo ha confirmado algo que ya apuntábamos al principio de este texto: que en terreno consolero Sony ha ganado por goleada en juegos, pero Microsoft ha vencido, y convencido, en todo lo demás: muchos ya no tenemos tan claro que nuestra próxima máquina vaya a tener procedencia japonesa.

Una década esta, en resumen, hiperbólica, llena de titulares ampulosos y que irremediablemente ha perdido el norte y su propia mesura. Pero sin duda también, la mejor década de los últimos diez años.

He aquí nuestro top…

15. Forza Horizon 4 (2017 / PC, XBOX One)

Forza Horizon 4

Los asiduos a la saga de conducción de PlayGround Grames pudieron achacarle a este cuarto Horizon un relativo continuismo respecto a la también rotunda tercera entrega. Pero esta brilló aún más que la anterior aventura australiana: ya no era sólo que la campiña inglesa, en las cuatro estaciones del año, fuera un escenario quizá menos llamativo pero también mucho más elegante, es que en realidad todo en el juego era más elegante. Más fino, más depurado y más responsivo. Ningún juego de coches hace sombra a este porque ninguno tiene tanto feedback, transmite tantísima euforia a los mandos, resulta tan inteligente en el contenido que le ofrece al jugador ni tan poderoso en su gamefeel. Es difícil de explicar por qué enamora tanto, incluso a los ajenos a los juegos de coches, pero eso es lo que ocurre cuando uno vuelve a Horizon 4: puro arrebato.

14. The Last Guardian (2016 / PlayStation 4)

The Last Guardian

El juego que más años de espera acumuló en esta generación (se preveía ya para los tiempos de PlayStation 3) fue uno de los que más polémica terminó generando. Es obvio, el hype estaba por las nubes y los hardcore gamers no estaban para nada que no fuera un pelotazo a todos los niveles. Pero Fumito Ueda se guardaba algo muy distinto bajo la manga. Una obra radicalmente autoral que estaba embebida de épica monumentalista, sí, pero que triunfaba en las distancias cortas: la relación entre sus dos protagonistas (el niño y el perropollo felino Trico) nos transportaba a la sutileza e intensidad emocional de Ico y Shadow of the Colossus. Y terminamos perdonándole sus abundantes fallos técnicos (cámara y framerate principalmente) por habernos regalado la IA más sofisticada y emocionante de la Historia de los videojuegos.

13. Undertale (2015 / PC, Mac, PlayStation 4, PlayStation Vita, Nintendo Switch)

Llegó Toby Fox al indie como un auténtico huracán con su estreno en largo dentro del mundo de los videojuegos… y a día de hoy seguimos esperando que nos dé la continuación al reverso de Undertale que fue Deltarune, aún sus dos únicos títulos comerciales. Un debut de los que hacen historia tan pequeño en recursos -cien por cien home made one man show– como abrumador en alcance narrativo y sentimental. Con la excusa del homenaje al RPG más clásico Fox ofrecía una aventura con un tema pivotal que lo impregnaba todo: el amor, la amistad, la comprensión. Y con un enfoque que infectaba cada uno de sus rincones: un tono humorístico que catapultaba su empatía hacia el recuerdo perenne.

12. GTA V (2013 / PC, PlayStation 3, PlayStation 4, XBOX 360, XBOX One)

GTA V

Poco se puede decir sobre el juego más millonario de las últimas décadas, el pepino de Rockstar que sigue dando pasta a espuertas gracias a un modo online que continúa activo y ofreciendo novedades en 2020. Una gallina de los huevos de oro que sin embargo no se apoya en un sistema de ludopatía fácil. Al contrario: el grueso de GTA V es esa campaña tan ambiciosa en escala como afinada en resultados. El más mastodóntico thriller y al mismo tiempo la más afilada sátira de la sociedad norteamericana contemporánea que recordamos, la aventura de tres personajes por los que asesinaría cualquier guionista de thrillers urbanos y comedias de acción salvaje, en formato videojuego o en cualquier otro.

11. Mass Effect 2 (2010 / PC, PlayStation 3, XBOX 360)

El ecuador de la trilogía de oro de BioWare fue también su capítulo más brillante. El que, por derecho propio, colocó esta enorme space opera en el panteón que le corresponde. Con las mecánicas de roleo, exploración y disparo ya sofisticadas tras su primeriza predecesora y sin caer en la precipitación descontrolada del tercer acto todo en Mass Effect 2 fue buen hacer. El pulso narrativo era perfecto, el diseño de misiones y personajes tremendamente rico y las posibilidades de decisión enormes. Todo en Mass Effect 2 era emocionante, interesante y divertido y le labró a BioWare una merecida fama que finalmente ha terminado dilapidando: la de un estudio poderoso, sabio y elegante al que lo mejor que se le daba era contar historias. Precisamente en eso, durante muchos años, tuvieron poco rival.

10. Death Stranding (2019 / PlayStation 4)

Hideo Kojima, rebotado de Konami, ha creado su experiencia definitiva casi al margen de todo el mundo, pero sin despegarse del molde del triple A. Y comprendo que habrá quien no esté dispuesto a adentrarse en este literal walking simulator, pero quien lo haga se verá capturado por sus infinitas sugerencias y sus asombrosas ideas. Basado en la comunicación como valor, centrado en el concepto de tender puentes (literales y metafóricos) y reconectar a las personas (virtuales y reales), cimentado en la pura solidaridad de los jugadores entre ellos Death Stranding es un prodigio de guion, ejecución y mecánica que, igual que Red Dead Redemption 2, nos recuerda que la soledad, la reflexión y la meticulosidad a veces pueden ser el centro de las grandes superproducciones del mundo del videojuego. Fascinante e infinito.

9. Red Dead Redemption 2 (2018 / PC, PlayStation 4, XBOX One)

Red Dead Redemption II

La esperada secuela del legendario Red Dead Redemption mejoró lo que ya teníamos, que no era precisamente poco, y atiborró de esteroides todos y cada uno de los planteamientos. El mundo abierto se expandía en todas direcciones, no sólo orográficas, sino también expresivas y expositivas. Pero cuidado, lo que lo convertía en una obra intemporal fue su, a pesar de su vigorexia tecnológica, capacidad reflexiva y su delicadísima melancolía y capacidad para reflejar la soledad, la vejez y el sentimiento, individual y de grupo. Dan Houser y los suyos demostraron que Rockstar no sólo vive de GTA ni sólo es capaz del descerebre: la aventura de Arthur Morgan demostró una madurez y exquisitez al alcance de pocos.

8. The Last of Us  (2013 / PlayStation 3, PlayStation 4)

The Last of Us no inventó la rueda, pero sí le añadió una extra al videojuego como lenguaje capaz de transmitir sensaciones y emociones propias y aparentemente ajenas. Escapando de unos cuantos de los clichés del cine de zombies y dignificando otros tantos The Last of Us se erigió como un estandarte de la potencia técnica de una PlayStation 3 en sus últimos meses de vida, pero especialmente en un producto capaz de generar tensión y emoción de forma impecable e implacable. La epopeya de Ellie y Joel en un ¿Boston? Postapocalíptico es uno de los juegos más maduros de Naughty Dog. Uno de los juegos más maduros, a secas.

7. The Witcher 3 (2015 / PC, PlayStation 4, XBOX One, Nintendo Switch)

The Witcher 3

La cantidad como sinónimo de calidad. Ni en una sola misión secundaria (sólo aparentemente) anodina aflojaba la hasta la fecha última aventura del cazabrujos de Rivia. The Witcher 3 era nervio y músculo, poderío narrativo y visual, un RPG enorme, profundo y sofisticado, bruto y delicado. Depuradísimo y siempre interesante, absorbente y usurpador de horas (nos llevó 150 completarlo) y capaz, claro, de generar adhesiones en todo el planeta gamer, que lo recibió con los brazos abiertos y aún hoy le despacha amor. Un compulsivo cosechador de premios que ha terminado convertido en el segundo (casi, Geralt, casi) mejor sandbox de la Historia del videojuego reciente.

6. The Witness (2016 / PC, Mac, PlayStation 4, XBOX One, iOS)

The Witness

Parece como si los seis años que transcurrieron desde que Jonathan Blow convirtió en gold su Braid y publicó su siguiente título los hubiera dedicado a, simplemente, pulir una idea simple. Pero seis años de sofisticación conducen a esto: un juego de puzzles engañosamente simple, pero de inteligencia suprema. De la de hacernos sentir idiotas a los demás por no llegar a semejantes cotas de clarividencia… para de pronto sentirnos inteligentes de nuevo en el momento que cada rompecabezas nos hace click. Esto no era sólo un impecable sudoku. Fue, también, un triunfo absoluto de game design y dirección artística y una fascinante aventura sobre el descubrimiento, el sense of wonder, el conocimiento y el legado cultural de viejas a nuevas generaciones.

5. Portal 2 (2011 / PC, Mac, PlayStation 3, XBOX 360)

Portal 2

Ahora que Valve, por lo menos hasta que rompan el tablero con su nuevo Half Life, están por otras labores podemos recordar con cariño la época en la que, simplemente, hacían juegos. Porque, tengámoslo presente, hacían los mejores juegos. Portal 2 fue la culminación de su estilo: una extrema depuración de las mecánicas del primer Portal, un aumento a lo bestia de todo lo bueno que tenía aquel y un montón de añadidos de estilo y mecánicas por los que mataría cualquier developer con un poco de sentido artístico. Portal 2 fue un juego capaz de volar cualquier cabeza en cualquier momento, fue el más ingenioso, el más divertido, el más visualmente cool y, especialmente, el mejor escrito de cuantos se recuerden. Porque en términos de pura y simple genialidad (perdonen el reduccionismo) aún no hay quien le pueda toser a Portal 2.

4. Mario Galaxy 2 (2010 / Wii)

Ya conocemos a Miyamoto y los suyos, y sus estrategias creativas ya no se nos hacen raras: ¿por qué dejar algo de lado cuando aún se le puede extraer jugo? Ha sido uno de los principales modus operandi de Nintendo en los últimos años y la cosa ha salido la mar de bien, arrojando secuelas dedicadas íntegramente a aumentar y mejorar lo conocido sin dar ni un solo gato por liebre. El segundo Mario Galaxy es la mejor de todas. Cogía los conceptos apuntados en la primera entrega y les daba nuevos usos, nuevas vueltas de tuerca, incluso nuevas interrelaciones. No hay en Mario Galaxy 2 un minuto sin que ocurran cosas maravillosas, sin que emerjan ocurrencias felices, sin que el gameplay plataformero se estire hacia nuevas y excitantes cotas. Es tan sencillo como eso. Mario Galaxy 2 es un juego de aventura para el recuerdo porque, sencillamente, es el que tiene más y mejores ideas de los últimos lustros.

3. Journey (2012 / PC, PlayStation 3, PlayStation 4)

Journey PS3

El indie que lo cambió todo no se expresó con una sola palabra. Jenova Chen y su thatgamecompany depuraron su propia fórmula y lograron un prodigio de delicadeza transportándonos hacia un mundo donde el movimiento surgía de la misma armonía, del flow y del impulso casi instintivo. El que nos llevaba a cruzar un mundo nuevo descubriendo un lore que apenas se intuía pero resultaba arrebatador y nos permitía, simplemente, avanzar por unas tierras artísticamente arrebatadoras y gozar de ese mismo acto. El de descubrir. En el centro emocional de Journey, el hallazgo de un tipo de interacción entre los jugadores: el que se basaba no en la competición sino en la cooperación silenciosa, altruista: la de la pura conexión entre desconocidos que deciden compartir un viaje.

2. The Legend of Zelda: Breath of the Wild (2017 / Wii U, Nintendo Switch)

The Legend of Zelda

Si bien funcionaba como juego-puente en las últimas horas de vida de Wii U Breath of the Wild sirvió como gran reclamo, junto con Mario Odyssey, en el lanzamiento de la Switch de Nintendo. A día de hoy se mantiene como su mejor juego. No falta quien lo corona como el mejor de la Historia -en términos absolutos-, y si bien ello es quizá un tanto exagerado sí es cierto que la última aventura de Link se percibe como algo parecido al videojuego definitivo. Es maduro y riguroso en game design, su capacidad de asombro es permanente, su narrativa emergente y sus planteamientos de jugabilidad sistémica son infalibles. Ofrece cientos de posibilidades sin necesidad de estar atiborrado de tareas accesorias y, en fin, reúne toda la magia -eso tan difícil de explicar- de los mejores Zelda, pudiéndose mirar a los ojos con el primero, con A Link to the Past u Ocarina of Time. No es un juego, es un tesoro. El sandbox que cambió para siempre los sandbox.

1. Dark Souls  (2011 / PC, PlayStation 3, PlayStation 4, XBOX 360, XBOX One, Nintendo Switch)

La pugna interna que he mantenido a la hora de decidir si incluir en esta lista Dark Souls o Bloodborne ha sido digna de la carnicería anorlondina de Ornstein y Smough: quedémonos con el primero por su impacto, por haber llegado antes y por haber apuntalado definitivamente las líneas maestras que apuntaba Demons Souls. Pero da un poco igual. Cualquiera de los dos vale -tanto es así que Bloodborne también habría podido ocupar el primer puesto sin despeinarse- para recordarnos el incalculable valor de la obra de Hidetaka Miyazaki en el medio videolúdico, quien reintepretaba el género del RPG de acción y el hack and slash para construir uno propio, el que a posteriori hemos bautizado como soulslike y que sigue siendo copiado hasta la saciedad diez años después. Sus señas de identidad son imperturbables: una capacidad para el worldbuilding y el environmental storytelling dignas del mejor arquitecto digital. Unos diseños de niveles incontestables que fomentan la inmersión y la exploración, ejecutados con exquisitez y precisión relojera. Un lore que no cabría en una enciclopedia de veinte tomos. Una dificultad demoníaca pero perfectamente medida. Y un infinito respeto por el jugador, al que considera en todo momento un oponente digno, capaz y audaz. Dark Souls no es un juego, es una religión. Su capacidad de fascinación y captación de nuevos adeptos permanece intacta y sí, se ha convertido en el juego más influyente -y mejor- de la década.

Quedaron fuera de esta lista el tullido pero absorbente RPG Fallout: New Vegas y el groundbreaking e infinito Skyrim. Del mismo modo podrían haber entrado God of War y Uncharted 4, que demostraban una vez más que los blockbusters también pueden tener alma y sesos. Lo mismo para Persona 5, que se convertía en el pico de Atlus, y Bayonetta 2 y Nier: Autómata en los mejores ejemplos de lo que es capaz de lograr Platinum.

De entre la cantera indie también podríamos haber incluido los diabólicos Super Meat Boy y Celeste, el mindbloweante The Stanley Parable, el rolazo épico de Disco Elysium, el severo Papers, Please, el twin stick roguelike definitivo que es Nuclear Throne o los triunfos artísticos de What Remains of Edith Finch, Limbo (o su sucesor Inside), Hellblade, Kentucky Route Zero o Dead Cells, puro amor procedural. No cupieron todos en este top, obviamente, pero siguen haciéndolo en nuestra memoria, que no es poco.


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