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Ori and the Will of the Wisps (Xbox One, PC)

posted by Xavi Roldan 24 marzo, 2020 0 comments
El espíritu del bosque

Algo había, en la receta de Ori and the Blind Forest, que le daba un sabor especial. Que lo elevaba por encima de sus congéneres, que le hacía trascender la idea de que el metroidvania ya es un género acomodaticio dentro del desarrollo indie. No era sólo su apartado artístico -bello hasta la extenuación- ni su sabia mezcla de géneros y temperaturas jugables -plataformeo, combate, timing preciso-. Era, en esencia, su flow, un gameplay que exigía tanto como recompensaba. Una personalidad que encerraba hechizo, magia y chicha mecánica. El secreto para un cult hit instántaneo, que es exactamente en lo que se convirtió al poco de su lanzamiento. Pero poniéndonos críticos la obra de Moon Studios también se veía beneficiada por la sorpresa y todas las buenas sensaciones que nos dejó también nos hicieron olvidar u obviar cierta bisoñez, una ligera descompensación y un gamefeel que se iba arrastrando, al cabo de un puñado de horas, hacia la redundancia. Había duende, pero se iba diluyendo hasta perder genio.

Ori and the Will of the Wisps llega cinco años después y al filo de la next gen para pulir, aumentar y solidificarlo todo. Todo. Y viene también a añadir sin saturar; a alimentar la fórmula sin cebarla; a poner toda la carne en el asador para, ahora sí, certificar la generación presente armado con la rotundidad de un triple A y las formas y sensibilidades de un indie.

Y este lustro le ha sentado de maravilla a Moon Studios. Lo suyo es un tremendo trabajo de sublimación de planteamientos propios y de tendencias de mercado que ha sabido interpretar e incorporar a su discurso un montón de propuestas previas, en lugar de permitir que le tomaran la delantera: ha sabido asumir y abrazar la incontestable relevancia de Celeste o Hollow Knight, apelando al plataformeo febril del primero y al diseño de combate del segundo. Pero ha usado esa influencia para agrandarse, para añadir matices a su fórmula primera. El resultado es un Ori que de primeras resulta continuista respecto a su predecesor pero que al mismo tiempo se abre y expande. Que encuentra un equilibrio cósmico entre la exploración y el reto. Entre la elegancia del puzzle y la precisión y el ritmo del salto. Un salto, por cierto, más versátil, más lleno de posibilidades y más protagonista que nunca, que reclama la importancia del triple brinco, del planeo, del dash y el bash… y la estratégica combinación de todos ellos para alcanzar nuevas zonas del mapa, para descubrir secretos y para ejecutar nuevos ataques.

El combate, claro, no queda atrás. Sin salirse del melee y el de corta distancia ahora Ori puede equiparse más y mejores habilidades que piden un microanálisis de ventajas y riesgos, un planteamiento de cada situación casi por separado. Un enfoque estratégico que nunca queda desbalanceado hacia ninguno de los dos costados, ni el del jugador ni el del juego. Con ello Ori and the Will of the Wisps juega a una especie de nano-RPG (cójase esto con pinzas) que pide a su jugador que construya un plan de ataque a su medida teniendo en cuenta el entorno y los obstáculos.

Tanta variable, tanto crecimiento exponencial de posibilidades respecto a la anterior entrega podría haberse traducido en un desastroso descontrol jugable. Nada más lejos de la realidad. El diseño de niveles está estudiado al milímetro para que responda a cada habilidad y también a cada necesidad. Los retos que plantea cada uno de los variados entornos encuentran un perfecto equilibrio entre la precariedad inicial y las capacidades que brindan los power-ups, colocados de manera muy estratégica en puntos determinados del mapa. El progresivo aumento de habilidades invitan al constante backtracking, a la exploración de nuevas zonas antes vedadas (metroidvania 101) y a la asunción de nuevos retos. Y recuerdo pocos juegos que invitaran tanto como este a esa exploración extra, a esos retos añadidos, que en este caso son misiones secundarias que no interfieren en la principal (cadenas de favores que remiten a algunos Zelda), o contrarrelojes que invitan a un dominio casi obsesivo del movimiento.

Vuelvo al flow. Las infinitas virtudes formales y narrativas de Ori and the Will of the Wisps suponen un brillante pelaje en la forma de un score precioso (obra de Gareth Coker), un arte animado situado entre Studio Ghibli, Laika y Rayman Legends y un guión que sabe conjugar lo oscuro con lo emocional hasta arrancar lágrimas. Pero si vamos a recordar esto es por las sensaciones que nos ha transmitido al mando: precisión quirúrgica, momentum fluvial, intachable control del tiempo y el movimiento. Por el dominio de la mecánica que demuestra una Moon Studios que ha madurado a lo bestia y, con su honesto bichejo blanco y saltarín, se ha pasado el género metroidvania, por lo menos hasta nuevo aviso.

Quilates. Más que probable última joya de la corona para el catálogo de exclusivos de la actual máquina de Microsoft en esta generación que ya va entonando sus últimos compases.

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