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Call of Duty: Modern Warfare (PS4)

posted by Xavi Roldan 14 noviembre, 2019 0 comments
Masters of War

En tiempo de reboots, de recuperación de esencias olvidadas, de rescates y back to basics parece especialmente necesario hacer este ejercicio de vuelta a los origenes con franquicias y propiedades intelectuales que, de pura acumulación, se han reducido a meme. En pocas ocasiones ha aflojado el pistón Call of Duty, es cierto, pero tampoco lo ha hecho Assassin’s Creed y vean el galimatías que es la numeración de los episodios y la percepción que se tiene de ello: que son series tan millonarias en ventas como acomodadas en sus propios planteamientos artísticos e industriales, carne de éxito y desprecio por igual. De modo que sí, se hacía necesario apelar a un antepasado robusto y resetearlo intentando rememorar todo lo que tuvo de bueno. Que no fue poco. Para quien esto firma Call of Duty 4: Modern Warfare plantó un milestone en 2007 que, en el terreno de los shooters bélicos, sólo ha encontrado un rival a la altura en doce años, Spec Ops: The Line. Y de eso es de lo que se ha encargado Infinity Ward. De cocinarle a Activision un Modern Warfare 2019 que es al mismo tiempo cuarta entrega de su sub-serie y reinicio por todo lo alto.

Lo primero que llama la atención, y lo más lógico a reimplantar, es la recuperación de la campaña como valor inherente. Un modo single player que, como concepto, últimamente estaba venido a menos. De hecho directamente había desaparecido para un Black Ops III que parecía pretender hacernos creer que todos sabíamos de verdad a lo que íbamos ahí, a convertir en una nube roja a todo lo que se moviera sin plantearnos muchos porqués, en un multijugador más o menos competente. Pero recuperar la marca Modern Warfare, despojarla de numeración, darle honores de reboot implicaba exactamente eso, revivir un momento dulce muy determinado en la Historia de las experiencias en solitario dentro de los juegos de tiros. Una ventana de tiempo que en la franquicia de Activision comprendió desde el fundacional Call of Duty 4 (el Modern Warfare primigenio) hasta el primer Black Ops de Treyarch. Todo hits.

Aquí el esqueleto narrativo no difiere demasiado del modelo estándar planteado por anteriores entregas de la saga -incluso de algunos Battlefield-, basado en las tramas paralelas que llevan a varios avatares distintos del jugador a localizaciones diversas, en este caso Londres u Oriente Medio. También la variedad en las misiones es norma, y si bien el sistema de mecánicas se construye sobre el FPS canónico, también se recurre a las consabidas fases de francotirador, control remoto de drones, misiones nocturnas e incluso secciones de sigilo. Un poco lo de siempre. Sin embargo Infinity Ward sabe capear el tedio y la repetición con puro empuje narrativo, ejecución formal impecable y tremenda precisión emocional. Furiosa, brutal, la historia de los agente Alex y los soldados Farah Karim y Kyle Garrick -siempre bajo la mirada del viejo Price- es en muchos momentos un auténtico infierno, un maelstrom bélico más cercano a un (supuesto) realismo que a la espectacularización de un blockbuster cinemático. Para entendernos, está está más cerca de La noche más oscura que de Michael Bay. Y eso, claro, implica que el juego sabe doler.

Obviamente hay secuencias scripteadas buscadamente espectaculares y momentos propios de una superproducción hollywoodiense, pero el auténtico shock proviene de deambular por un Picadilly Circus apocalíptico empuñando una uzi calentita, intentando distinguir a los civiles de los agresores, de luchar por emerger de los escombros de un bombardeo en el cuerpo de una niña pequeña o de infiltrarse en plena operación nocturna en una casa de terroristas en la que estos conviven con una madre que intenta calmar a un bebé inevitablemente encañonado por nuestras propias armas.

El estruendo emocional, calculado o genuino, es atronador.

Si hay detrás de todo esto un profundo ejercicio crítico, seamos francos, el planteamiento del mismo es poco sofisticado. El enfoque antibélico que subyace en Modern Warfare es plano y conciso: la guerra es una puta mierda. Punto. No blanquear el papel de los cuerpos de intervención debe ser suficiente como para expresar un presunto posicionamiento ético, pero tampoco hace mucho Infinity Ward por desmarcarse de posturas patrióticas con las que no es difícil imaginar a los gamers alt-right sintiéndose cómodos. Seguir explotando a los rusos como representaciones del Mal en los conflictos armados resulta una reducción algo simplista y exaltar el sentido del deber de unos héroes norteamericanos con pocas ovejas negras entre sus filas nos retrotrae a una tradición pop algo caduca. Pero si logramos abstraernos de estas cuestiones que parecen responder más a arquetipos que a posicionamientos ideológicos, lo cierto es que el nivel de planteamiento y ejecución de la campaña roza la excelencia.

Hablar del resto de modos, los relativos a un multijugador que en verdad supone el grueso de la experiencia Modern Warfare, es un ejercicio a medio camino de la constatación necesaria y el palabreo pueril. Porque es intachable, ya lo sabemos, y porque trae pocas sorpresas. Quizá la supresión de las cajas de loot es la novedad primera más evidente tras el definitivo (y enésimo) jarro de agua fría que supuso WWII, pero obviamente no es la más definitoria. Pero insisto ¿es necesario volver a cantar las bondades del multiplayer de Call of Duty sin arriesgarnos a parecer un mero desglose técnico? Si lo es, allá va: en esta ocasión Activision parece haber querido limpiar el terreno, rebajando el nivel de caos y desenfreno en casi todos sus modos. Esto sigue siendo uno de los multijugador más frenéticos del mercado, sí, pero por esta vez sus responsables han decidido reducir revoluciones y optar por un juego algo más táctico. Al respecto los mapas responden con soltura, con resultados un tanto desiguales, pero con indiscutible eficacia de diseño estratégico. El online de Modern Warfare es, en fin e insisto en la obviedad, un servicio a la altura de la leyenda que él mismo ha forjado durante la última década. Llana y simplemente.

No obstante al final -y a pesar de la proporción de horas invertidas en otros modos- un buen Duty es lo que es su campaña. Como game as a service, Modern Warfare hace sus deberes diligentemente. Como demostración de poderío mecánico y constatación de que posee uno de los más solventes gunplay del mercado, funciona. Como fenómeno social se reafirma y como pozo de horas resulta más que digno. Pero su impacto real, su marca indeleble y su baremo ético y estético de cara a futuras iteraciones lo determina, como digo, su modo single player. Y al respecto este Modern Warfare levantará su ración de polémicas -ya lo está haciendo, que les pregunten a los gamers rusos-, alzará cejas entorno a su espectacularización de la violencia y la necesidad de gamificar lo que de otro modo podría haber sido un documento crudísimo sobre los horrores de la guerra, ajeno a simulaciones ortopédicas de lo que “significa vivirlo en primera persona”. Planteará dudas, revolverá estómagos y hará sobrevolar sobre las conciencias de los veteranos el fantasma de “Nada de ruso” (la infame misión del aeropuerto en Modern Warfare 2). Y eso tenemos que ponerlo en tela de juicio y cuarentena moral pero también, teniendo en cuenta el marco referencial (el videojuego de alto presupuesto), podemos celebrarlo como una muestra de arrojo nada acomodaticio. Una declaración de intenciones que nos recuerda que para bien o para mal como consumidores de juegos triple A de vez en cuando tenemos que sentir que alguien nos lanza a los leones y nos da poco más que un cuchillo de asalto como única defensa.

marco 75


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