Crítica

César debe morir – Paolo Taviani, Vittorio Taviani

posted by Alberto Varet Pascual 22 noviembre, 2012 0 comments
El cine, un arte joven

Cesar debe morir

Lo último de los Taviani viene a demostrar que la más viva y juvenil creación nada tiene que ver con la edad del creador. César debe morir no es sólo una de las mejores películas de estos octogenarios cineastas sino, también, una reflexión sobre las posibilidades del relato menos efectista y mucho más sobria y compleja que la que realizó François Ozon en En la Casa.

Y es que, aunque los dos proyectos se parecen, las diferencias se hacen patentes incluso en sus semejanzas. Por ejemplo, sendos trabajos toman de base la literatura pero mientras la producción francesa usa un texto inventado para la ocasión, la italiana se sustenta en el clásico escrito por Shakespeare sobre la traición al célebre emperador.

Así es, César debe morir es la representación teatral filmada de la obra del genio británico a cargo de una serie de presos de la cárcel romana de Rebibbia donde habitan peligrosos convictos que encuentran en el arte una vía de liberación. Como curiosidad, decir que es ahí donde reside el protagonista de Reality condenado por asesinato.

Se trata de un film poderoso y elocuente que nos introduce en su mundo desde una primera secuencia que deja bien claras sus pretensiones: tomando como punto de partida la recreación del final de la tragedia, la ficción dialoga con el teatro para, a continuación, abrazar el documental a través de la filmación del aplauso del público. A partir de ahí, la cinta retrocederá en el tiempo (con un uso demasiado obvio del blanco y negro) para mostrar cómo preparan estos peculiares actores su papel.

La lucha entre personaje y persona se dispara. Los protagonistas discuten y no sabemos con certeza si lo que vemos es la realidad o su rutina colándose por el interior de sus interpretaciones pero la cámara ni se lo pregunta ni se impone límites: el uso del jump-cut, el montaje ágil, la superposición de voces (algunas en off) y de capas de relato se dan cita en el metraje de un modo tan natural que la realización casi deja a Ozon por un impostor.

Y del documento carcelario al testimonio personal de cada preso que surge a raíz del uso de la música diegética para, seguidamente, convertirnos en espectadores de lujo de la puesta en escena del texto aunque desde su preparación, no desde su acabado. Al igual que en la estupenda Ne change rien de Pedro Costa no importa tanto el resultado como el viaje. Documentar el trayecto es hoy más importante que visionar una obra mil veces representada.

Así, y como ocurre en muchas de las grandes películas de la actualidad, los espacios sufren una brutal abstracción. Ya no es necesario que el fondo ilustre un paisaje determinado, lo que importa realmente es el gesto. En él podemos atisbar algo de la personalidad y del pasado de los sujetos mientras Shakespeare se yergue como un autor sin fecha de caducidad. Es decir, el periplo nos ha llevado, finalmente, del testimonio hasta el ensayo sobre la creación (que pivota sobre la figura del director de la producción teatral) trasgredido en última instancia por la dolorosa realidad de cada hombre encarcelado.

César debe morir es, pues, una singular mezcla de tragedias (la histórica y la actual, las personales y la global) capaz de levantar acta sobre las posibilidades de la reinvención fílmica al tomar por sustrato la Historia y los logros de otras disciplinas artísticas. Que en un instante del metraje la trama desemboque en una elocuente rebelión ficticia dentro de la cárcel nos advierte de su poder liberador (subrayado inútilmente en la conclusión) pero, también, de su juventud y su vigencia humanística.

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